Estamos celebrando con la Iglesia, como cada
primavera, la Pascua del Señor y nuestra Pascua… Pascua, que es muerte y
vida, cruz y resurrección, presencia dolorosa y presencia gozosa… Tiempo en
que contemplamos la cruz pascual de Cristo y celebramos a Jesús Resucitado, que
conserva sus llagas gloriosas, para recordarnos que a la luz de la vida se llega
a través del sufrimiento y la cruz.
El
día de retiro es día para el encuentro con el Señor, con Jesús
Resucitado, que vive con el Padre y con nosotros, que nos acompaña en nuestro
“via crucis” y también en nuestro “via lucis” pascual…Jesús vivo y
resucitado, que es para nosotros camino, verdad y vida (Cf. Jn 14,6)… Es
importarte dedicar un tiempo especial para encontrarnos con El y encontrarnos
también con nosotros mismos, para ver en qué medida nuestra pobre realidad está
iluminada por El y por su palabra de vida, conscientes de que “es igualmente
nocivo para los hombres conocer a Dios sin conocer la propia miseria y conocer
la propia miseria sin conocer al redentor que puede curarlas” (Pascal).
Celebrar
la Pascua es renovarnos en la esperanza, es “avivar la chispa del amor divino escondida en nuestro interior”
(San Basilio) para aprender a hacer de nuestra vida peregrina “un largo día
de fiesta” (S.Clemente de Alejandría).
Reflexionaremos
en la liturgia pascual, en el sentido de la pascua cristiana, en el significado
de los símbolos pascuales para nuestra vida consagrada y en los lugares de
encuentro de Cristo resucitado con sus discípulos.
1.
Tiempo
pascual
La
Pascua es el centro de la liturgia y de la vida cristiana, es el núcleo del
kerigma cristiano y la clave de compresión e interpretación de los misterios
de nuestra fe: “Cristo muerto y resucitado por nosotros”, para nuestra vida
y nuestra esperanza… Por eso cantamos, “Este es el día en que actuó el Señor”…
Es el “día del Señor” (“kyriaké emerá”), que celebramos con especial
alegría cada domingo.
Es
“tiempo festivo, que se ha de celebrar con alegría y júbilo” (Normas litúrgicas),
como si se tratase de “un gran domingo”: alegría por la presencia
vivificadora de Cristo, por las promesas cumplidas de Dios, por la acción
santificadora del Espíritu, por el triunfo de la vida sobre la muerte, por
nuestra esperanza en Cristo, por el gozo de María y de todos los redimidos…
“Tiempo festivo” en el que celebramos y agradecemos los dones gratuitos de
nuestra existencia, sobre todo el don de Cristo, nuestra Vida y nuestra
Pascua… Es “tiempo fuerte”, tiempo “fasto” (propicio) para el
encuentro y la acción de Dios en nosotros por medio de su Espíritu; tiempo de
gracia y amor cumplido en la nueva vida de la gracia y el amor de Dios… Por
eso, nos preparamos cada año en espíritu de conversión a lo largo de los
cuarenta días de la cuaresma: Todo gran acontecimiento, requiere una preparación
adecuada.
El
tiempo pascual tiene una duración de cincuenta días, diez más que la
cuaresma, y va desde la Noche Pascual hasta el día de Pentecostés en que se
nos regala el don del Espíritu, para que lleve a plenitud en nosotros la obra
de Dios y el misterio redentor de Cristo… Los cuarenta días de la cuaresma
simbolizan el tiempo de nuestro peregrinar terreno; los cincuenta de la pascua,
simbolizan el tiempo de la salvación y el reino cumplido, la vida nueva en la
tierra de promisión, la plenitud del amor, la alegría y la salvación de Dios.
Por
eso, el clima espiritual de este tiempo debe ser de alabanza (Alleluja), de acción
de gracias, de admiración, de apertura y
encuentro con el Señor que vive y vivifica… Es tiempo de luz, de nueva vida,
de alegría compartida..
2. Sentido
de la Pascua cristiana
“Pascua”
= Pesah – Pascha = “Salto”, “paso”… Pascua es el “paso de Dios”;
es el “paso del pueblo de Dios”: paso de la esclavitud a la libertad, de las
tinieblas a la luz, de la nada al ser, de la muerte a la vida… Experiencia dinámica,
que nos recuerda que no hay vida sin muerte, ni libertad sin esfuerzo y lucha,
ni alegría sin la sufrimiento.
La
pascua cristiana tiene su origen en la Pascua judía, fiesta que se
celebraba el 14 del mes de Nisán, en torno al equinocio de la primavera… La
Pascua judía tiene sus raíces en dos fiestas: 1) La inmolación de los
corderos en primavera, que corresponde a la época nómada del pueblo de Israel;
2) La fiesta de los panes ázimos de
la época agrícola… A esto se añadieron otros elementos esenciales en la
experiencia del pueblo, como la liberación de Egipto y la Alianza en el Sinaí…
De la experiencia cosmológico-biológica se pasa a la experiencia histórica y
la Pascua se convierte así, ante todo, en una experiencia de liberación y
alianza… La celebración de la Pascua tenía su punto culminante en la “Cena
pascual”, donde se recordaba y celebraba el “paso de Dios”, compartiendo
los panes ázimos, el cordero inmolado, el vino de la alianza y las hierbas
amargas de la esclavitud pasada.
Cristo,
celebrando esta “Cena pascual” con sus discípulos y comunicándoles en ella
el sentido de su muerte y de su entrega, instituye la “ Pascua cristiana”, o
da sentido nuevo a la “Pascua” del pueblo de Dios… A partir de entonces,
“Cristo es nuestra Pascua” (Liturgia), o la Pacua es el “paso” de su
muerte a su resurrección, el “paso de Dios”
para nosotros a través de la muerte y la resurrección de su Hijo…
Cristo es nuestra “fiesta”… El es el “cordero inmolado” para siempre,
que se nos da como alimento en el banquete pascual; El es el “pan ázimo”
(pan nuevo), que nos fortalece en nuestro peregrinar; El es el “vino nuevo”
de la Alianza definitiva de Dios con la humanidad, vino que alegra el corazón y
fortalece la esperanza… El es nuestra liberación y nuestra alianza de amor.
La
Eucaristía es la “comida pascual” del nuevo pueblo de Dios, que es
la Iglesia, y la compartimos en fraternidad no sólo una vez al año, sino todos
los días, pues en Cristo se ha hecho presente para nosotros el “Hoy”, el
“Aquí” y el “Ahora” de la salvación y la vida definitiva: “Ahora es
el tiempo de gracia, hoy es el día de la salvación” (2Cor. 6, 2).
La
Eucaristía es comida que nos comunica el sentido de la “Pascua de
Cristo”; es Memorial que nos recuerda el pasado, que celebra el
presente y que anuncia la esperanza del reino futuro, dando así a nuestra
celebración cristiana un carácter de realismo y esperanza.. Es también
“fracción del pan”, “sacrificio de amor”, “acción de gracias y
alabanza… Es Mesa compartida en la que celebramos el paso de Dios y nos
alimentamos de su misma vida.
3. Los
símbolos de la Pascua
Toda
liturgia tiene sus signos; todo tiempo litúrgico tiene también sus símbolos
propios…Los símbolos son en realidad la expresión de nuestras
experiencias más hondas e inefables… Símbolo es lo que une, lo que
congrega: une lo divino y lo humano, el mundo espiritual y el mundo material, el
individuo con la comunidad, el espíritu y la materia, lo simple con lo
complejo… El símbolo recuerda, sugiere, estimula, cuestiona, interpela y da
que pensar. Los símbolos más destacados del tiempo pascual serían:
a.
La cruz pascual: Signo de salvación por excelencia; La “cruz” a secas o la cruz
desnuda, puede ser signo del sufrimiento, el dolor y la muerte… La “cruz
pascual” es signo de vida y esperanza, porque es la cruz del Salvador, la cruz
florecida en la resurrección y recuerdo del árbol de la vida, donde se
alimenta toda esperanza… Este es precisamente el sentido de la fiesta de la
“cruz de mayo”, adornada de flores y frutos, que nos recuerdan la esperanza
y la vida nueva que brotan de la Cruz de nuestro Redentor… La Cruz pascual es
un signo de esperanza para nosotros en medio de los sufrimientos y las cruces
dolorosas de la vida, que nos está recordando que en cada cruz y cada
sufrimiento hay también una
semilla de vida, que podemos hacer germinar desde la fe en Cristo Crucificado y
Resucitado; la cruz florecida de la Pascua nos estimula a sobrellevar con ánimo
y entereza cristiana las dificultades y sufrimientos de la vida, con la certeza
de saber que Cristo murió en la cruz para que ningún sufrimiento quede en el
olvido y ninguna cruz sin redimir.
b.
Las llagas gloriosas: Jesús resucitado conserva sus llagas gloriosas,
que nos recuerdan permanentemente que el Resucitado es el Crucificado por
nosotros, el que nos trae la salvación por medio de la cruz… Contemplar y
venerar las llagas gloriosas de Cristo, es recordar que de ellas brotó la
fuente de la vida para la humanidad, la sangre redentora que nos purifica y nos
vivifica; es recordar que del costado abierto del Señor brotó sangre y agua, símbolo
del Espíritu que da vida y símbolo también de los sacramentos principales de
la Iglesia… Las llagas son el precio de nuestro rescate y son, al mismo tiempo
el remedio más eficaz para curar nuestros males y aliviar nuestras heridas,
especialmente las heridas de nuestro egoísmo y nuestra incredulidad.
c.
El cirio pascual: Símbolo que representa a
Cristo y preside todas nuestras celebraciones en el tiempo de Pascua y también
las principales celebraciones a lo largo del año… Símbolo de Cristo, luz del
mundo: luz que ilumina, que da vida y calor, que ahuyenta las sombras del temor
o la incertidumbre; fuego nuevo, que prendió en la noche del mundo e inaugura
la nueva creación… Recuerdo vivo de la muerte y la vida pascual de Cristo,
pues como el cirio se consume para dar luz y calor, también Cristo murió y se
consumió en la cruz para iluminar al hombre y al mundo, para traernos la nueva
vida que no termina… El cirio encendido nos recuerda a nosotros, los cristianos, que también nosotros estamos
llamados a ser luz y vivir como hijos de la luz, entregando nuestra vida como
Cristo y consumiéndonos en actitud de servicio y ofrenda para que otros tengan
vida y lleguen a conocer la salvación.
d.
El agua: Recuerdo del bautismo, pero recuerdo también de toda la vida de la
creación; experiencia de muerte y de vida… El agua nos recuerda el inicio de
la creación cuando “el Espíritu se cernía sobre las aguas” y nos recuerda
la “nueva creación”, a la que nacimos por el agua y el Espíritu… Nos
recuerda el río del Paraíso terrenal que se dividía en cuatro brazos para
llevar la vida a todos los ámbitos de la realidad; el agua del diluvio que
sirvió de destrucción y de inicio de vida nueva; el paso del mar Rojo, de
muerte para los opresores y de libertad para los oprimidos… Nos recuerda el
agua que brotó de la roca del desierto, símbolo de la roca viva que es Cristo;
el paso del río Jordán, que marca la entrada en la tierra de promisión;
recuerdo del “agua viva de la doctrina y predicación de Jesús, símbolo del
Espíritu divino, que habían de recibir todos los que creyeran en El; recuerdo
también del agua que brotó del corazón de Cristo, muerto en la cruz por
nuestro amor, para dar vida al mundo… El agua, símbolo de la vida que brota
del misterio pascual de Cristo y de la que todos participamos por medio del
bautismo… Agua que sigue brotando, purificando, refrescando y vivificando
nuestra experiencia cristiana y nuestra experiencia religiosa.
e.
El pan compartido: El pan que usamos como materia para el misterio de la eucaristía, que
renueva el misterio pascual… Pan, símbolo de lo necesario, del
alimento sustancial, que no puede faltar para una vida sana y digna… Recuerdo
de Cristo, “Pan ázimo”, ofrecido como primicia al Creador en el altar de la
cruz y compartido para nuestro alimento… El se hizo en su vida, su muerte y su
resurrección pan de amor y reconciliación para nuestro alimento y nuestra
vida. En la mesa compartida de la fraternidad y en la “fracción del pan”,
podemos reconocer a Cristo Resucitado; alimentándonos de El, podemos y debemos
ser también nosotros pan de amor y reconciliación para los demás.
f.
El vino de la salvación: Símbolo de la alegría de la salvación y de los
dones gratuitos de Dios, que alimentan nuestra esperanza: “El vino alegra el
corazón del hombre” (Sal. 103); “¿Qué es la vida a quien le falta un poco
de vino, creado para el contento del hombre? (Eclo. 31, 27)… Los dones de la
eucaristía son pan y vino: pan para fortalecer y alimentar nuestras
vidas; vino para alimentar
nuestra esperanza y alegrar nuestra vida… En la Eucaristía el vino lo pone
Dios, nosotros ponemos el agua, que unida a Cristo se convierte en bebida de
salvación… También quienes participamos en el misterio de la Eucaristía
debemos ser vino de alegría y esperanza para los demás.
g.
El óleo perfumado: Es usado en los sacramentos del bautismo, la confirmación la unción
de los enfermos y el orden; es símbolo de fortaleza, dignidad, gozo y
felicidad; recuerdo del óleo con que eran ungidos los profetas, sacerdotes y
reyes del antiguo pueblo de Dios; pero también recuerda el óleo con que fue
ungido el Cuerpo de Cristo para su sepultura, como signo de vida inmortal… El
cristiano, con la nueva vida de Cristo, es ungido por el Espíritu y está
llamado a ser “perfume” de Cristo y su Evangelio y a dejar por todas partes
la fragancia de la nueva vida y la fraternidad.
Los
símbolos pascuales son símbolos de “vida nueva” que brota de Cristo muerto
y resucitado; símbolos que deben ayudarnos a unir nuestras vidas con la nueva
vida de la Pascua.
4. Encuentro
con Cristo Resucitado
Lo
esencial del mensaje de Pascua es que Cristo vive y está presente en medio de
nosotros; El nos acompaña a todos y siempre, pues la presencia del Resucitado
no tiene límites de espacio y tiempo, como el encuentro con el Jesús histórico…
Cristo está ciertamente presente y vivo en la Iglesia, pero también es verdad
que hay momentos y lugares privilegiados de esta presencia… ¿Dónde podemos
encontrarnos con Cristo Resucitado?.
a.
En la comunidad: Cristo Resucitado se deja ver y descubrir generalmente, según las
narraciones evangélicas, cuando los discípulos están reunidos, porque
“donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de
ellos” (Mt 18,19)… Los consagrados/as estamos reunidos en el nombre del Señor,
que nos ha llamado para ser comunidad de fe y de fraternidad… Por eso, “la
comunión fraterna es el espacio teologal en el que se puede experimentar la
presencia del Señor Resucitado” (VC, 42)… Con este Cristo vivo y presente
en medio de nosotros, que nos preside y que nos guía, debemos encontrarnos cada
día como religiosos/as, para dejar que El vivifique y transforme nuestras
vidas.
b.
En la caridad y el servicio, especialmente con los hermanos más pequeños y
necesitados de amor y compasión…, pues “lo que hagáis a uno de estos
hermanos míos más pequeños, a mí me lo hacéis” (Mt 25, 40)… Cristo vive
y está presente especialmente en los hermanos necesitados, en quienes necesitan
de nuestro amor y nuestro servicio de una manera concreta… La caridad y el
servicio son como la epifanía, la manifestación más patente de la
presencia de Cristo Resucitado: “en esto conocerán que sois discípulos míos,
si os amáis unos a otros” (Jn 13, 35) y en esto conocerán también que
Cristo vive en nosotros, sus discípulos… En cada obra de amor y servicio a
los demás, Cristo Resucitado sale a nuestro encuentro y estamos mostrando al
mundo que Cristo sigue vivo y sigue amando a través nuestro a los demás.
c.
En la escucha de la Palabra: Los discípulos de Emaús reconocieron a Cristo en
la escucha de la Palabra… ¿No ardía nuestro corazón dentro de nosotros
cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24,
32)… La Palabra siempre nos habla de Cristo, el Verbo eterno de Dios, que se
ha encarnado, ha muerto por nosotros, ha resucitado y vive para siempre con el
Padre y con nosotros: sigue viviendo especialmente en la Palabra, para que,
acogiéndola con fe, nos encontremos con El… Cuando abrimos nuestro corazón y
nuestras vidas a la Palabra de Dios, proclamada, meditada y celebrada, nos
encontramos con Cristo vivo que nos ilumina y nos guía por los caminos de la
vida y de la paz.
d.
En la celebración de la Eucaristía: Los discípulos “reconocen a Cristo
Resucitado en la fracción del pan” (Lc. 24,35)… “Dios lo hizo ver
resucitado no a todo el pueblo, sino a los que habían comido y bebido con El
después de la resurrección” (Hech 10, 41)… Cristo ha resucitado y vive
para siempre, pero todas las presencias de Cristo entre nosotros tienen su
culminación y su expresión máxima en el misterio de la Eucaristía,
sacramento por excelencia del encuentro con Cristo Resucitado: Eucaristía es
“banquete pascual”, al que Cristo invita; El es quien
preside, quien “explica las Escrituras y parte para nosotros el pan”;
El se hace “pan de vida” y “vino de salvación” para entrar en comunión
de amor con nosotros, sus discípulos… En la Eucaristía nos encontramos y
recibimos al Señor que vive en los hermanos y al “cuerpo de Cristo” que son
los hermanos… Por eso, nuestro “Amén” es una confesión de fe y una
aceptación de Cristo y de los hermanos.
Celebrar
la Pascua es abrirnos a la presencia viva y vivificante de Cristo Resucitado y
acoger los dones que El nos regala; es participar en la nueva vida en la que el
Señor nos introduce con el misterio de su muerte y resurrección; es renovarnos
en la esperanza y transmitir con nuestras vidas un mensaje de alegría e ilusión;
es compartir los dones de la salvación y ser testigos del Señor Resucitado en
medio del mundo.
Laurentino
Novoa Pascual CP.