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FELIZ NAVIDAD...FELIZ NAVIDAD...FELIZ NAVIDAD...FELIZ NAVIDAD

A TODOS LOS RELIGIOSOS DE LA PROVINCIA DE LA SAGRADA FAMILIA

   
     

CARTA FELICITACIÓN 

DE LA 

CURIA PROVINCIL

NAVIDAD 2006

 

 

 

                                               n a v i d a d    2 0 0 6.

 

“POR LA ENTRAÑABLE MISERICORDIA DE NUESTRO DIOS

NOS VISITARÁ EL SOL QUE NACE DE LO ALTO.”(Lc.1,78.)

 

                                   Queridos hermanos:

                        Ya baja por la escalera de la salvación el Misterio más oculto de los tiempos. Basta la sombra del Espíritu  para iluminar eternamente nuestra carne.

                        Dios se desnuda de su “omnipotencia” para lograr, a cambio, revestirnos de su omnipresencia. Sólo una ternura tan sublime puede infiltrarse de este modo para estar-con-nosotros, (Enmanuel) todos los días hasta el fin del mundo y confesarnos delicadamente al oído, que “nada es imposible para Dios”.

                        La Palabra más sabia desde siempre, parece que ahora ha de aprender a hablar, a balbucearse en nuestra limitación verbal, para enseñarnos a conjugar a Dios, es decir, el Verbo Amar. Sorprendente el aprendizaje de quien es el único y verdadero Maestro. El que aprendió, por cierto, sufriendo a obedecer, nos enseñará a amar desde la pequeñez.

                        A partir de ahora en la historia se declara protagonista “lo pequeño”. No es superfluo ni romantiquería social que por estas calendas sean los niños, los ancianos, los enfermos, los pobres u otros colectivos marginados quienes cautiven nuestra atención, así como los sentimientos expresados de solidaridad y felicidad. Este signo descubre una gran verdad, un anhelo vital: sólo la humanidad será dichosa y gozará de paz cuando comience a valorar y acariciar lo débil, lo pequeño. Es la afirmación de las bienaventuranzas, que más allá del escándalo primero, refleja la lógica más humana y natural para lograr revertir y transformar la tierra.

                        Esta parcialidad de Dios por lo pequeño, al tomar carne en un niño, resulta aún más llamativa al colocarse en “un establo”. Convendría no olvidar con facilidad que muchos de nosotros hemos nacido y crecido en ambiente y olor de establo.¡Cuántas imágenes guardamos de vida y muerte, ilusiones y lágrimas al calor del establo!  No es un lugar impoluto.  Nuestra vida y comunidad también son imagen de establo. El estiércol e inmundicia, aunque limpiemos, se nos amontona. No, no nos resulte desagradable, que ofrecer a Dios nuestro sucio corazón, no es pactar con el pecado, sino acoger al único que nos puede perdonar y transformar. Además disipa nuestros méritos o el sentirnos acreedores de su posesión, liberándonos de esa ilusión soberbia, para descubrir que si Él nace en nosotros, es porque nos ama, por su entrañable misericordia. Percibo que de aquí surgen humildes y hermosas conclusiones prácticas elementales para renovar nuestra vida comunitaria en esta navidad.

                        Hoy nosotros miramos hacia arriba. Evidentemente también miramos hacia abajo al encarnarse Dios. Aunque el acento no es secundario en la palabra,  resulta inadecuado disociar ambas miradas. Tal vez la encarnación, que es obra del Espíritu Santo, no lo olvidemos, nos impele a mirar hacia adentro. Es el interior de nuestro ser y comunidad donde hemos de experimentar la entrañable misericordia de nuestro Dios. La misericordia de Dios se desliza por la pequeñez del vientre de una mujer para eclipsar nuestras pretensiones jactanciosas, y aceptada nuestra debilidad actual, sea Él quien se descuelgue por los peldaños de nuestro entramado religioso comunitario. El símil  del rocío y la lluvia que rezamos estos días es muy rico y profundo para penetrar y empapar nuestro interior.

                        Entre la conciencia de la propia pequeñez y pobreza, y la viva experiencia de la misericordia, existe una relación sutil pero fundamental para nuestra vida comunitaria religiosa. Esta dinámica que desarrolla el mismo Dios, comunión de amor trinitario, en su encarnación,  es la clave que puede activar nuestra verdadera santidad y  relación comunitaria. La señal perceptible sigue refiriéndonos la que el ángel dio a los pastores: la vulnerabilidad de un Dios hecho niño, por su entrañable misericordia. Este es el camino de revitalización en esta hora congregacional. No nos despistemos por otras veredas espectaculares y prodigiosas para sofocar nuestro agobio y desencanto. El comienzo de nuestro resurgir será posible en la medida que nos dejemos pastorear por Dios desde lo débil y pequeño o no será. Y esto afecta tanto a la formación como a nuestra comunidad de vida y misión. La alegría  de nuestra vida religiosa se asoma por debajo de nuestros proyectos y pretensiones. Comienza a cosquillear en los suaves acontecimientos de nuestra vulnerabilidad. No esperemos líderes iluminados o varones preclaros de santidad y perfección.

                        Si la santidad de Dios aparca en lo pequeño, cuidado no vayamos en dirección contraria. No procede instigar  contra la debilidad de los otros. Como tampoco debiéramos, por un falso pudor espiritual, ocultar o no hacernos cargo de nuestro pecado comunitario. La verdadera santidad  acoge nuestra debilidad, reconciliándonos con ella, y asume nuestra vulnerabilidad comunitaria, pues sólo desde ahí, sintiéndonos comunidad de pecadores, es posible experimentar la entrañable misericordia de nuestro Dios. (2 Cor.12, 9-10.) No vengo a la vida religiosa para santificarme, sino que vengo para que Él  nos-santifique. No nos engañemos; de esta misericordia divina, desde nuestra pequeñez compartida, brotarán los tiernos retoños de una verdadera revitalización comunitaria. Sin esta sensibilidad, nuestra relación se vuelve asfixiante, rigorista, o nos instalaremos en la mediocridad, sin gozar nunca el poder divino de ser liberados del “aguijón clavado en la carne” que le impedía a Pablo considerarse sin mancha (2 Cor.12,7-10.)

                        Aunque el silencio profundo de nuestro corazón es imprescindible para escuchar a Dios, Él no viene “por” nuestro silencio. Creo, humildemente, que el valor de nuestra comunidad pasionista hoy para “nacer de nuevo”, no reside en el silencio del Retiro o en el amparo del claustro, sino en la capacidad para experimentar la misericordia entrañable de nuestro Dios que nos hace acoger nuestra debilidad y pecado departiendo el perdón y la misericordia que ha de circular sin pararse nunca en nuestra relación humana y espiritual. Si no miramos a la cara nuestro pecado, resultará imposible nuestra transformación y tampoco veremos sitio para la gracia, secuestrando a la comunidad el deleite enjundioso de la entrañable misericordia de nuestro Dios.

Un presente irrenunciable: Henchidos de Esperanza.

                        Quien se deja sondear por el Misterio de la Encarnación y la Redención, envuelto por la misericordia de Dios,  imposible no albergue una inconmovible Esperanza. El Sol que nace de lo alto ilumina “a los que viven en tinieblas y sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz.” En este presente de nuestro acontecer provincial, para algunos de desolación, y cuando acabamos de comunicar la triste y presentida pérdida de nuestro hermano Benedicto, que se ha fundido en un abrazo eterno con el Padre misericordioso, nuestros santos, y su joven hermano mártir Laurino, quiero que todos encendamos no la llama, sino el fuego inextinguible de la Esperanza.

                        Hermanos, estoy realizando ahora la visita a las comunidades. Podemos ser más ancianos, ser menos... (y un largo rosario archisabido), pero no podemos ser sin esperanza. Este momento de nuestra historia requiere de nosotros una plena Esperanza. No nos dejemos invadir por ese espíritu “antihistórico” de vivir fuera del tiempo presente. Nuestra vida religiosa no puede detenerse en el ayer ni forjar con frenesí el futuro. Como nuestros mártires dieron en su momento su sangre, nosotros hoy hemos de dar toda la seguridad de nuestra Esperanza con no menor convicción y radicalidad. Si la falta de Esperanza merodea a un religioso se convierte en un virus amenazador. Pero si se extiende a varios, podemos padecer una inútil epidemia mortal. Y para perder la esperanza e instalarse en el lamento sólo se necesita un buen sillón, buen cuarto y calefacción en invierno. No se si este momento será el mejor o peor, pero es el nuestro, el de Dios en nosotros, y hemos de vivir una pasión agradecida por el Reino. No podemos atrincherarnos en las cosas, casas o templos. La pedagogía de Jesús y de nuestro Fundador era salir, ir donde está la vida, la muerte, el hombre, los necesitados.  Somos misioneros de la Esperanza, apóstoles de la Pasión, testigos de la Pascua y no administradores del templo, mientras se nos quedan vacíos, excepto media hora a la semana. Nuestra obligación no es ser productivos y rentables, sino la de vivir nuestra vocación con hondura, autenticidad y esperanza. Sin esperanza no hay comunidad religiosa, aún en el presente. Sin esperanza nuestra vida consagrada no puede discernir nada de nada, ni realizar su misión profética y escatológica como le corresponde por su identidad en medio de la Iglesia. Sin esperanza estaremos afirmando la negación e inutilidad de Dios en nosotros. Ni la enfermedad, ni la edad, ni el número, ni la crisis más caótica justifican el vacío de esperanza.

                        En tiempos de desolación hay que mudarse, decía San Ignacio, hermanos, y no aferrarnos más a nuestra parcela. Luego no es tan difícil la receta. No nos perdamos las muchas y bellas maravillas que Dios continúa realizando en este momento, y en concreto, en nuestra familia provincial.¡Cuánta gracia! Claro que Dios no se somete a nuestro aburguesamiento, a lo que queremos, como nosotros vemos y donde nosotros queremos. Tiene más de nómada que de sedentario. Parece quiere sacarnos de esa trilla existencial apostólica en la que nos empeñamos controlar y dar más vueltas. ¡Ya lo creo que este es un presente de Dios, de purificación, de vocación, alegría y esperanza!

                        Con mis consultores os bendecimos a todos y nos fundimos en un abrazo de paz, unidos esa noche para adorar al Niño que nace en el Altar. ¡Feliz Navidad!

 

Fernando Rabanal, cp. prep.prov. 

Jesús Mª Gastón, consl.   Laurentino Novoa, consl.

 

 

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