Noticiero Local

Fiestas Propias Pasionistas

pasion.jpg

Ordenaciones Diáconos y Sacerdotes

1capitulocj.jpg

Profesiones Religiosas

simbolos.jpg

Calendario Propio Pasionista 2014

preciosasangre.jpg

Datos de la Fiesta de San Pablo de la Cruz

pablo.jpg

Papa Francisco : Documentos

papafrancisco1.jpg

Revista Stauros 2013

Exaltacion.jpg

Formacion Permanente de Abril 2014

formacionper.jpg

Boletin Digital del mes de Febrero 2014

logo1.jpg

Enlaces Católicos

websreligiosas1.jpg

Blogs Católicos

catolyblogs.jpg

MI BLOG

gracia.jpg

Mi Facebook

mifacebook.bmp

Mi Twitter

twitter.png

INTEGRACIÓN DE LOS LAICOS EN UNA IGLESIA-COMUNIÓN

Atención, abrir en una nueva ventana. PDFImprimirE-mail

Introducción

Estos encuentros entre los pastores y las personas consagradas es una forma excelente de vivir el espíritu de comunión y diálogo, que propuso el Vaticano II, y que se ha ido desarrollando de forma progresiva en la época postconciliar. La finalidad de estos encuentros es el conocimiento recíproco, la intensificación de la comunión eclesial, la cooperación en todos los ámbitos, la búsqueda de la unidad del Espíritu dentro de la diversidad de carismas y funciones. Los encuentros entre los obispos y los superiores mayores han sido propiciados por el documento “Mutuae relationes” (23 de abril de 1978) de las Congregaciones para los obispos y para los religiosos, por la Conferencia Episcopal Española (CEE) en su Instrucción colectiva “La Vida Religiosa, un carisma al servicio de la Iglesia” (25 de noviembre de 1981), por el Sínodo de los Obispos sobre la Vida Consagrada (octubre 1994) y por la posterior Exhortación Apostólica de Juan Pablo II “Vita consecrata” (25 de marzo de 1996).

El encuentro de este año a nivel de Aragón quiere centrar su reflexión y su diálogo en el tema de “la integración de los fieles laicos en una Iglesia-comunión”  a través de los  proyectos pastorales y las diversas formas de evangelización,  tanto a nivel de la iglesia local (la diócesis, la parroquia) como de las diversas familias religiosas según su misión específica (provincias, comunidades locales).

Este tema resulta especialmente significativo coincidiendo  con este segundo año de preparación para el jubileo del año 2000 dedicado al Espíritu, que es el que vivifica, anima y crea comunión entre todos los carismas, funciones y vocaciones en la Iglesia. Justamente en este año del Espíritu se nos propone que nos centremos “con particular solicitud sobre el valor de la unidad dentro de la Iglesia, a la que tienden los distintos dones y carismas suscitados por el Espíritu” (Tertio milenio adveniente -TMA- , 47) y en la necesidad de “incrementar más la comunión a todos los niveles” (CEE, Proclamar el año de gracia del Señor, 21); que nos preguntemos con verdadera sinceridad evangélica: “¿se consolida en la Iglesia universal y en las iglesias particulares la eclesiología de comunión de Lumen Gentium  dando espacio a los carismas, los ministerios, las varias formas de participación del pueblo de Dios?” (TMA, 36).

Por otra parte, tanto a nivel de Iglesia universal,  como en la Iglesia particular, como en los Institutos de vida consagrada, se viene promoviendo y asumiendo la integración de los laicos en los planes pastorales y en los proyectos de futuro. El Sínodo de los Obispos de 1986 sobre la vida y actividad de los laicos en la Iglesia, la Exhortación pastoral posterior “Christifideles laici”, las “Líneas de acción para promover la corresponsabilidad y participación de los laicos en la vida de la Iglesia y en la sociedad civil” de la CEE  (noviembre 1991), o la Exhortación pastoral de los Obispos de las diócesis aragonesas “Porqué promover la Acción Católica en nuestras diócesis” del 6 de enero de 1997, así como las líneas propuestas por los diversos Sínodos diocesanos o las programaciones de los Capítulos Generales y Provinciales de los diversos Institutos Religiosos, son una expresión suficientemente elocuente de este interés creciente por una plena integración de los laicos en la vida y la pastoral de la Iglesia a todos los niveles. En estas reflexiones partimos de la responsabilidad especial que tenemos los pastores, sacerdotes, religiosos/as en la promoción de la corresponsabilidad de los laicos y en su capacitación a través de una buena formación de los mismos (cf. CEE, Los cristianos laicos, Iglesia en el mundo, 13).

En orden a hacer un adecuado planteamiento de esta cuestión importante para la Iglesia, debemos preguntarnos en nuestra reflexión: ¿desde qué criterios y desde qué claves teológico-pastorales debemos promocionar esta integración? ¿Cuáles deben ser las verdaderas motivaciones y las razones válidas para no caer en un puro oportunismo a partir de las necesidades actuales? ¿Cómo contribuir realmente a la unidad y a la comunión desde los diversos carismas, funciones y ministerios? ¿Qué pautas pueden ser importantes para ir trabajando y dando pasos en esta integración en la Iglesia-comunión?.

 

1.     Miembros de una Iglesia-comunión y una Iglesia-misión

Del Concilio Vaticano II se ha dicho que fue “un Concilio de la Iglesia sobre la Iglesia” (K. Rahner”) ; es decir, todo su contenido gira de una u otra forma sobre la realidad de la Iglesia: una mirada hacia si misma, Iglesia “ad intra” (LG, DV, AA, SC, ChD, PO, OT, PC) y una mirada al mundo que tiene que evangelizar, Iglesia “ad extra” (GS, AG, UR, DH, NA). Pero no sólo ese dato es importante, sino que lo que nos interesa sobre todo señalar es el cambio  que se da en la eclesiología sobre la concepción de la Iglesia; podemos decir que en el Vaticano II nace una nueva eclesiología, que enlaza con la imagen de la Iglesia en el NT y en parte en la patrística. Se pasa de una eclesiología concebida en claves más bien jurídicas (Iglesia como sociedad, fundamentada en la “potestas” recibida del Señor, jerarquizada) a una eclesiología en claves teológico-pastorales (Iglesia-comunidad de creyentes, pueblo de Dios, fundamentada en la misión recibida del Señor). Aspectos que destaca el Vaticano II de la teología de la Iglesia son: su origen trinitario, su índole mística y carismática, la igualdad fundamental de todos sus miembros, el sacerdocio universal de los fieles, la colegialidad y corresponsabilidad, la importancia de la Iglesia particular, el reconocimiento de las iglesias no católicas, la relación de la Iglesia con el mundo contemporáneo. Es además una eclesiología integradora, histórica, teándrica, personalista, ecuménica.

Pero hay que destacar ante todo dos claves esenciales que caracterizan la concepción de la Iglesia del Vaticano II: la comunión y la misión. Estos dos conceptos-clave expresan admirablemente el qué y el para qué de la Iglesia, e.d. su naturaleza y su finalidad y ambos aspectos están mutuamente interrelacionados; desde estos conceptos esenciales para comprender la realidad de la Iglesia debemos entender la presencia de todos los fieles desde la diversidad de carismas y ministerios.

a.       Iglesia-comunión

El concepto “comunión” (koinonía) es sin duda el concepto esencial para entender el misterio de la Iglesia. Es más, como expresó el Sínodo extraordinario de los Obispos de 1985, al conmemorar los 20 años del Concilio, “la idea de la Iglesia-comunión es la idea central y fundamental de todos los documentos del Concilio” (cf. ChL, 19).

Esta idea de la Iglesia-comunión se ha ido desarrollando ampliamente después del Vaticano II, especialmente en el magisterio de Juan Pablo II. En “Christifideles laici” se ponen las bases para una integración plena de los laicos en la Iglesia-comunión: “La Iglesia es ante todo comunión: comunión de los santos; unión a Cristo y en Cristo, y unión entre los cristianos dentro de la Iglesia” (ChL, 19). En la Exhortación más reciente sobre la Vida Consagrada vuelve a destacar esta misma idea: “En realidad, la Iglesia es esencialmente misterio de comunión, ‘muchedumbre reunida por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo’ (San Cipriano)” (Vita consecrata – VC – 41).

Los teólogos han destacado también la importancia de este concepto para entender la realidad de la Iglesia: “La innovación del Vaticano II de mayor transcendencia para la eclesiología y para la vida de la Iglesia ha sido haber centrado la teología del misterio de la Iglesia sobre la noción de comunión” (A. Antón, Primado y colegialidad, Madrid 1970, 34; cf. W. Kasper, La Iglesia como comunión, en: Communio 1 – 1991 – 50-64). Por eso, podemos decir sin duda que “la idea de la ‘communio’ se ha convertido en el corazón de la doctrina sobre la Iglesia del Vaticano II” (J. Ratzinger, L’ecclesiologia del Vaticano II, en: La chiesa, Milano 1979, 13).

El concepto “communio” (koinonía) equivale a participación, solidaridad, fraternidad, unión o comunión. Comunión eclesial es comunión con Jesús (fracción del pan y oraciones) y con los hermanos (palabra apostólica y comunión fraterna) (cf. Hech 2, 42-47; 4, 32-35; 5, 12-16). La comunión eclesial es la realización de la Iglesia-misterio, “sacramento de la unión íntima de los hombres con Dios y de la unión de todos los hombres entre si” (cf. LG, 1,9 etc.), y adquiere su máxima expresión en la Eucaristía, en la que todos comemos de un mismo pan para formar un solo cuerpo.

Esta comunión forma por lo tanto la esencia y la naturaleza íntima de la Iglesia. Por eso la Iglesia es comunión con Dios (participación en la comunidad trinitaria, icono de la Trinidad), comunión de los fieles entre sí (misterio de fraternidad), comunión de las Iglesias (misterio de unidad en la pluralidad), comunión jerárquica (misterio de comunión en igualdad diferenciada y de los miembros con Cristo-cabeza), comunión con el mundo (misterio-sacramento al servicio de la unidad y de la paz del mundo).

Esta comunión eclesial tiene una forma peculiar que le caracteriza en su ser y en su acción: es una “comunión orgánica”: “La comunión eclesial se configura como comunión orgánica, análoga a la de un cuerpo vivo y operante; está caracterizada por la simultánea presencia de la diversidad y de la complementariedad de las vocaciones y condiciones de vida, de los ministerios, de los carismas y de las responsabilidades” (ChL, 20). Esta comunión orgánica está expresada ante todo en la imagen del cuerpo, usada por el apóstol Pablo, que nos recuerda que en la Iglesia hay muchos miembros con una dignidad común pero con funciones diversas; todos están ordenados a colaborar en la unidad de todo el cuerpo: “Lo mismo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así también Cristo... Ahora bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros cada uno por su parte” (1Cor 12, 12, 27). Otro aspecto importante que aparece en la imagen paulina es que como el alma es quien da unidad a todo el cuerpo, así el Espíritu es quien crea la unidad en la Iglesia; es el “alma de la Iglesia” (Vaticano II).

Que es “orgánica” quiere decir por tanto que es una comunión viva y dinámica: viva desde su unión con Cristo-cabeza; dinámica por el Espíritu que le anima y abre a nuevos horizontes; que es también una comunión diferenciada y solidaria: diferenciada por la variedad de vida y compromiso en la Iglesia; solidaria porque la diversidad está orientada a enriquecer la unidad.

En esta Iglesia, misterio de comunión, a todos nos une lo esencial (participación en la vida trinitaria, el don del Espíritu, la llamada a la santidad, la filiación divina y la fraternidad) y nos diferencia lo menos importante (lo peculiar, las funciones, la especificación vocacional, los servicios y ministerios) (cf. LG, 32). En esta Iglesia-comunión todos, pastores, religiosos y laicos estamos llamados a formar una comunidad de amor en Cristo para prolongar en el tiempo y en la historia el misterio salvador.

b.      Iglesia-Misión

Esta comunidad de amor y vida no es para sí misma sino para el mundo; la Iglesia es cuerpo y reflejo de Cristo “luz de los pueblos” (LG, 1). Es esencial y totalmente misionera; es decir, recibe su razón de ser de la misión recibida del Señor de anunciar el Evangelio al mundo entero (Mc 16, 15 par.; cf. LG, 17; AG, 35). Toda la Iglesia es misionera y todos en la Iglesia participamos según nuestra vocación propia en esta misión única y universal. La comunión de la Iglesia es una comunión misionera: “La comunión genera comunión y esencialmente se configura como comunión misionera... La comunión y la misión están profundamente unidas entre si, se compenetran y se implican mutuamente, hasta el punto que la comunión representa a la vez la fuente y el fruto de la misión: la comunión es misionera y la misión es para la comunión” (ChL, 32). Esta idea de la comunión misionera ha sido desarrollada por Juan Pablo II no sólo en “Christifideles laici” sino también de forma más específica en “Redemptoris missio” (cf. Cáp. VI), así como en “Vita consecrata”, donde se acentúa que el don de la comunión en la vida fraterna es en definitiva para la misión (cf. VC, 72).

Por eso, podemos decir que la Iglesia es la Iglesia de Cristo cuando es “Iglesia para los demás” (D. Bohnhoeffer), cuando entiende y vive su existencia como una entrega a la obra de la evangelización: “Evangelizar constituye la dicha y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar” (Evangelii nuntiandi, -EN-, 14). Evangelizar no es un acto individual o de grupos aislados, sino un “acto eclesial” (EN, 60), en el que todos estamos llamados a ser agentes de evangelización, pastores religiosos y laicos (EN, 67-70), cada uno según el don recibido. Pero además señala también este documento del magisterio la importancia de la unidad de todos los miembros de la Iglesia para llevar a cabo la obra de la evangelización: “La fuerza de la evangelización quedará muy debilitada si los que anuncian el Evangelio están divididos entre sí por tantas clases de rupturas... El testamento espiritual del Señor nos dice que la unidad entre sus seguidores no es solamente la prueba de que somos suyos, sino también la prueba de que El es el enviado del Padre, prueba de credibilidad de los cristianos y del mismo Cristo” (EN, 77).

En esta Iglesia-comunión, que es esencialmente para la misión, “todos son obreros de la viña: los sacerdotes, los religiosos y religiosas, los fieles laicos, todos son a la vez objeto y sujeto de la comunión de la Iglesia y de la participación en su misión salvadora... En la Iglesia-comunión los estados de vida están de tal nodo relacionados entre sí que están ordenados el uno al otro” (ChL,55).

Si la Iglesia es pues “comunión misionera” en la que todos son miembros activos, que participan y convergen en la construcción del cuerpo de Cristo en igualdad de dignidad, aunque en diversidad de función, esto significa que la integración de los fieles laicos en la comunión y misión eclesial, no puede ser algo puramente coyuntural, que obedezca a las necesidades del momento, sino algo que corresponde a la esencia y autenticidad de la misma Iglesia.

2.     Los laicos en la Iglesia

Durante siglos se ha acentuado y exagerado la diferencia entre pastores y fieles, clérigos y laicos, jerarquía y pueblo, Iglesia-institución e Iglesia-carisma; se partía de una eclesiología de estructura “piramidal”, en la que importaba ante todo diferenciar los órdenes y estados de vida para establecer muy bien los derechos y obligaciones, clarificar sus funciones, ordenar sus relaciones y asegurar la sucesión apostólica.

Después del Vaticano II ha quedado a nivel teórico claro que los laicos no están al margen de la Iglesia, ni en la base ínfima de la pirámide de la Iglesia, sino que son parte activa y determinante: “ellos no sólo pertenecen a la Iglesia sino que son Iglesia” como dijo Pío XII (cf. Alocución al Consistorio el 18 de febrero de 1946); “son sarmientos radicados en Cristo, la verdadera vid convertidos por él en una realidad viva y vivificante” (ChL, 9). La estructura de comunión del Vaticano II nos enseña que la Iglesia es “pueblo de Dios”, “comunidad de creyentes”, “cuerpo de Cristo”, que incluye a todos los creyentes para poder ser verdadero sacramento de salvación y llevar a cabo en la Iglesia su misión salvadora.

a.       Los laicos en la estructura de comunión

Esta visión e identidad del laico en la Iglesia enlaza con el pensamiento del NT, que concibe la Iglesia como una unidad y una comunidad de salvación, que tiene su origen en Dios mediante Jesucristo y es enviada al mundo. Los miembros de esta comunidad son designados con los términos: llamados (kletói), santos (hagiói), discípulos (mathetói) o hermanos (adelfói); todos ellos forman el “nuevo pueblo escogido de Dios” (1Pe 1, 10). Todos los miembros forman una unidad, un pueblo, un edificio de Dios (1Pe 2, 5-10; 1Cor 3, 16-17; Ef 2, 19-22; Heb 10, 21-25). Cada uno de los miembros se diferencia de los demás según los carismas, los ministerios, las diversas funciones, en el servicio de la edificación de la comunidad (1Cor 12; Rom 12); esta distinción no tiene porqué oscurecer la unidad de la comunidad cristiana. El NT, como indicó el P. Congar, “no insiste en la distinción entre laicos y sacerdotes dentro de la Iglesia, sino en la distinción u oposición entre Iglesia consagrada toda ella y el mundo, entre el pueblo y el no pueblo (1Pe 1,10, entre los hermanos y los otros” (Y. Congar, Vocabolario e storia del laicato, en: Il laici e la missione della chiesa, Milano 1963, 8). En los primeros siglos la diferenciación jerárquica, sacerdotes – levitas – laicos, que aparece p.e. ya en Clemente Romano, no se opone en absoluto a la plena integración y  al dinamismo de los laicos.

b.      Proceso de clericalización

A partir del siglo IV, con el fin de las persecuciones y el reconocimiento oficial del cristianismo, comienza a darse una fuerte clericalización de la Iglesia. Se concibe la Iglesia a partir del modelo de la sociedad romana, dividida o estructurada en diversos órdenes; los que no pertenecían a ningún orden formaban la “plebs”. La parte activa y directiva de la Iglesia queda poco a poco monopolizada por el “orden clerical” (la jerarquía de la Iglesia) y el “orden religioso” (los monjes y todas las personas consagradas); los laicos (la plebs) se convierten en un elemento pasivo y sin derechos, dejan de ser miembros vivos y corresponsables de la Iglesia-comunión; los “laicos” dejan de ser paradójicamente miembros del pueblo y pasan a ser “profanos” o no iniciados. El orden clerical y el religioso monopolizan el ser de la Iglesia, de tal manera que “eclesiástico” deja de ser el miembro de la “ekklesía” para identificarse con quienes pertenecen a la jerarquía y el “kleros” (la heredad de Dios) es un término reservado para los que reciben el sacramento del orden; monopolizan  los ministerios ya que a partir de la alta edad media todos se ordenan  al sacramento del orden y son asumidos por el sacerdocio; se monopoliza la formación, de manera que la teología queda reservada a los clérigos, que asumen toda la responsabilidad en la enseñanza, la catequesis y la proclamación del Evangelio;  monopolizan la cultura, puesto que ésta estuvo durante toda la edad media en manos del clero y los monjes; de hecho clérigo llegó a ser sinónimo de intelectual o letrado y laico de analfabeto; el monje se identificó con los hombres “espirituales” y los laicos con los hombres “carnales”. El contraste espiritual-mundano acentuó un dualismo que no se dio en la Iglesia primitiva dentro de la Iglesia, y que atribuyó a los clérigos una función de guía y formación respecto a los laicos, a los que tocaba ante todo escuchar y obedecer.

Los reformadores protestantes rechazaron la clericalización de la Iglesia, acogieron las expectativas de los movimientos laicales de la época medieval, que habían terminado casi todos ellos en la herejía, y afrontaron la marginación de los laicos desde una acentuación exagerada del sacerdocio común de los fieles, que no sólo igualaba a todos los fieles en dignidad sino también en su capacidad de representar a la Iglesia. Como reacción a estos planteamientos, en la Iglesia y en la teología católica “se acentuó tanto la importancia (función) de la jerarquía que “la eclesiología se transformó poco a poco en jerarcología”, como ha dicho algún autor (cf. M. Sánchez Monge, Eclesiología, 364)

El proceso de secularización de la sociedad a partir de la revolución francesa y el desmoronamiento de la cultura occidental de raigambre cristiana, ha ayudado a ir tomando lentamente conciencia del papel y de la identidad del laicado en la Iglesia. El magisterio de la Iglesia con Pío XI y Pío XII, así como la teología con autores como Y. Congar, K. Rahner o G. Philips, han ido abriendo camino a la plena participación de los laicos en la vida de la Iglesia desde esta eclesiología de comunión del Vaticano II, dentro de la cual se puede entender la “identidad de los fieles laicos” (ChL, 8).

c.       Identidad de los laicos

Los fieles laicos pertenecen plenamente a la Iglesia y se identifican por el carácter secular de su vocación cristiana de “ser Iglesia en el mundo”: “Los laicos por su novedad cristiana e índole secular, propia pero no exclusiva (GS, 43), concretan la inserción de la Iglesia toda en el mundo. Los laicos viven en el mundo, en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social. Y son llamados por Dios para santificar el mundo desde dentro, a modo de fermento” (CEE, Los cristianos laicos, 26). Por lo tanto “el carácter secular es propio y peculiar de los laicos” (LG, 31; ChL, 15); se santifican en medio del mundo, ejercen su sacerdocio dando un “culto espiritual” a Dios mediante la vida, el trabajo, su participación en la vida secular. Su vocación específica “los coloca en el corazón del mundo” (EN, 70) para llevar a cabo su tarea evangelizadora en el campo de la política, del mundo social, de la economía, la cultura, las ciencias y las artes, los medios de comunicación, la familia, la educación etc (cf. EN, 70; ChL, 35ss.).

Los laicos están presentes en el mundo como Iglesia; tienen por su vocación cristiana una misión evangelizadora, pero su apostolado no nace de una iniciativa personal o grupal, sino de una misión que se recibe de la Iglesia, la cual a su vez la recibe de Cristo: “El apostolado de los laicos es la participación en la misma misión salvífica de la Iglesia” (LG, 33) y no una simple participación o prolongación del apostolado de los pastores.

d.      Corresponsables de la comunión y la misión

Según esto, podemos decir que “todos los miembros de la comunidad cristiana (pastores, religiosos y laicos) son responsables de la comunión y de la misión” (CEE, Los cristianos laicos, 32). ¿Qué significa esta corresponsabilidad eclesial? Significa en primer lugar que la tarea de ser comunión y llevar a cabo la misión es tarea de todos. La realización de la corresponsabilidad supone asumir, aceptar y coordinar armónica y eficazmente la propia responsabilidad con la de los demás; es cierto que hay diversos niveles de corresponsabilidad, pero es necesario “descubrir y determinar en qué medida dichos niveles participan, se intercomunican y comparten funciones, decisiones y acciones en la Iglesia” (D. Borobio, Los ministerios laicales, Madrid 1984, 96).

Somos corresponsables porque todos somos Iglesia; todos participamos de la misión desde nuestra vocación específica; es decir, corresponsabilidad en el ser (comunión) y en el apostolado (misión): todos somos sacerdotes participando por nuestro ser cristiano del único sacerdocio de Cristo, aunque no todos participen del sacerdocio ministerial para representar a Cristo-cabeza; todos somos también servidores de la comunión, pues todos participamos de la función diaconal de Cristo y de la Iglesia para ser servidores del amor de Dios respecto a los hombres y del amor de los hombres entre sí y para con Dios, es decir, un amor que crea comunión y es sacramento de unidad; todos somos portadores de carismas o dones del Espíritu para el bien común y la edificación del cuerpo de Cristo (1Cor 12, 4-10; 13; Rom 12, 6-7). Esta corresponsabilidad eclesial de todos, que queda clara a nivel teórico a partir de la eclesiología del Vaticano II, no cabe duda que sufre un deficit secular en lo que se refiere a la participación de los laicos, a pesar de los esfuerzos positivos y de los avances que se han ido dando en la Iglesia los últimos decenios.

En el magisterio y en la reflexión teológica después del Concilio se apunta especialmente a tres formas concretas de dar cauce a la corresponsabilidad de los laicos:

1)      La participación en los organismos colegiales: Facilitar la participación de los laicos  en los consejos de pastoral, en asuntos económicos y administrativos, tanto a nivel diocesano y parroquial como a otros niveles (pensemos en la enseñanza, la sanidad, las obras asistenciales etc.). Esta participación está impulsada por los documentos del magisterio (cf. ChL, 25-26; Octogesima Adveniens, 47) y recogida en el Derecho Canónico. Pero en esta participación, deberíamos tener presente que, por encima de la determinación jurídica, debería prevalecer el espíritu de comunión y participación real. Ejemplo: desde el punto de vista jurídico estos organismos son siempre consultivos, pero si en el funcionamiento se da la impresión de que los laicos son sólo para dar consejos pero sin ningún peso real  en las decisiones y el funcionamiento, pueden llegar a pensar y concluir que su participación es más aparente que real, más teórica que práctica.

2)      La formación de los laicos: No cabe duda que la posibilidad de asumir la responsabilidad está en relación con la formación, el conocimiento y la preparación que se tiene. Hasta hace muy poco, la realidad es que la formación cristiana de los laicos se reducía a la catequesis y la escucha de la predicación; la teología o la preparación especializada era algo exclusivo de los clérigos y religiosos. En la actualidad se pide una buena formación de los laicos, que les ayude a madurar en la fe, a descubrir y vivir su propia vocación y misión en la Iglesia-comunión (cf. ChL, 57-63). Esta formación debe ser integral y, por lo tanto, incluir todos los aspectos que son necesarios para vivir su vocación cristiana con plena responsabilidad (aspectos humanos, espirituales, teológicos). La CEE propuso ya en 1991 como uno de los objetivos prioritarios la formación de los laicos: “La formación de los laicos es una prioridad de máxima urgencia para toda la Iglesia” (Los cristianos laicos, 70). Y añade: “Las iglesias particulares incluirán la formación de los laicos entre los objetivos y tareas de sus planes pastorales y los diversos lugares y ámbitos evangelizadores –parroquias, escuelas, universidades, familia, asociaciones y movimientos- tendrán en cuenta sus orientaciones y sugerencias” (Ibd., 74). Dentro de esta formación de los laicos, creo que es especialmente importante propiciar la posibilidad de preparación teológica a todos los niveles, para que puedan vivir con mayor responsabilidad su vocación propia, y para que puedan ser ellos mismos protagonistas y promotores del pensamiento y la reflexión cristiana.

3) Los ministerios laicales: Si todos formamos parte de la Iglesia-comunión y participamos de la misión, si todos formamos un pueblo sacerdotal y hemos sido enriquecidos con los dones del Espíritu, es necesario que reconozcamos no sólo los ministerios ordenados, a través de los cuales se representa en la Iglesia a Cristo-cabeza, sino también otros muchos ministerios mediante los cuales los fieles laicos ejercen su corresponsabilidad en la comunidad cristiana y contribuyen a edificar el cuerpo de Cristo. Esta promoción de los ministerios laicales se inició después del Concilio; recordemos p. e. el motu propio “Ministeria quaedan” (15 de agosto de 1972), el documento de la Congregación para la doctrina de Sacramentos “Inmensae caritatis” (29 de enero de 1973), la Exhortación apostólica “Evangelii nuntiandi” (8 de diciembre de 1974) o la Exhortación apostólica “Christifideles laici” (30 de diciembre de 1988). Todo esto debería ir madurándose y afianzándose en la Iglesia no sólo como algo coyuntural, o como una suplencia a la carencia de vocaciones a la vida sacerdotal o religiosa, sino como algo que pertenece a la misma naturaleza de la Iglesia, como un derecho y un deber del laico en ella y no como una concesión que se le concede: “Las iglesias particulares y las parroquias animarán la disponibilidad de los laicos –hombres y mujeres-, que son la mayoría de la Iglesia y han de ejercer la mayor parte de los ministerios y servicios de la comunidad, para ejercer aquellos ministerios y servicios que les sean confiados y que tienen su fundamento en el bautismo y la confirmación, y para muchos además en el matrimonio” (CEE, Los cristianos laicos, 39). Por supuesto que este reconocimiento y esta promoción debe hacerse desde la diferenciación adecuada de los ministerios.

3.     Los carismas al servicio de la comunión y la misión eclesial

Lo esencial, como indica San Pablo, es la edificación del cuerpo de Cristo, la unidad del pueblo de Dios, la fidelidad al Espíritu que es quien crea comunión y quien lleva a cabo la misión a través de todos nosotros. En este cuerpo, formado por pastores, religiosos y laicos, “es la presencia del Espíritu Santo, que vivifica, la que produce la cohesión orgánica; El da unidad a la Iglesia en la comunión y en el ministerio, y con variados dones jerárquicos y carismáticos la dota, la dirige y la colma de sus frutos... El hecho que existan en la Iglesia pastores, laicos y religiosos no arguye una desigualdad en la común dignidad de los miembros, sino que más bien es manifestación de una unidad articulada de las funciones de un organismo vivo” (MR, 2). El Espíritu es quien crea unidad en la diversidad, quien vivifica todo el cuerpo de la Iglesia, quien realiza la comunión, la fraternidad (la comunión espiritual y la comunión jerárquica): “Hemos sido bautizados en un solo Espíritu para ser un solo cuerpo” (1Cor 12, 13; Ef 4, 4); “todos hemos recibido el mismo Espíritu Santo, y estamos mezclados los unos con los otros y con Dios” (S. Cirilo de Alejandría, Comentario al Evangelio de Juan, XII, 11); “El es el que realiza la comunión de cada uno de los fieles, y de los carismas en relación a todos, así como en cada una de las iglesias en relación a la única Iglesia” (cf. Comité para el Jubileo del Año 2000, El Espíritu del Señor, 74).

Esto nos recuerda que en la Iglesia, aunque siempre debemos buscar la justa armonía y un sano equilibrio, es más importante el Espíritu que los elementos humanos, lo sacramental que lo estructural, lo teológico que lo jurídico. Será por lo mismo desde una opción por lo prioritario y desde una fidelidad a lo esencial, como podemos encontrar caminos nuevos de comunión, diálogo, integración y cooperación entre todos los carismas, funciones y ministerios.

¿Qué puede aportar cada carisma a la comunión eclesial y a la Iglesia-misión? ¿En qué aspectos enriquece y es enriquecido cada carisma en relación con los demás?

a.       Misión de los pastores en la comunión

Los pastores, especialmente el obispo, ante todo presiden a sus hermanos en la fe, representan a Cristo-cabeza  y hacen presente su autoridad, sirven a la unidad y comunión de la Iglesia enseñando el camino de la fe (LG, 18-27; ChD, 11-21). A ellos corresponde salvaguardar la comunión “orgánica” (espiritual y jerárquica) de la Iglesia, alentar y coordinar todos los carismas y ministerios en orden al bien de todo el pueblo de Dios, impulsar y promocionar todas las iniciativas que contribuyan a la comunión eclesial y a la evangelización de los pueblos. Están “en medio de los suyos como los que sirven” (ChD, 16), no en calidad de dominadores, sino como modelos de la grey (1Pe 5,3) (MR, 9).

Los pastores son los primeros promotores de la vida consagrada, que es un don del Señor a su Iglesia (LG, 43), algo “que está en el corazón mismo de la Iglesia como elemento decisivo para su misión” (VC, 3). Ellos son los primeros en reconocer los dones de Dios en las diversas familias religiosas, en alentar la santidad de vida y la fidelidad al carisma y misión propia de cada instituto. Los pastores son los que integran la riqueza de las diversas familias religiosas en la Iglesia local y en cada comunidad concreta, quienes disciernen y reconocen la acción del Espíritu en el nacimiento de nuevas formas de vida consagrada.

Con respecto a los laicos, los pastores deben ser los primeros en reconocer y promover su dignidad y responsabilidad, escuchar y acoger sus opiniones y consejos, alentar todas sus iniciativas, darles libertad de acción y oportunidades para participar en la vida de la Iglesia (cf. LG, 37). Pero en orden a una integración progresiva de los laicos en la comunión y misión de la Iglesia, los pastores son quienes, con una especial responsabilidad, deben alentar las iniciativas en orden a este fin: promover la formación de los laicos, reconocer los ministerios laicales y posibilitar su implantación en las iglesias locales, impulsar la participación en los órganos colegiales y las diversas instancias eclesiales, integrar su cooperación en los proyectos evangelizadores de la Iglesia. El papel de los pastores es esencial para superar prejuicios, coordinar iniciativas y aunar esfuerzos, que lleven a una plena integración y participación de los laicos en la vida de la Iglesia.

b.      Misión de los religiosos/as en la comunión

Los consagrados/as aportan en primer lugar a la Iglesia el don específico de sus familias religiosas, haciendo especialmente vivo y presente a Cristo orante, misericordioso, buen samaritano de la humanidad, a Cristo maestro o anunciador de la buena noticia (LG, 44, 46; PC, 7-11; VC, 32). Ellos hacen presenta también en la Iglesia el espíritu de las bienaventuranzas (EN, 69; VC, 33), a través del seguimiento radical de Cristo en pobreza, castidad y obediencia. Por la experiencia de vida fraterna en comunidad, a las personas consagradas se nos pide que seamos “expertos en comunión” (VC, 46) y que colaboremos de forma especial a “fomentar la espiritualidad de comunión” en la Iglesia y en la sociedad (VC, 51). En la obra evangelizadora de la Iglesia, “la aportación específica de los consagrados es ante todo el testimonio de una vida totalmente entregada a Dios y a los hermanos” (VC, 76), que les hace signos de los valores escatológicos del reino de Dios.

Con respecto a los pastores, los consagrados deben aportar un ejemplo vivo del “sentir con la Iglesia” y fidelidad a su magisterio, que “es un distintivo de la comunión eclesial” (VC, 46) y una de las herencias comunes de todas las familias religiosas. Los consagrados están llamados a vivir en plena comunión con sus pastores, tanto a nivel diocesano como a nivel parroquial, y a integrarse plenamente en la vida y la pastoral de la Iglesia local y de la comunidad concreta, ya que “la Iglesia particular es el espacio histórico en el cual una vocación se expresa realmente” (MR, 23). Su colaboración con los pastores debe estar caracterizada por la plena disponibilidad para las tareas evangelizadoras de la Iglesia y para el servicio a los más pobres y necesitados según el carisma propio; así como por el sentido profético, algo esencial a la vida consagrada (cf. VC, 84-85), que está llamado a completar el servicio ministerial, haciendo patente que lo carismático y lo institucional deben integrarse para formar la Iglesia-sacramento y misterio de comunión (cf. MR, 34); y por la creatividad propia de su especialización profética y su talante carismático.

Con referencia a los laicos, los consagrados deben estar abiertos a compartir el don de su carisma en los diversos campos de la oración, la evangelización, la enseñanza, la práctica de la misericordia, el compromiso por los más pobres, en orden a una mutua colaboración en la misión evangelizadora de la Iglesia (cf. VC, 54-55); están llamados los consagrados a alentar desde su compromiso profético y eclesial organizaciones (ONG) y acciones de voluntariado de ayuda a los paises y personas necesitadas, incluso a participar en iniciativas laicales a favor de los necesitados y con la finalidad de aliviar el sufrimiento humano (cf. VC, 56). De los consagrados se espera que aporten también su colaboración en la promoción y formación de los laicos (CEE, Los cristianos laicos, 13, 87), que ofrezcan también “a los hombres de nuestro tiempo la ayuda que necesitan para adentrarse en la oración y la vida espiritual” (MR, 25), así como su aportación específica en los nuevos “areópagos” de la evangelización, como el mundo de la educación, la cultura o los medios de comunicación (cf. VC, 96-99).

c.       Misión de los laicos en la comunión

Los laicos tienen también mucho que aportar a la comunión y a los demás estados y carismas eclesiales. Ellos son la Iglesia en el mundo y están llamados a ser la Iglesia-comunión en la familia y en la sociedad, en el campo de la economía, la cultura, la vida política y en todos los ámbitos profesionales. Llamados a la santidad y al apostolado en el mundo, son un vínculo natural de unión entre la realidad eclesial y la realidad secular, para hacer presente de esta forma a la Iglesia-sacramento y misterio de comunión. Ellos “testifican y hacen presente a los pastores, a los religiosos y a las religiosas, el significado que tienen las realidades terrenas y temporales en el designio salvífico de Dios” (ChL, 55).

Con respecto a los pastores, los fieles laicos aportan en primer lugar su corresponsabilidad para crear una Iglesia-comunión que sea dinámica y pluralista; sin su presencia activa, la Iglesia no sería verdadero cuerpo de Cristo y comunidad de creyentes. Ellos están capacitados para aportar sus opiniones y conocimientos autorizados en muchos terrenos propios de su vocación específica (familia, matrimonio, política, sociedad, cultura...), que enriquecería a la Iglesia para que pueda ejercer su función de maestra de la verdad en un mundo plural y progresivamente secularizado. Los laicos tienen también la capacidad, y muchas veces la preparación,  de realizar mejor muchas de las tareas que siguen realizando los obispos o sacerdotes, como tareas administrativas, jurídicas, docentes. Ellos están capacitados asi mismo para aportar iniciativas y nuevas ideas, que pueden abrir a los pastores de la Iglesia la posibilidad de ejercer su función propia de forma más eficaz y creativa.

Con respecto a los consagrados, los laicos nos enriquecen aportando el sentido secular a la vivencia de nuestra consagración y misión específica, iluminando e interpretando desde la realidad cada uno de los carismas religiosos para que puedan significar más claramente un servicio de amor para la Iglesia y para el mundo, y con el fin de que vayan respondiendo a los retos del mundo y la sociedad desde una “fidelidad creativa” a sus propias raíces espirituales (cf. VC, 36-37). Sus puntos de vista, su experiencia de vida, su presencia en el mundo pueden ser muy enriquecedoras para vivir con realismo los votos religiosos, para encarnar de forma testimonial el espíritu de las bienaventuranzas en nuestro mundo actual y para expresar lo que significa el seguimiento radical de Cristo; también para ser signo de los valores escatológicos (las realidades últimas) sin olvidar el compromiso por el mundo (las realidades penúltimas). Por otra parte, la aportación y colaboración de los laicos, será también muy importante para que los religiosos puedan vivir cada día con mayor sentido y eficacia evangélica su servicio a los pobres y marginados como un servicio eclesial.

4.     Pautas para la integración de los laicos en la Iglesia-comunión

Finalmente quisiéramos apuntar algunas pautas que pueden ser importantes en una colaboración común para lograr una integración progresiva de los laicos en la comunión y misión de la Iglesia, teniendo en cuenta que los principios teóricos están relativamente claros a partir del Vaticano II, pero la puesta en práctica va encontrando no pocas dificultades y se necesita permanecer en una sana tensión hacia el futuro.

1)     Seguir profundizando en la eclesiología de comunión que propuso el Vaticano II y se ha ido desarrollando posteriormente. Esto tiene que llevar a un mejor conocimiento del misterio de la Iglesia a todos los niveles; a ir recuperando la terminología teológica, bíblica y evangélica, y purificando el lenguaje eclesiológico de unas connotaciones excesivamente jurídicas y sociológicas. Deberá contribuir así mismo a crear una verdadera pedagogía de comunión a todos los niveles, en la que aprendamos a valorar la primacía del Espíritu, el don de la fraternidad, la vocación común a la santidad por encima de otros aspectos, necesarios también pero menos importantes. No cabe duda que muchas de las dificultades que surgen en la integración de todos en la comunión y la misión de la Iglesia, surgen de una falta de conocimiento y formación teológica y eclesiológica.

2)     Promover una terminología y una mentalidad de comunión, que significaría superar en primer lugar la concepción o imagen de la Iglesia a partir del binomio clérigos-laicos, jerarquía-pueblo, institución-carisma, estructura-espíritu, ya que justamente la acentuación de estas divisiones son las que han creado muchos malentendidos y han contribuido más a la división que a la creación de una Iglesia-comunión de hermanos y sacramento de salvación para el mundo. Estas divisiones o binomios eclesiológicos han servido para acentuar más lo que nos diferencia que lo que nos une a todos en el cuerpo de Cristo, ha conducido más a la división y discriminación que a la edificación  y el testimonio cristiano. La Iglesia tiene clérigos y laicos pero no es ni clerical ni laical, es cuerpo de Cristo con miembros diversos; la Iglesia no es sólo materia, estructura e institución ni tampoco pura realidad espiritual, es más bien una realidad sacramental, teándrica; no es una realidad dividida sino integrada y encarnada. Cuando se superen estas divisiones, habrá menos peligro de clericalizar la función de los laicos y de secularizar la función de los clérigos o religiosos.

3)     Reconocer a todos los niveles la naturaleza y función esencial del laico en la Iglesia-comunión. Es decir, reconocer que los laicos no sólo pertenecen a la Iglesia sino que son Iglesia; es más, que sin ellos no hay Iglesia, como no hay cabeza sin cuerpo, ni cuerpo sin miembros. Uno de los problemas de la clericalización de la Iglesia es justamente creer que la integración de los laicos puede ser algo bueno y positivo, pero no necesario ni esencial, o que se cuenta con los laicos porque no hay suficientes clérigos o religiosos, que puedan seguir llevando todas las funciones, tareas y ministerios. Una Iglesia que no llegase a entender y aceptar positivamente que los laicos son tan necesarios como los clérigos y religiosos, no sería una Iglesia-comunión; sería una Iglesia deformada, o con elementos pasivos, miembros inutilizados. Edificar el cuerpo de Cristo en la sociedad, ser sacramento de salvación en el mundo, significa reconocer la dignidad común de ese cuerpo e integrar armónicamente todos sus miembros y carismas en una comunión orgánica; significa también asumir cada uno su responsabilidad en comunión con los demás, pero sin invadir o quitar a nadie su propia responsabilidad.

4)     Colaborar en una buena formación de los laicos a nivel diocesano, parroquial o de las comunidades religiosas, puesto que en este proceso de integración, corresponde a los pastores, religiosos y religiosas una responsabilidad especial, puesto que los fieles laicos carecen muchas veces de los medios, debido al deficit secualr que arrastra la Iglesia, o la “deuda histórica” que tenemos con ellos desde los otros estados eclesiales. Esta formación deberá ser integral, orientada a crear cristianos adultos y responsables en una Iglesia-comunión, a que los laicos vivan su vocación específica en la Iglesia y se sientan cada vez más integrados y activos en la comunidad eclesial. Debería ser una formación desde una pedagogía activa y participativa en la que estemos dispuestos a dar y recibir, a enseñar y aprender, a hablar y escuchar. No se trata tanto de instruir o catequizar sino de educar en la fe en un proceso de formación participativa y permanente. Dentro de esta formación de los laicos, que primordialmente debe estar orientada a la vivencia de su vocación específica, habría que incluir la posibilidad de formación teológica a todos los niveles, pues el carisma de la teología no tiene porqué estar vinculado con exclusividad a los clérigos y religiosos; es más, desde su propia vocación, serían los laicos los que en mejores condiciones pueden p.e. elaborar y desarrollar una teología del matrimonio, de la familia, de las realidades terrenas etc.

5)     Abrir cauces y posibilidades concretas de participación a los laicos. Corresponde especialmente a los pastores, pero también a los religiosos, presentar posibilidades de participación a los laicos, tanto a nivel diocesano y parroquial como de comunidades religiosas concretas: a los pastores porque ellos son los que deben servir por su ministerio a la comunión, a la coordinación e integración de funciones y carismas; a los religiosos porque tienen también una responsabilidad especial en la misión de la Iglesia y porque están llamados a ser “expertos en comunión”. Si el camino se hace al andar, podemos decir que la forma más práctica de ir avanzando en la integración de los laicos en la Iglesia-comunión, será ir abriendo caminos concretos, presentando proyectos concretos y proponiendo acciones concretas que posibiliten la participación. A veces no se participan porque no hay posibilidades reales, o no se integran porque no hay cauces concretos de integración en la parroquia, en los proyectos pastorales o en los proyectos comunitarios. Si llega a faltar esto, la integración de los laicos no dejará de ser más que una bella teoría de la eclesiología postconciliar. En los proyectos pastorales hay sin duda muchas acciones en las que pueden y deben participar los laicos, pero incluso en las celebraciones litúrgicas, hay multitud de posibilidades para que todos puedan participar sin necesidad de que los laicos invadan funciones que no les corresponden.

6)     Promover la participación en los organismos colegiales, prevista en el Derecho o en el ordenamiento actual de la Iglesia (Consejos pastorales, Consejos de economía, Consejos escolares etc.), facilitando una participación plena desde un funcionamiento de verdadera comunión fraterna. Esto será posible si los proyectos, las decisiones o las dificultades son realmente compartidas; si se logra que todos tomen parte, asuman responsabilidades, se sientan verdaderos protagonistas de la comunidad eclesial y de sus proyectos evangelizadores. Pero aparte de los organismos más oficiales a nivel diocesano o parroquial, hay otras posibilidades de participación de los laicos, p.e. en el trabajo y misión que llevan muchos religiosos en obras educativas, asistenciales, instituciones de sanidad, proyectos de pastoral, obras en el campo de la marginación etc; la presencia activa de los laicos en todo este tipo de organismos u obras, puede ser una forma muy importante de expresar y vivir la comunión eclesial.

7)     Crear y promover plataformas de diálogo en orden a favorecer la comunión e integración plena. “Todos los miembros del pueblo de Dios son a la vez  objeto y sujeto de la comunión de la Iglesia y de la participación en la misión de salvación... En la Iglesia-comunión los estados de vida están de tal modo relacionados entre sí que están ordenados el uno al otro” (ChL, 55). El diálogo es una forma esencial de vivir y expresar la comunión: El diálogo es necesario para que la Iglesia sea y se manifieste como una auténtica comunidad y no como un simple agregado de personas” (A. Baruffo, Laico, Nuevo diccionario de espiritualidad, Madrid 1983, 807). Donde hay diálogo hay comunión, participación, reconocimiento de la dignidad propia; donde falta el diálogo se debilita o muere la comunión. Pero el diálogo es además el medio más humano y eficaz para solucionar dificultades, clarificar malentendidos, descubrir nuevos caminos, abrir nuevas posibilidades que fortalezcan y acrecienten la comunión eclesial y la integración plena de todos en la comunidad cristiana. Por eso, podemos decir que el diálogo sigue siendo el medio más eficaz para avanzar en la comunión: “El diálogo es sinduda el nuevo nombre de la caridad” (VC, 74) y de la comunión eclesial.

8)     Abrirnos a nuevas formas de participación y comunión. Esta apertura debemos entenderla y vivirla desde la presencia y acción del Espíritu en la Iglesia. El es quien anima todo el cuerpo de la Iglesia, quien reparte los dones y carismas, quien crea la comunión eclesial, quien da siempre nuevos impulsos de vida y quien conduce la Iglesia hacia el futuro; El sopla donde quiere y como quiere. Por eso, abrirnos a nuevas formas, acoger nuevas iniciativas o propiciar la creatividad, es sencillamente permanecer abiertos al Espíritu, no cerrar nuestras puertas a su acción, reconocer que El es “Señor y dador de vida”. La comunión y la misión de la Iglesia no se acreditan ni se realizan cerrando puertas, levantando vallas, estableciendo límites, sino abriéndonos a  la acción creadora y transformadora del Espíritu divino, que sigue actuando en la Iglesia y que sigue inspirando nuevas formas de vida y comunión, de colaboración y acción evangelizadora.

Laurentino Novoa Pascual CP.