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PASCUA 2007
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“¿Dónde quieres que te
preparemos para celebrar la Pascua?” |
FELICITACION PASCUAL 2007
Queridos hermanos de la Comunidad
Provincial:
A todos me dirijo y saludo en unión con mis
consultores, transmitiéndoos todo el ánimo y motivación
para introducirnos en ese Misterio de Pasión que mueve y
vigoriza la historia entera. Especialmente sentimos esa
proximidad con nuestros hermanos enfermos, cuyo dolor les
identifica singularmente con quien vamos a adorar en la
cruz.
Nos sorprende y envuelve nuevamente un
acontecimiento de gracia al que hemos de acercarnos con la
más sublime humildad. La celebración comunitaria de la
penitencia, y el acto fraterno de perdón y amor del jueves
santo nos disponen desde el interior en nuestras
comunidades. Perdón y misericordia inmerecida que yo
solicito y necesito de todos y cada uno de vosotros. Ante
la soberbia de Adán, que quiso hacerse como Dios, el modo
de salvar de Dios es la kénosis del siervo que se hace
pecado.
Centrados en la Pascua.
Tan sólo dos versículos de Mateo, (Mt.26,17-19.)
y el número 65 de nuestras Constituciones, pueden bastar
para acompañarnos y disponer nuestro corazón.
“Nosotros los Pasionistas, tenemos el Misterio
Pascual como centro de nuestra vida” (Cons.65.) Por lo que
solamente bien centrados en la Pasión de Cristo, podremos
ir a “la periferia”, donde está la pasión del mundo. Para
ser hombres y mujeres pasionistas, de frontera, hemos de
estar bien centrados en la Pasión de Cristo. Sin ningún
tipo de dualismo o escape, pues si en la Pasión de Cristo
está todo, como dice nuestro Santo Padre, el todo de
nuestra vida ha de ser la Pasión de Jesús, la que da
“unidad a nuestra vida y nuestro apostolado” (Cons.5.)
“Nuestra vocación nos apremia a alcanzar un profundo
conocimiento de la Pasión de Cristo y de los hombres, que
constituye un único misterio de salvación, a saber: la
Pasión del Cristo místico.” (Cons.65.)
Esta espiritualidad pascual es común, de todo
bautizado. Pero es la gran audacia inspiracional y novedad
carismática de nuestro Santo Padre, que lejos de perderse
en consideraciones circunstanciales, va a lo sustantivo de
la revelación y salvación del plan de Dios en la historia
de la humanidad. Coloca nuestra Congregación no en un
aspecto o rasgo de la persona o acción de Jesús, sino en
la totalidad de su vida y misterio. Novedad permanente
porque sólo de esa Pasión puede surgir el hombre nuevo, el
nuevo pueblo de Dios, la esperanza irreductible, la vida
nueva y eterna. Corazón y cruz manifiestan el misterio más
grande de ese Dios Amor. Y esos serán los signos que Dios
revelará a Pablo de la Cruz que siguen siendo
irreemplazables de identidad. (“Según la luz tan clara
que hace cerca de 22 años, me fue manifestada por el
Santísimo Bien…” O sea en 1720. “En el pecho habrá una
pequeña cruz blanca…” Regla de 1736. “A igual que Usted me
ha enviado los signos exteriores, su divina majestad se
los imprima en el corazón, escribiéndolos en el mismo con
los dardos de su infinita caridad, de modo que ardiendo en
el fuego del santo amor, le sea posible convertirse en
sagrado pregonero entre los pueblos, tribus, lenguas y
naciones.” (San Pablo de la Cruz).
“¿Dónde quieres que te
preparemos para celebrar la Pascua?”
Inmersos en esta espiritualidad pasionista es
oportuno y necesario le preguntemos hoy al Señor y nos
preguntemos nosotros mismos, como Congregación que busca
revitalizarse: “¿Dónde quieres que te preparemos para
celebrar la Pascua? Id a la ciudad, a la casa de fulano y
decidle: El Maestro dice: … en tu casa voy a celebrar la
Pascua con mis discípulos.” (Mt.26, 17-19.) Y si el
evangelio nos habla del lugar, nuestras Constituciones
remarcan hasta el “cómo” hemos de prepararnos: “nos
preparamos con espíritu de fe y caridad a anunciar su
pasión y muerte.” (Cons.65.)
El momento presente congregacional y
provincial de reestructuración requiere que nos hagamos de
nuevo esta pregunta evangélica como verdaderos discípulos.
Y dicha preparación, con todo lo que implica de apertura y
transformación, no podemos abordarla si no es con
verdadero “espíritu de fe y caridad” como apuntalan
nuestras Constituciones nítidamente. Sin fe y caridad, ni
pasión ni pascua, ni conversión ni reestructuración
posible. Esta preparación parte de ese “espíritu de fe y
caridad” fundamental e insustituible que nos posiciona y
dispone para hacer que en nosotros “nada sea imposible
para Dios.” El “cómo” que refieren nuestras Constituciones
no es algo accidental en esta hora. Es una forma
transcendental que debe inspirar y conducir todos nuestros
pasos para lograr participar en el Paso del Señor, con lo
que supone de sufrimiento en su muerte y de esperanza y
gloria en su vida y resurrección.
Las mismas Constituciones nos motivan a
contemplar e introducirnos en la Pascua, la Pasión de
Cristo, “no sólo como acontecimiento histórico pasado,
sino como realidad, ciertamente presente, en la vida de
los hombres ‘que hoy son crucificados’ por la injusticia,
por la ausencia de un sentido profundo de la vida humana,
y por el hambre de paz, de verdad y de vida.” (Cons.65.)
Resulta evidente que se nos convoca a preparar
y celebrar la Pascua en el lugar donde hoy se prolonga la
Pasión de Cristo. En nuestro propio ser personal y en
nuestra comunidad: “en tu casa voy a celebrar la Pascua
con mis discípulos” nos sigue diciendo el Señor. Esto
cuestiona nuestros preparativos, proyectos y
planteamientos para ver si nuestras comunidades son
lugares signo de vida pascual, cenáculos de fraternidad,
si desasidos de lo caduco y mundano, vivimos apasionados
creativamente en diseñar y preparar casas y comunidades de
Pascua.
Y a la vez, es el Señor quien nos envía, como
un verdadero discipulado pasionista, a la ciudad, a la
casa de la humanidad, donde se prolonga esa pasión del
mundo, como un alarido de muerte, en tantos rostros
sufrientes, empobrecidos, excluidos, inmigrados,
indiferentes o ignorantes de la Buena Noticia de
salvación, para preparar y disponer en ellos signos de
esperanza y de vida pascual. Un calvario retador, no sólo
como promoción solidaria humana, sino como lugar de
preparación y celebración pascual al que nos citan
nuestras Constituciones, para llevarles “a más íntima
unión con Dios, a mayor conocimiento de sí mismos y a
mayor sensibilidad con sus contemporáneos.” (Cons.65.)
Preparar y celebrar la
Pascua en nuestra vida y comunidad.
No podemos perder el atractivo de nuestro
presente religioso y comunitario para estar crucificados
con Cristo. El lamento, cansancio, limitaciones, escasez
de medios y personas, todo ese “caos” que nos relatan hoy
de nuestra vida religiosa, estoy convencido, que es un
verdadero don, un kairós para nuestra comunidad e
Iglesia. No olvidemos que hemos sido bautizados en su
muerte. Y esta cruz ha sido plantada en nuestra vida hoy
para configurarnos con Él en su Pasión, como signo de
veracidad y de su presencia y aceptación en nuestra
entrega y camino. Lo que realmente sería para desconfiar y
preocuparnos, sería la ausencia de cruz en el itinerario
de nuestra vida. Es la ocasión del agradecimiento. Como
discípulos nos está ocurriendo algo similar y predicho por
el mismo Maestro. Claro que, humanamente, es lógico que
esta situación nos duela, sintamos tristeza natural,
queramos que pase este cáliz. No somos masoquistas. Pero
el gusto no está en la sensibilidad, sino en lo hondo, en
lo profundo de nuestra imagen y semejanza de Cristo. No
tengamos miedo ni tiremos esta cruz actual. En ella
preparamos la Pascua de nuestro presente. Esta cruz,
asumida con fe, depara una gran paz, abandono y gozo
intenso. Con Pablo suscribimos lo que decía a los gálatas:
“Para mí no hay más gloria que la cruz, porque el mundo
está crucificado para mí y yo para el mundo.” O también:
“Yo me alegro de sufrir para completar en mi cuerpo lo que
falta a la pasión de Cristo.” Y desentrañar la vida que
encierra esta cruz de nuestro momento presente, tiene
mucho que ver en nosotros ahora con aquello que Pablo de
la Cruz llama “divino nacimiento”. Hermanos, esta cruz
nuestra hoy es el lugar para preparar y celebrar la
Pascua, donde nos ha citado el Maestro. María nos muestra
la misma pedagogía junto a la cruz siempre.
Preparar y celebrar la
Pascua en la Pasión de la humanidad.
Cuanto más recorro este mundo nuestro y visito
nuestras presencias, más percibo ese calvario globalizado
que se yergue en mayor altura desproporcionada: la
pobreza. Sea espiritual como ausencia de Dios, de
sentido o esperanza, sea material como ausencia de
justicia, de pan o dignidad. Nada digamos cuando ambas
confluyen. Es la Pasión del Cristo místico, del cuerpo de
Cristo en la historia. Todo este sufrimiento vivido por
Cristo en la cruz, nunca puede resultar ajeno a un alma
pasionista.
Os escribo esta carta desde El Salvador.
Nuestros hermanos aquí, con una Eucaristía, gracias a una
corriente solidaria, han entregado y bendecido ocho casas
como viviendas para ocho familias grandes sin techo donde
vivir. El Señor cuenta con nuevas casas donde poder
celebrar este año su Pascua. Ahí me surgió el apoyo y
arranque para escribiros estas palabras. El texto bíblico
de Mateo, y el número 65 de nuestras Constituciones, ante
esta pequeña pero hermosa realidad, de ver renacer la vida
en una experiencia dura previa de muerte, nos hizo
degustar un verdadero signo celebrativo pascual. Ya se que
alguno pudiera pensar que la casa no es todo. Pero eso es
para quien la tenemos segura y como mera filosofía a
posteiori. Lo cierto es que era un gozo de lágrimas, pues
estas familias, cuyo sueño deseado y muerto desde años,
era su casita, que nunca pensaban lograr, de pronto, se
convierta en una realidad. Inenarrable el gozo y
felicidad que transmitían. “Nunca en la vida creí ya que
iba a tener una casa, y además así, de dos plantas,”
susurraba emocionada una mamá sin poder contener las
lágrimas de agradecimiento en sus mejillas curtidas.
Situados en estas realidades crucificadas,
contemplando al Cristo pascual, somos hoy signo de vida,
de esperanza, de pascua. Es un lugar privilegiado para
preparar y celebrar la fecundidad de nuestro carisma
pasionista. Metidos en la pasión del mundo, percibimos la
hermosa realidad de ser instrumentos de pascua en manos
del Espíritu. Seremos capaces y testigos en esas
realidades de muerte, de sembrar la vida, la gloria de
Dios, el amanecer pascual de una humanidad nueva, pues
sólo desde la cruz puede surgir ese hombre y humanidad
nueva, liberada, como verdadero lugar donde el Amor de
Dios posibilita lo que es inaccesible para la sola técnica
y poderío humano.
Hermanos, invitados a celebrar la Pascua,
donde Él nos dice, y no donde conviene a nuestro interés,
descubriremos la vitalidad y novedad de nuestro carisma y
gustaremos la alegría y esperanza de nuestra vocación, que
sigue siendo el signo y expresión más sublime del Amor de
Dios en nosotros. Porque Cristo vive entre nosotros,
adoremos su Cruz y Pasión estos días con verdadero fervor,
y no tengamos miedo de ocupar su lugar para la vida del
mundo.
Que la Madre de la Santa Esperanza prepare
nuestro corazón para ocupar siempre como hijos ese lugar
junto a la Cruz donde está Ella, en el seguimiento de
Cristo. Abrazo, felicito y bendigo con mis consultores, a
toda familia pasionista, religiosos/as y laicos. Orad
mucho unos por otros, y, sobretodo, manteneros firmes en
la fe y constantes en la caridad, y el Dios de la Vida y
de la Paz se desbordará en nosotros. Con mi recuerdo y
ánimo a los jóvenes y a los enfermos, a todos os estrecho
en el corazón y en esa gloriosa Pasión de Cristo.
Fernando Rabanal, cp
prep..prov.
El Salvador, 1 de abril de 2007.
Domingo de Ramos en la Pasión del Señor
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