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0 6.
“POR LA ENTRAÑABLE MISERICORDIA DE
NUESTRO DIOS
NOS VISITARÁ EL SOL QUE NACE DE LO
ALTO.”(Lc.1,78.)
Queridos
hermanos:
Ya baja por la escalera de la salvación el
Misterio más oculto de los tiempos. Basta la sombra del Espíritu
para iluminar eternamente nuestra carne.
Dios se desnuda de
su “omnipotencia” para lograr, a cambio, revestirnos de su
omnipresencia. Sólo una ternura tan sublime puede infiltrarse de
este modo para estar-con-nosotros, (Enmanuel) todos los días hasta
el fin del mundo y confesarnos delicadamente al oído, que “nada es
imposible para Dios”.
La Palabra más sabia desde siempre, parece
que ahora ha de aprender a hablar, a balbucearse en nuestra
limitación verbal, para enseñarnos a conjugar a Dios, es decir, el
Verbo Amar. Sorprendente el aprendizaje de quien es el único y
verdadero Maestro. El que aprendió, por cierto, sufriendo a
obedecer, nos enseñará a amar desde la pequeñez.
A partir de ahora en la historia se
declara protagonista “lo pequeño”. No es superfluo ni
romantiquería social que por estas calendas sean los niños, los
ancianos, los enfermos, los pobres u otros colectivos marginados
quienes cautiven nuestra atención, así como los sentimientos
expresados de solidaridad y felicidad. Este signo descubre una
gran verdad, un anhelo vital: sólo la humanidad será dichosa y
gozará de paz cuando comience a valorar y acariciar lo débil, lo
pequeño. Es la afirmación de las bienaventuranzas, que más allá
del escándalo primero, refleja la lógica más humana y natural para
lograr revertir y transformar la tierra.
Esta parcialidad de Dios por lo pequeño,
al tomar carne en un niño, resulta aún más llamativa al colocarse
en “un establo”. Convendría no olvidar con facilidad que muchos de
nosotros hemos nacido y crecido en ambiente y olor de
establo.¡Cuántas imágenes guardamos de vida y muerte, ilusiones y
lágrimas al calor del establo! No es un lugar impoluto. Nuestra
vida y comunidad también son imagen de establo. El estiércol e
inmundicia, aunque limpiemos, se nos amontona. No, no nos resulte
desagradable, que ofrecer a Dios nuestro sucio corazón, no es
pactar con el pecado, sino acoger al único que nos puede perdonar
y transformar. Además disipa nuestros méritos o el sentirnos
acreedores de su posesión, liberándonos de esa ilusión soberbia,
para descubrir que si Él nace en nosotros, es porque nos ama, por
su entrañable misericordia. Percibo que de aquí surgen humildes y
hermosas conclusiones prácticas elementales para renovar nuestra
vida comunitaria en esta navidad.
Hoy nosotros miramos hacia arriba.
Evidentemente también miramos hacia abajo al encarnarse Dios.
Aunque el acento no es secundario en la palabra, resulta
inadecuado disociar ambas miradas. Tal vez la encarnación, que es
obra del Espíritu Santo, no lo olvidemos, nos impele a mirar hacia
adentro. Es el interior de nuestro ser y comunidad donde hemos de
experimentar la entrañable misericordia de nuestro Dios. La
misericordia de Dios se desliza por la pequeñez del vientre de una
mujer para eclipsar nuestras pretensiones jactanciosas, y aceptada
nuestra debilidad actual, sea Él quien se descuelgue por los
peldaños de nuestro entramado religioso comunitario. El símil del
rocío y la lluvia que rezamos estos días es muy rico y profundo
para penetrar y empapar nuestro interior.
Entre la conciencia de la propia pequeñez
y pobreza, y la viva experiencia de la misericordia, existe una
relación sutil pero fundamental para nuestra vida comunitaria
religiosa. Esta dinámica que desarrolla el mismo Dios, comunión de
amor trinitario, en su encarnación, es la clave que puede activar
nuestra verdadera santidad y relación comunitaria. La señal
perceptible sigue refiriéndonos la que el ángel dio a los
pastores: la vulnerabilidad de un Dios hecho niño, por su
entrañable misericordia. Este es el camino de revitalización en
esta hora congregacional. No nos despistemos por otras veredas
espectaculares y prodigiosas para sofocar nuestro agobio y
desencanto. El comienzo de nuestro resurgir será posible en la
medida que nos dejemos pastorear por Dios desde lo débil y pequeño
o no será. Y esto afecta tanto a la formación como a nuestra
comunidad de vida y misión. La alegría de nuestra vida religiosa
se asoma por debajo de nuestros proyectos y pretensiones. Comienza
a cosquillear en los suaves acontecimientos de nuestra
vulnerabilidad. No esperemos líderes iluminados o varones
preclaros de santidad y perfección.
Si la santidad de Dios aparca en lo
pequeño, cuidado no vayamos en dirección contraria. No procede
instigar contra la debilidad de los otros. Como tampoco
debiéramos, por un falso pudor espiritual, ocultar o no hacernos
cargo de nuestro pecado comunitario. La verdadera santidad acoge
nuestra debilidad, reconciliándonos con ella, y asume nuestra
vulnerabilidad comunitaria, pues sólo desde ahí, sintiéndonos
comunidad de pecadores, es posible experimentar la entrañable
misericordia de nuestro Dios. (2 Cor.12, 9-10.) No vengo a la vida
religiosa para santificarme, sino que vengo para que Él nos-santifique.
No nos engañemos; de esta misericordia divina, desde nuestra
pequeñez compartida, brotarán los tiernos retoños de una verdadera
revitalización comunitaria. Sin esta sensibilidad, nuestra
relación se vuelve asfixiante, rigorista, o nos instalaremos en la
mediocridad, sin gozar nunca el poder divino de ser liberados del
“aguijón clavado en la carne” que le impedía a Pablo considerarse
sin mancha (2 Cor.12,7-10.)
Aunque el silencio profundo de nuestro
corazón es imprescindible para escuchar a Dios, Él no viene “por”
nuestro silencio. Creo, humildemente, que el valor de nuestra
comunidad pasionista hoy para “nacer de nuevo”, no reside en el
silencio del Retiro o en el amparo del claustro, sino en la
capacidad para experimentar la misericordia entrañable de nuestro
Dios que nos hace acoger nuestra debilidad y pecado departiendo el
perdón y la misericordia que ha de circular sin pararse nunca en
nuestra relación humana y espiritual. Si no miramos a la cara
nuestro pecado, resultará imposible nuestra transformación y
tampoco veremos sitio para la gracia, secuestrando a la comunidad
el deleite enjundioso de la entrañable misericordia de nuestro
Dios.
Un presente irrenunciable:
Henchidos de Esperanza.
Quien se deja sondear por el Misterio de
la Encarnación y la Redención, envuelto por la misericordia de
Dios, imposible no albergue una inconmovible Esperanza. El Sol
que nace de lo alto ilumina “a los que viven en tinieblas y sombra
de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz.” En
este presente de nuestro acontecer provincial, para algunos de
desolación, y cuando acabamos de comunicar la triste y presentida
pérdida de nuestro hermano Benedicto, que se ha fundido en un
abrazo eterno con el Padre misericordioso, nuestros santos, y su
joven hermano mártir Laurino, quiero que todos encendamos no la
llama, sino el fuego inextinguible de la Esperanza.
Hermanos, estoy realizando ahora la visita
a las comunidades. Podemos ser más ancianos, ser menos... (y un
largo rosario archisabido), pero no podemos ser sin
esperanza. Este momento de nuestra historia requiere de nosotros
una plena Esperanza. No nos dejemos invadir por ese espíritu
“antihistórico” de vivir fuera del tiempo presente. Nuestra vida
religiosa no puede detenerse en el ayer ni forjar con frenesí el
futuro. Como nuestros mártires dieron en su momento su sangre,
nosotros hoy hemos de dar toda la seguridad de nuestra Esperanza
con no menor convicción y radicalidad. Si la falta de Esperanza
merodea a un religioso se convierte en un virus amenazador. Pero
si se extiende a varios, podemos padecer una inútil epidemia
mortal. Y para perder la esperanza e instalarse en el lamento sólo
se necesita un buen sillón, buen cuarto y calefacción en invierno.
No se si este momento será el mejor o peor, pero es el nuestro, el
de Dios en nosotros, y hemos de vivir una pasión agradecida por el
Reino. No podemos atrincherarnos en las cosas, casas o templos. La
pedagogía de Jesús y de nuestro Fundador era salir, ir donde está
la vida, la muerte, el hombre, los necesitados. Somos misioneros
de la Esperanza, apóstoles de la Pasión, testigos de la Pascua y
no administradores del templo, mientras se nos quedan vacíos,
excepto media hora a la semana. Nuestra obligación no es ser
productivos y rentables, sino la de vivir nuestra vocación con
hondura, autenticidad y esperanza. Sin esperanza no hay comunidad
religiosa, aún en el presente. Sin esperanza nuestra vida
consagrada no puede discernir nada de nada, ni realizar su misión
profética y escatológica como le corresponde por su identidad en
medio de la Iglesia. Sin esperanza estaremos afirmando la negación
e inutilidad de Dios en nosotros. Ni la enfermedad, ni la edad, ni
el número, ni la crisis más caótica justifican el vacío de
esperanza.
En tiempos de desolación hay que mudarse,
decía San Ignacio, hermanos, y no aferrarnos más a nuestra
parcela. Luego no es tan difícil la receta. No nos perdamos las
muchas y bellas maravillas que Dios continúa realizando en este
momento, y en concreto, en nuestra familia provincial.¡Cuánta
gracia! Claro que Dios no se somete a nuestro aburguesamiento, a
lo que queremos, como nosotros vemos y donde nosotros queremos.
Tiene más de nómada que de sedentario. Parece quiere sacarnos de
esa trilla existencial apostólica en la que nos empeñamos
controlar y dar más vueltas. ¡Ya lo creo que este es un presente
de Dios, de purificación, de vocación, alegría y esperanza!
Con mis consultores os bendecimos a todos
y nos fundimos en un abrazo de paz, unidos esa noche para adorar
al Niño que nace en el Altar. ¡Feliz Navidad!
Fernando Rabanal, cp. prep.prov.
Jesús Mª Gastón, consl. Laurentino
Novoa, consl.
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