CARTA DEL P. PROVINCIAL, FERNANDO RABANAL, A TODOS LOS RELIGIOSOS DE LA PROVINCIA

 

PASCUA  2007

“¿Dónde quieres que te preparemos para celebrar la Pascua?”

FELICITACION PASCUAL 2007

Queridos hermanos de la Comunidad Provincial:

            A todos me dirijo y saludo en unión con mis consultores, transmitiéndoos todo el ánimo y motivación para introducirnos en ese Misterio de Pasión que mueve y vigoriza la historia entera. Especialmente sentimos esa proximidad con nuestros hermanos enfermos, cuyo dolor les identifica singularmente con quien vamos a adorar en la cruz.

            Nos sorprende y envuelve nuevamente un acontecimiento de gracia al que hemos de acercarnos con la más sublime humildad. La celebración comunitaria de la penitencia, y el acto fraterno de perdón y amor del jueves santo nos disponen desde el interior en nuestras comunidades. Perdón y misericordia inmerecida que yo solicito y necesito de todos y cada uno de vosotros. Ante la soberbia de Adán, que quiso hacerse como Dios, el modo de salvar de Dios es la kénosis del siervo que se hace pecado.

 

Centrados en la Pascua.

            Tan sólo dos versículos de Mateo, (Mt.26,17-19.) y el número 65 de nuestras Constituciones, pueden bastar para acompañarnos y disponer nuestro corazón.

            “Nosotros los Pasionistas, tenemos el Misterio Pascual como centro de nuestra vida” (Cons.65.) Por lo que solamente bien centrados en la Pasión de Cristo, podremos ir a “la periferia”, donde está la pasión del mundo. Para ser hombres y mujeres pasionistas, de frontera, hemos de estar bien centrados en la Pasión de Cristo. Sin ningún tipo de dualismo o escape, pues si en la Pasión de Cristo está todo, como dice nuestro Santo Padre, el todo de nuestra vida ha de ser la Pasión de Jesús, la que da “unidad a nuestra vida y nuestro apostolado” (Cons.5.) “Nuestra vocación nos apremia a alcanzar un profundo conocimiento de la Pasión de Cristo y de los hombres, que constituye un único misterio de salvación, a saber: la Pasión del Cristo místico.” (Cons.65.)

            Esta espiritualidad pascual es común, de todo bautizado. Pero es la gran audacia inspiracional y novedad carismática de nuestro Santo Padre, que lejos de perderse en consideraciones circunstanciales, va a lo sustantivo de la revelación y salvación del plan de Dios en la historia de la humanidad. Coloca nuestra Congregación no en un aspecto o rasgo de la persona o acción de Jesús, sino en la totalidad de su vida y misterio. Novedad permanente porque sólo de esa Pasión puede surgir el hombre nuevo, el nuevo pueblo de Dios, la esperanza irreductible, la vida nueva y eterna. Corazón y cruz manifiestan el misterio más grande de ese Dios Amor. Y esos serán los signos que Dios revelará a Pablo de la Cruz que siguen siendo irreemplazables de identidad. (“Según la luz  tan clara  que hace cerca de 22 años,  me fue manifestada por el Santísimo Bien…” O sea en 1720. “En el pecho habrá una pequeña cruz blanca…” Regla de 1736. “A igual que Usted me ha enviado los signos exteriores, su divina majestad se los imprima en el corazón, escribiéndolos en el mismo con  los dardos de su infinita caridad, de modo que ardiendo en el fuego del santo amor, le sea posible convertirse en sagrado pregonero entre los pueblos, tribus, lenguas y naciones.” (San Pablo de la Cruz).

 

“¿Dónde quieres que te preparemos para celebrar la Pascua?”

            Inmersos en esta espiritualidad pasionista es oportuno y necesario le preguntemos hoy al Señor y nos preguntemos nosotros mismos, como Congregación que busca revitalizarse: “¿Dónde quieres que te preparemos para celebrar la Pascua?  Id a la ciudad, a la casa de fulano y decidle: El Maestro dice: … en tu casa voy a celebrar la Pascua con mis discípulos.”  (Mt.26, 17-19.) Y si el evangelio nos habla del lugar, nuestras Constituciones remarcan  hasta el “cómo” hemos de prepararnos: “nos preparamos con espíritu de fe y caridad a anunciar su pasión y muerte.” (Cons.65.)

            El momento presente congregacional y provincial de reestructuración requiere que nos hagamos de nuevo esta pregunta evangélica como verdaderos discípulos. Y dicha preparación, con todo lo que implica de apertura y transformación, no podemos abordarla si no es con verdadero “espíritu de fe y caridad” como apuntalan nuestras Constituciones nítidamente. Sin fe y caridad, ni pasión ni pascua, ni conversión ni reestructuración posible. Esta preparación parte de ese “espíritu de fe y caridad”  fundamental e insustituible que nos posiciona y dispone para hacer que en nosotros “nada sea imposible para Dios.” El “cómo” que refieren nuestras Constituciones no es algo accidental en esta hora. Es una forma transcendental que debe inspirar y conducir todos nuestros pasos para lograr participar en el Paso del Señor, con lo que supone de sufrimiento en su muerte y de esperanza y gloria en su vida y resurrección.

            Las mismas Constituciones nos motivan a contemplar e introducirnos en la  Pascua, la Pasión de Cristo, “no sólo como acontecimiento histórico pasado, sino como realidad, ciertamente presente, en la vida de los hombres ‘que hoy son crucificados’ por la injusticia, por la ausencia de un sentido profundo de la vida humana, y por el hambre de paz, de verdad y de vida.” (Cons.65.)

            Resulta evidente que se nos convoca a preparar y celebrar la Pascua en el lugar donde hoy se prolonga la Pasión de Cristo. En nuestro propio ser personal y en nuestra comunidad: “en tu casa voy a celebrar la Pascua con mis discípulos” nos sigue diciendo el Señor. Esto cuestiona nuestros preparativos, proyectos y planteamientos para ver si nuestras comunidades  son lugares signo de vida pascual, cenáculos de fraternidad, si desasidos de lo caduco y mundano, vivimos apasionados creativamente en diseñar y preparar casas y comunidades de Pascua.

            Y a la vez, es el Señor quien nos envía, como un verdadero discipulado pasionista, a la ciudad, a la casa de la humanidad, donde se prolonga esa pasión del mundo, como un alarido de muerte, en tantos rostros sufrientes, empobrecidos, excluidos, inmigrados, indiferentes o ignorantes de la Buena Noticia de salvación, para preparar y disponer en ellos signos de esperanza y de vida pascual. Un calvario retador, no sólo como promoción solidaria humana, sino como lugar de preparación y celebración pascual al que nos citan nuestras Constituciones, para llevarles “a más íntima unión con Dios, a mayor conocimiento de sí mismos y a mayor sensibilidad con sus contemporáneos.” (Cons.65.)

 

Preparar y celebrar la Pascua en nuestra vida y comunidad.

            No podemos perder el atractivo de nuestro presente religioso y comunitario para estar crucificados con Cristo. El lamento, cansancio, limitaciones, escasez de medios y personas, todo ese “caos” que nos relatan hoy de nuestra vida religiosa, estoy convencido, que es un verdadero don, un kairós para nuestra comunidad e Iglesia. No olvidemos que hemos sido bautizados en su muerte. Y esta cruz ha sido plantada en nuestra vida hoy para configurarnos con Él en su Pasión, como signo de veracidad y de su presencia y aceptación en nuestra entrega y camino. Lo que realmente sería para desconfiar y preocuparnos, sería la ausencia de cruz en el itinerario de nuestra vida. Es la ocasión del agradecimiento. Como discípulos nos está ocurriendo algo similar y predicho por el mismo Maestro. Claro que, humanamente, es lógico que esta situación nos duela, sintamos tristeza natural, queramos que pase este cáliz. No somos masoquistas. Pero el gusto no está en la sensibilidad, sino en lo hondo, en lo profundo de nuestra imagen y semejanza de Cristo. No tengamos miedo ni tiremos esta cruz actual. En ella preparamos la Pascua de nuestro presente. Esta cruz, asumida con fe, depara una gran paz, abandono y gozo intenso. Con Pablo suscribimos lo que decía a los gálatas: “Para mí no hay más gloria que la cruz, porque el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo.” O también:  “Yo me alegro de sufrir para completar en mi cuerpo lo que falta a la pasión de Cristo.” Y desentrañar la vida que encierra esta cruz de nuestro momento presente, tiene mucho que ver en nosotros ahora con aquello que Pablo de la Cruz llama “divino nacimiento”. Hermanos, esta cruz nuestra hoy es  el lugar para preparar y celebrar la Pascua, donde nos ha citado el Maestro. María nos muestra la misma pedagogía junto a la cruz siempre.

Preparar y celebrar la Pascua en la Pasión de la humanidad.

            Cuanto más recorro este mundo nuestro y visito nuestras presencias, más percibo ese calvario globalizado que se yergue en mayor altura desproporcionada: la pobreza. Sea espiritual como ausencia de Dios, de sentido o esperanza, sea material como ausencia de justicia, de pan o dignidad. Nada digamos cuando ambas confluyen. Es la Pasión del Cristo místico, del cuerpo de Cristo en la historia. Todo este sufrimiento vivido por Cristo en la cruz, nunca puede resultar ajeno a un alma pasionista.

            Os escribo esta carta desde El Salvador. Nuestros hermanos aquí, con una Eucaristía, gracias a una corriente solidaria, han entregado y bendecido ocho casas como viviendas para ocho familias grandes sin techo donde vivir. El Señor cuenta con nuevas casas donde poder celebrar este año su Pascua. Ahí me surgió el apoyo y arranque para escribiros estas palabras. El texto bíblico de Mateo, y el número 65 de nuestras Constituciones, ante esta pequeña pero hermosa realidad, de ver renacer la vida en una experiencia dura previa de muerte, nos hizo degustar un verdadero signo celebrativo pascual. Ya se que alguno pudiera pensar que la casa no es todo. Pero eso es para quien la tenemos segura y como mera filosofía a posteiori. Lo cierto es que era un gozo de lágrimas, pues estas familias, cuyo sueño deseado y muerto desde años, era su casita, que nunca pensaban lograr, de pronto, se convierta en una realidad.  Inenarrable el gozo y felicidad  que transmitían. “Nunca en la vida creí ya que iba a tener una casa, y además así, de dos plantas,” susurraba emocionada una mamá sin poder contener las lágrimas de agradecimiento en sus mejillas curtidas.

            Situados en estas realidades crucificadas, contemplando al Cristo pascual, somos hoy signo de vida, de esperanza, de pascua. Es un lugar privilegiado para preparar y celebrar la fecundidad de nuestro carisma pasionista. Metidos en la pasión del mundo, percibimos la hermosa realidad de ser instrumentos de pascua en manos del Espíritu. Seremos capaces y testigos en esas realidades de muerte, de sembrar la vida, la gloria de Dios, el amanecer pascual de una humanidad nueva, pues sólo desde la cruz puede surgir ese hombre y humanidad nueva, liberada, como verdadero lugar donde el Amor de Dios posibilita lo que es inaccesible para la sola técnica y poderío humano.

            Hermanos, invitados a celebrar la Pascua, donde Él nos dice, y no donde conviene a nuestro interés, descubriremos la vitalidad y novedad de nuestro carisma y gustaremos la alegría y esperanza de nuestra vocación, que sigue siendo el signo y expresión más sublime del Amor de Dios en nosotros. Porque Cristo vive entre nosotros, adoremos su Cruz y Pasión estos días con verdadero fervor, y no tengamos miedo de ocupar su lugar para la vida del mundo.

            Que la Madre de la Santa Esperanza  prepare nuestro corazón  para ocupar siempre como hijos ese lugar junto a la Cruz donde está Ella, en el seguimiento de Cristo. Abrazo, felicito y bendigo con mis consultores, a toda familia pasionista, religiosos/as y laicos. Orad mucho unos por otros, y, sobretodo, manteneros firmes en la fe y constantes en la caridad, y el Dios de la Vida y de la Paz se desbordará en nosotros. Con mi recuerdo y ánimo a los jóvenes y a los enfermos, a todos os estrecho en el corazón y en esa gloriosa Pasión de Cristo.

 

                                                                       Fernando Rabanal, cp

                                                                                  prep..prov.

            El Salvador, 1 de abril de 2007.

            Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

 

HOME