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AGUA, VIDA Y SACRAMENTOS

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El agua es un elemento esencial para la vida, algo que se nos regala y que es consustancial con la vida misma y, por eso, tiene una cierta connotación “sagrada”, como la misma vida. La vida es algo sagrado porque se nos ha dado, porque no depende en definitiva de nosotros y sólo Dios es dueño absoluto de la vida. También el agua es algo sagrado, porque es un don del cielo, que se nos regala gratuitamente, porque sin agua no es posible la vida y porque tampoco nosotros somos dueños del agua.

Los sacramentos son signos sagrados para el ser humano religioso, experiencias básicas y profundas, que tienen que ver con la vida misma y con Dios, dueño, señor y dador de vida. En los sacramentos se integra lo humano y lo divino, la naturaleza y la gracia, la experiencia natural y la experiencia espiritual. Por eso, hablar de sacramentos es hablar del Dios de la vida.

 

1.    Naturaleza, experiencia humana y sacramentos

El hombre es un ser corpóreo-espiritual, materia y espíritu, o en expresión de K. Rahner,  “espíritu encarnado”. Quizá por eso mismo, el ser humano necesita símbolos, genera símbolos  y él mismo es un ser simbólico, en el que se unen y se dan cita lo masculino y lo femenino,  lo visible y lo invisible, lo terrestre y lo celeste, los sentidos y la conciencia, la realidad y los sueños. Por esto mismo también, el ser humano necesita en su relación con los demás y con Dios sacramentos, signos humanos y sagrados, expresiones simbólicas, que correspondan a su ser corpóreo-espiritual, entendiendo el sacramento como “signo visible de la gracia invisible” (San Agustín) o, según la formulación medieval,  “invisibilis gratiae visibilis forma”. Sacramentos en este sentido existen, de una u otra forma, en todas las culturas y en todas las religiones. Podemos incluso decir que la vida está llena de “sacramentos”: La estructura humana, en cuanto humana, es sacramental; toda religión, cristiana o pagana, posee una estructura sacramental; la historia de la salvación, que va desde Adán hasta el último de los elegidos, es toda ella sacramental; Jesucristo es, por excelencia, el Sacramento primordial de Dios y a la Iglesia la consideramos “sacramento universal de salvación”  (Vaticano II) (1).

El sacramento nace de la misma vida y es expresión de la vida; nace de la vida y conduce a la vida;  la misma vida se convierte en la materia prima de los sacramentos. Por eso, en los sacramentos cristianos se unen el cosmos y la historia, la naturaleza y la gracia, la vida humana y la vida divina, la experiencia humana y el mensaje de salvación que nos deja el misterio de Cristo (2).

Hablar de sacramentos en la experiencia religiosa, es hablar de la comunión de lo divino y lo humano a partir de la vida misma, comprender la armonía y la correspondencia entre los anhelos más profundos del corazón humano y el proyecto de salvación que Dios nos ha manifestado  en lo que llamamos historia de la salvación que culmina en Jesucristo. Por eso, la teología católica enseña que Cristo es el “Sacramento primordial” (Sacramentum coniunctum), o el “sacramento del encuentro del hombre con Dios” (E. Schillebeeckx), precisamente porque en él se unen consustancialmente lo divino y lo humano, el ser de Dios y el ser del hombre, en una comunión perfecta y todos los demás sacramentos cristianos derivan de El. Santo Tomás de Aquino venía a decir que en los siete sacramentos de la Iglesia había una admirable correspondencia entre la vida humana y la vida divina, entre el proceso biológico de la vida humana (nacimiento, crecimiento, madurez, plenitud) con el proceso de la vida de la gracia o vida divina en el hombre (bautismo, confirmación, comunión, unción).

Los sacramentos de nuestra fe brotan pues de los momentos decisivos de la existencia humana, momentos fundamentales de la vida, experiencias biológicas y espirituales decisivas, que se convierten en “hendiduras” (F. Schleiermacher), a través de las cuales se percibe lo eterno. Los sacramentos nos enseñan que, a través de lo biológico, llegamos a lo espiritual y que Dios se relaciona con los hombres de forma humana; nos enseñan que se da un ocultamiento de lo divino en lo humano, de tal forma que podemos decir que “el fenómeno humano” se convierte en “el medio divino”, en expresión de Teilhard de Chardin. “Las primitivas formas sacramentales no se ligan a hechos específicamente espirituales y religiosos, sino a la poetización de lo biológico, que pertenece al hombre, pero que permite al mismo tiempo, la visión de lo espiritual y lo eterno” (3).

Es, por tanto, a través de la vida que se nos manifiesta en la naturaleza, como podemos descubrir y llegar a la vida sobrenatural; según rezaba el adagio clásico, la gracia no destruye la naturaleza, sino que la consolida y la perfecciona. En los sacramentos se da pues un misterio de comunión del cosmos y la historia, la naturaleza y la gracia, lo humano y lo divino, del hombre y Dios.

Por eso los sacramentos cristianos nacen a partir de las experiencias humanas esenciales (nacer, crecer, alimentarse, enfermar, sanar, reconciliarse, casarse, consagrarse al servicio de la comunidad). En su celebración ritual usamos elementos naturales básicos, de un significado profundo y sustancial: el agua, el pan, el aceite; y empleamos también los gestos humanos más expresivos de humanidad como acoger, bendecir, celebrar… Se trata, por tanto, de experiencias, elementos y gestos de vida que hablan por sí mismos y transparentan la dimensión transcendente y espiritual de la realidad; en ellos y a través de ellos Dios nos comunica y regala la salvación realizada en Cristo.

Agua, pan, vino y aceite son elementos naturales simples, genuinos y sustanciales, contenedores y expresivos de la vida, la dignidad, la esperanza y la bendición del cielo. Son también símbolos sugerentes de los anhelos, las aspiraciones y la esperanza de una vida en plenitud, que se nos regala y que al mismo tiempo hemos de acoger y construir.

 

2.    Agua, cultura y religión

Uno de los elementos naturales de los sacramentos cristianos es el agua y el agua tiene un enraizamiento esencial con la vida, la cultura y la religión. Para el pensamiento antiguo, el agua era uno de los cuatro elementos constitutivos de la realidad cósmica e inmanente: aire, agua, tierra y fuego. Por eso, el agua es parte principal y principio vital en todas las culturas y todas las religiones. El agua se ha considerado incluso como principio vital, generador y constitutivo de todas las cosas, la “madre de todos los seres” (4). En la cultura asiática el agua es considerada como materia prima de todos los seres: “Todo es agua”, dicen los textos hindúes; “el huevo del mundo se incuba en la superficie de las aguas” (5).

En la Biblia el agua aparece también como elemento primigenio de toda la creación, de tal forma que en el principio “el espíritu aleteaba sobre las aguas” (Gn 1,2), de donde hizo que surgiese y se diversificase de forma ordenada y progresiva la vida en todas sus formas. El término hebreo para el agua,  Men, viene a significar también madre y matriz, fuente de todas las cosas.

El agua es pues en muchas culturas como la materia prima, principio generador o matriz de donde surge todo lo que tiene vida. El agua es esencial para la vida, “significa la plenitud de las virtualidades y el punto de partida de las posibilidades de la existencia” (6).

El agua hace posible la vida en todas sus modalidades y sin el agua no es posible la vida. De ahí la connotación sagrada y la admiración  reverencial del hombre de todas las culturas e incluso el culto que se ha dado en muchas formas religiosas a los ríos, las fuentes, los lagos, las aguas termales etc. (7). Los nueve primeros meses de nuestra existencia transcurrieron inmersos en el agua dentro del seno materno; dos terceras partes del cuerpo humano es agua; necesitamos el agua para saciar la sed, para lavarnos y refrescarnos, para preparar los alimentos… El agua está vinculada esencialmente a la vida cotidiana y a nuestra posibilidad de supervivencia como seres humanos.

Cuando se vive en el desierto o en lugares áridos, se aprende a valorar la necesidad del agua para la vida. A. Saint-Exupéry, desde su experiencia de vida en el desierto, lo comprendió muy bien y lo plasmó en un hermoso texto de canto y admiración al agua: “Agua, no tienes sabor, ni color, ni aroma. No se te puede describir. Se gusta de ti, sin conocerte. Ocurre que se te necesita para la vida; tú misma eres vida. Nos penetras como solaz, cuya exquisitez ninguno de nuestros sentidos es capaz de expresar. A través de ti recobramos las fuerzas, que habíamos perdido. Gracias a ti  fluyen de nuevo en nosotros todos los manantiales agostados del alma. Eres el tesoro más precioso de la tierra. Eres también el futo más exquisito que brota limpio de las entrañas de la tierra. ¡Eres una humilde deidad! Pero nos regalas una felicidad indescriptiblemente simple y grande” (8). San Francisco de Asís, con sensibilidad lírica y alma mística, ve el agua en “Il cantico del sole”, como “hermana agua, que es preciosa en su candor, útil, humilde y casta” (9). Y el poeta Amado Nervo describe las lecciones que el agua nos da para ser dichosos: “¿Pretendes ser dichoso? Pues bien: Sé como el agua, llena de oblación y heroísmo, sangre en el cáliz, gracia de Dios en el bautismo… Sé como el agua; viste cantando el traje de que el Señor te viste, y no estés triste nunca, que es pecado estar triste. Deja que en ti se cumplan los fines de la vida” (10).

En razón de sus múltiples virtualidades y su vinculación esencial con la vida, el agua juega un papel fundamental en todas las religiones. Mircea Eliade destaca la importancia que tienen los “ritos acuáticos” en la mayoría de las religiones, que unas veces tienen como finalidad la purificación, otras la regeneración de la vida y otras el nacimiento de una vida nueva. En muchas religiones nos encontramos con las “aguas primordiales” en el origen de la vida, con diluvios purificadores que desintegran el mal y lavan los pecados, abluciones, aspersiones, inmersiones etc.

En la Sagrada Escritura se da al agua una importancia muy grande, no sólo por la ubicación geográfica donde se ha desarrollado la historia del pueblo de Dios, Oriente Medio y Palestina, lugares en los que el agua es un bien escaso y deseado, sino por el mismo significado que se da al agua  en la experiencia religiosa. En cerca de 600 pasajes bíblicos aparece el agua con un profundo significado; desde las aguas de la creación y el río de los cuatro brazos que regaba el paraíso terrenal (Gn 2, 10-14), hasta el libro del Apocalipsis, en el que se nos dice que los elegidos serán conducidos por el Cordero hacia “las fuentes de agua viva” (Apoc 7, 17), pasando por la conciencia de la necesidad del agua como producto básico para la vida cotidiana, como constata el libro del Eclesiástico: “Lo esencial para vivir es agua, pan, vestido y una casa para cobijarse” (Eclo 29, 31).

En definitiva, el agua forma parte de la vida, es vida y, por eso, es valorado en todas las culturas y religiones como elemento sustancial con infinidad de propiedades y cualidades, de las que dependen la vida, el bienestar y la felicidad del hombre. No es de extrañar que se esté tomando una conciencia progresiva de lo que supone el agua para la supervivencia y para el futuro de la humanidad, y que se considere el agua no sólo como una fuente de riqueza para los pueblos, sino como un bien imprescindible para la supervivencia y para la calidad de vida del ser humano.

 

3.    Significado simbólico del agua

El símbolo (sym-ballein) viene a significar aquello que une, congrega y reúne. Por el contrario, diablo (dia-ballein) es todo aquello que divide, disgrega y crea división. Todo símbolo vincula y relaciona,  de una u otra forma,  el mundo visible y el invisible, lo humano y lo divino, lo material y lo espiritual. Los símbolos están tomados de la naturaleza, de la vida y de la experiencia, donde se manifiesta una comunión de la inmanencia y la trascendencia. El símbolo sobrepasa la fuerza expresiva del signo, puesto que no es sólo la unión de un significante (visible) y un significado (invisible), sino que incluye más significados y es capaz de sugerir más allá del significado inmediato. Por eso, los símbolos, o el lenguaje simbólico es el más adecuado y, a veces, el único posible para expresar las experiencias más hondas y valiosas de la vida humana, como pueden ser el amor, la verdad, la justicia, la libertad, la amistad, la vida o la experiencia de Dios.

Precisamente por ser el agua uno de los elementos primordiales de la realidad cósmica y con infinidad de propiedades, es también uno de los elementos que encontramos con más frecuencia en las culturas y religiones con mayor capacidad de significación simbólica. En el fondo de toda la simbolización del agua, se encuentran la vida y la muerte, pues “las aguas representan la infinidad de lo posible, contienen todo lo virtual, el germen de los gérmenes, pero también todas las amenazas de reabsorción” (11). El agua es vida, elemento que contiene la vida, hace germinar la vida, alimenta la vida; pero el agua tiene también capacidad de destrucción, es lugar donde se ahoga la vida, donde habita el Leviatán, el monstruo marino, símbolo de la muerte. Emerger del agua purificado de toda inmundicia es símbolo de nueva vida: “La inmersión equivale en el plano humano a la muerte y en el plano cósmico, a la catástrofe (diluvio) que disuelve periódicamente al mundo en el océano primordial. Por desintegrar toda forma y abolir toda la historia, poseen las aguas esa virtud de purificación, de regeneración y de renacimiento; todo lo que se sumerge ‘muere’, y sale de las aguas como un niño sin pecado y sin ‘historia’, apto para recibir una nueva revelación y comenzar una nueva vida ‘limpia’” (12).

Estos dos aspectos contenidos en la virtualidad simbólica del agua, nos recuerdan que vida y muerte se tocan, se implican e imbrican mutuamente; toda vida nueva supone un proceso de muerte; y la muerte tiene únicamente sentido desde la vida. En los mitos aparece ese doble significado del agua: fertilidad y vida, amenaza y muerte; nos recuerda que vida y muerte son vecinas, el agua da la vida y el agua engulle la vida, el agua salva y sana, y el agua destruye, el agua hace surgir el principio y el fin (13).

A partir de esta doble dimensión o significación simbólica, los tres aspectos dominantes serían: 1) el agua fuente de vida, 2) el agua medio de purificación y 3) el agua centro de regeneración. Los tres se encuentran en casi todas las tradiciones culturales y religiosas y forman las combinaciones más variadas.

El agua apaga la sed y evoca el deseo de Dios como única fuente capaz de saciar el deseo de vida y de felicidad para siempre: “Como busca la cierva corrientes de agua, así, Dios mío, te busca todo mi ser. Tengo sed de Dios, del Dios vivo” (Sal 42, 2ss.). El agua es signo de la bendición del cielo y del mismo Dios, que es comparado por el profeta Oseas como “lluvia de primavera” (Os 6, 3). Por eso el justo es visto en la Biblia como “árbol plantado al borde de las aguas, del arroyo” (Sal 1; Jer 17,8; Ez 19, 10). El agua también es signo de la sabiduría y por eso el sabio es semejante a un pozo y a una fuente (Prov 20, 5; Ecl 21, 13); en cambio, el hombre privado de sabiduría es comparado a un vaso roto que deja escapar el conocimiento (Ecl 21, 14).

La relación del agua con la purificación, la regeneración y la vida nueva, hace que sea también símbolo del Espíritu divino, al que confesamos en el credo cristiano como “señor y dador de vida”, pero también de la vida espiritual, del “agua viva”, capaz de saciar  las apetencias más hondas del corazón humano (cf. Jn 4, 25). Santa Teresa veía en la experiencia de la unión con Dios a través de la oración y la contemplación como un descubrimiento y una acogida de esta agua viva anunciada por Cristo (14).

 

4.    Uso religioso del agua

Prácticamente todas las religiones tienen algún uso del agua en sentido ritual; desde las grandes religiones orientales, que ven en el agua el origen de todo lo que existe, pasando por las religiones naturales de tipo cosmo-biológico, donde el agua es transmisor y expresión de vida, o el Islam que considera el agua que cae del cielo como signo divino y el mismo hombre ha sido creado de un agua fluente, hasta la tradición bíblica donde el agua es criatura y don de Dios y,  al mismo tiempo, está presente en toda la creación como elemento constituyente de la vida.

En los ritos religiosos el agua es elemento purificador, empleado en forma de abluciones y baños sagrados, pero también con otros muchos significados, que tienen que ver con la regeneración, la fecundación y la expresión de la vida. Todos los escritos sagrados destacan el significado y la vinculación sagrada del agua, así como su relación con la vida, pero en algunos escritos tiene una presencia y significación simbólica particularmente  relevante como, por ejemplo, en el evangelio de San Juan, donde aparecen, al menos 45 pasajes donde el agua  tiene un profundo significado:  de conversión (bautismo de Juan), de purificación (tinajas de las bodas de Caná en Jn 2, 6), de vida y salvación (la Samaritana en Jn 4, 1-14), del Espíritu (fiesta de los Tabernáculos en Jn 7, 37-39), de servicio (lavatorio de los pies en Jn 13, 4-15), de esperanza y sanación (Piscina de Siloé en Jn 5, 1-11), de nacimiento para la nueva vida (pasaje de Nicodemo en Jn 3, 5), del Espíritu y la Iglesia (agua brotada del costado de Cristo muerto en la cruz, en Jn 19, 34), del trabajo y la acción transformadora de la gracia (pesca en el lago de Tiberiades en Jn 21, 4-8).

Los hindúes se bañan en el río Ganges, río sagrado que nace en el Himalaya, para purificarse y regenerar el espíritu devolviéndole su estado primigenio. Los antiguos egipcios se purificaban también en las aguas sagradas del Nilo. En la religión judía el agua se empleaba para purificarse de la impureza ritual que impedía la relación con Dios. En el cristianismo ha tenido y tiene el agua también un uso religioso y sacramental; está el agua bautismal, el agua bendita y el agua de la pascua. El agua bendita es considerada como un “sacramental”, es decir, un signo sagrado que significa y expresa experiencias espirituales profundas. El agua bendita mezclada con sal, era un sacramental purificador y protector, usada en la antigüedad (siglos IV y V) para purificar templos y lugares paganos (15). El agua bendita tiene diversos usos; se emplea a la entrada del templo para santiguarse recordando el bautismo, por el que nacemos a la nueva vida “por el agua y el Espíritu”; como aspersión al iniciar la eucaristía, especialmente en tiempo pascual, para expresar la purificación de los pecados y recordar que somos nuevo pueblo de Dios, liberado del pecado por el misterio del bautismo; se emplea en la consagración de una iglesia o un altar, en las bendiciones litúrgicas y en los sacramentos.

El uso del agua bendita para el cristiano tiene como finalidad recordar y renovar el bautismo en su más profundo significado; se trata de hacer presente el “baño regenerador” y renovador” (Tit 3,5), por el que se lleva a cabo en nosotros el misterio del “nuevo nacimiento” (Jn 3, 5) y de la “nueva creación” (Gal 6,15; 2Cor 5,17). El empleo del agua bendita ha tenido también otras interpretaciones más genéricas, en la línea de la experiencia religiosa en general: “Significa que todo aquí abajo está manchado y tiene necesidad de purificación; que el hombre, rey del mundo, caído por su pecado, tiene más que ninguna otra criatura necesidad de purificarse; que esta purificación viene de lo alto; que sólo Dios puede producirla y que no tiene lugar sino por la eficacia de la sangre de Cristo derramada sobre la tierra para reconciliarla con el cielo” (16).

Las diversas religiones han hecho y hacen un uso abundante del agua con aplicaciones e interpretaciones bastante similares en torno al doble significado de muerte y vida. En casi todas se da una cierta convergencia, como dice M. Eliade, intentando sintetizar el uso del agua en las religiones: “Cualquiera que sea el conjunto religioso en que se presenten, la función de las aguas es siempre la misma: la de desintegrar, abolir las formas, lavar los pecados, purificando y regenerando al mismo tiempo. Su destino es preceder a la creación y reabsorberla, sin poder salir nunca de su propia modalidad, es decir, sin poder manifestarse en formas… La finalidad de las lustraciones y purificaciones rituales con aguas es actualizar en un instante “aquel tiempo” (in illo tempore), en que tuvo lugar la creación; son una repetición simbólica del nacimiento de los mundos o del ‘hombre nuevo’” (17).

Este marcado y abundante uso religioso del agua, recuerda, por lo demás, que el agua es algo tan esencial y vinculado a la vida, que tiene en sí mismo un carácter sagrado; reconocerlo y respetarlo será siempre una verdadera bendición para el hombre.

 

5.    Bautismo cristiano: nacidos del agua y del Espíritu

Las múltiples virtualidades y el simbolismo tan profundo y espontaneo del agua en todas las culturas y religiones, para expresar experiencias de purificación, del perdón de los pecados y de renovación, justifica su empleo en el bautismo cristiano, sacramento de regeneración y de nueva vida. La referencia más inmediata que pudo influir en el rito del bautismo cristiano pudo ser el uso que se hacía en el judaísmo tardío de las lustraciones para incorporar a los prosélitos al pueblo de Dios y, sobre todo, el bautismo de Juan en el Jordán como bautismo de purificación y conversión. Pero el mismo uso del agua como elemento esencial de la vida, que quita la sed, lava, limpia, cura y hace posible la vida; así como su profunda significación simbólica a lo largo de toda la historia de la salvación, justificaba el uso del agua como materia del sacramento del bautismo.

San Cirilo de Jerusalén, en sus maravillosas Catequesis Mistagógicas, explica ampliamente esta relación del agua con el bautismo a partir de la Sagrada Escritura: “Si quieres saber porqué es por medio del agua y no de otro elemento, como se da la gracia, lo descubrirás leyendo la Escritura. Gran cosa es el agua, el más hermoso de los cuatro elementos sensibles del cosmos. El cielo es la morada de los ángeles, y los cielos están hechos de agua; la tierra es la patria de los hombres y también la tierra surgió de las aguas. El agua es el principio del cosmos; el Jordán del Evangelio” (18).

En los orígenes del cristianismo, el agua que se empleaba para el bautismo, era agua corriente, como vemos en el pasaje de los Hechos de los Apóstoles en el que Felipe bautiza al eunuco de la reina de Candace: “Llegaron a un sitio donde había agua. El eunuco dijo: ‘Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado?’ Y mandó detener el carro. Bajaron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y lo bautizó” (Hech 8, 36-38). En la Didaché aún no se determina nada especial sobre el agua bautismal. Pero, ya a partir del siglo II, como vemos en el testimonio de Clemente de Alejandría e Ireneo de Lyon, el agua del bautismo se consagra en la noche pascual, añadiendo así nuevas virtualidades y una más profunda significación salvífica.

La fórmula antigua de consagración del agua bautismal tenía una gran riqueza simbólica. El sacerdote vertía agua hacia los cuatro puntos cardinales en recuerdo de los cuatro ríos que brotaban en el paraíso terrenal y para significar además que todas las naciones son llamadas a la gracia de este sacramento; luego se hacía la señal de la cruz para manifestar que las aguas bautismales toman su virtud de la muerte de Cristo, que nos entregó su vida clavado en la cruz; después sumergía por tres veces el cirio pascual encendido, que simbolizaba el poder fecundante del Espíritu Santo; derramaba sobre el agua cera derretida del mismo cirio para santificarla y, por último, la consagraba mezclándola con el óleo de los catecúmenos y con el santo crisma (19).

La actual fórmula de bendición del agua bautismal en la liturgia de la vigilia pascual destaca, sobre todo, el significado salvífico del agua a lo largo de toda la historia de la salvación, desde el agua de la creación hasta el agua brotada del costado de Cristo muerto en la cruz. Se reducen los gestos simbólicos; se conserva la introducción del cirio pascual en la fuente bautismal, aunque como rito opcional.

Tertuliano recuerda también en su tratado De baptismo que el  agua es el elemento  más adecuado para expresar el bautismo cristiano, pues aparece desde el origen como una materia perfecta, fecunda y simple, totalmente transparente; posee por si misma una virtud purificadora y vivificadora . Por eso, inicia su tratado sobre el bautismo con las palabras: “Misterio del agua nuestra que nos traes fortuna” (20).

El agua es el elemento más adecuado para expresar, celebrar y simbolizar el bautismo cristiano, puesto que el bautismo es una experiencia pascual de muerte y de nueva vida: muerte al hombre viejo de pecado y nueva vida de la gracia por la fe en Cristo; es un misterio de purificación y regeneración interior; es un misterio de iniciación en la vida sobrenatural y de incorporación a la comunidad de la Iglesia. Y todo ello queda admirablemente significado a través del agua y de la acción del Espíritu, al que el agua también simboliza. Por eso, el bautismo es la experiencia maravillosa del “nuevo nacimiento” en el agua y en el Espíritu. Lo que pretendía ser simbolizado en los ritos religiosos de las abluciones, en los bautismos helenísticos con un sentido ritual mágico, o en los bautismos de los prosélitos en el judaísmo, el cristiano lo vive desde la fe en Cristo y en su misterio pascual.

 

6.    Simbolización bautismal en la Patrística

El sentido simbólico del agua para expresar y significar el misterio del bautismo estaba expresado con mucha más fuerza y viveza en el rito bautismal de la Iglesia antigua, cuando el bautismo tenía lugar en la noche de la Pascua,  por inmersión en una piscina de agua corriente, donde aparecía con mayor claridad el misterio de la muerte y la nueva vida, el morir y ser sepultado con Cristo, para resucitar con El a una vida nueva (cf. Rom 6,1-11).

En la literatura patrística encontramos una catequesis muy abundante sobre el sentido simbólico del agua desde la perspectiva de la Sagrada Escritura. El ya citado San Cirilo de Jerusalén presenta la bajada a la piscina bautismal como una bajada a las aguas de la muerte; el rito del bautismo está constituido esencialmente por la inmersión y la emersión acompañadas de la invocación a la Trinidad Santa. La inmersión simboliza la purificación del pecado (catarsis) y la muerte del hombre viejo; la emersión simboliza la comunicación del Espíritu Santo que otorga la filiación adoptiva y hace del bautizado una nueva criatura: “Fuisteis llevados a la santa piscina del divino bautismo igual que Cristo fue bajado de la cruz y puesto en el sepulcro de antemano” (21). Por eso, las aguas del bautismo son “sepulcro y madre”, muerte y vida. Escribe Dídimo el Ciego al respecto: “La piscina bautismal es el seno materno donde son engendrados los hijos de Dios. Permaneciendo virgen, la piscina viene a ser madre de todos en virtud del Espíritu Santo” (22). Más tarde, la pila bautismal será considerada como “la tumba de la vida corruptible y a la vez seno materno de la nueva vida de la Ogdóada del cielo; es seno materno y tumba a la vez” (23).

En las Constituciones Apostólicas se dice, al bendecir las aguas bautismales: “Santifica esta agua para que quienes son bautizados, sean crucificados con Cristo, mueran con él, sean sepultados con él y con él resuciten” (VII, 43).

Tres temas se repiten permanentemente en las catequesis bautismales de la literatura patrística: las aguas primordiales de la creación, el diluvio y el paso del Mar Rojo. A partir de estos pasajes bíblicos, se concibe el agua como principio de destrucción, instrumento de juicio y principio de creación.

En la analogía con las aguas primordiales y las aguas bautismales se manifiesta el paralelismo entre la primera y la segunda creación: “El agua primitiva engendró vida para que nadie se maraville de que en el bautismo las aguas sean capaces de vivificar”, dice Tertuliano. Y así como  la creación se realiza por la acción del Espíritu divino sobre las aguas, así también la acción del Espíritu Santo sobre las aguas del bautismo realiza la obra maravillosa de la nueva creación: “Igual que el Espíritu Santo volando sobre las aguas primitivas, hizo surgir la creación primera, así el mismo Espíritu, volando sobre las aguas del Jordán, hizo surgir la segunda creación, a la cual nace el bautizado en las aguas consagradas por la epíclesis” (24). “Has visto el agua. Pero el agua no cura, si no desciende el Espíritu y la consagra” (25). Tertuliano, haciendo un juego de palabras, dice que así como los peces sólo viven en las aguas, así los nuevos bautizados (pisciculi), sólo pueden vivir la nueva vida del ‘Ichthys” (Pez) (26); escribe en su tratado De baptismo: “El agua bautismal engendra pisciculi, igual que las aguas primitivas engendraron a los peces … Nosotros somos pececillos según el ‘Ichthys’, Jesucristo, en quien nacemos y no vivimos sino permaneciendo en el agua” (27).

El diluvio es interpretado en la primera carta de Pedro (3, 19-21) como símbolo o tipo del bautismo cristiano, puesto que representa,  a través del agua destructora,  el fin de un mundo viejo y el comienzo de un mundo nuevo purificado. Por eso se relaciona también el diluvio con la muerte y resurrección de Cristo: “En el bautismo es destruido el hombre viejo por medio del sacramento del agua y el que sube de la piscina pertenece a la nueva creación. Entre el diluvio y el bautismo hay que situar el descendimiento de Cristo a los infiernos, donde tiene lugar la realización sustancial del misterio del Diluvio” (28). Dídimo de Alejandría añade al respecto: “El diluvio que purificó al mundo de la antigua iniquidad, encerraba la profecía de la purificación de los pecados mediante la piscina sagrada” (29). Por lo tanto, los Padres establecen una relación tipológica de profundo significado teológico entre el diluvio, el descendimiento de Cristo a los infiernos y el bautismo cristiano; así como también una relación entre el número ocho (ocho personas que se salvan) y el “octavo día” (Ogdóada) o día de la salvación; y también de la paloma del arca con la presencia del Espíritu en el agua: “Al octavo día resucitó el Señor; en un día de pascua, en el octavo día de la liturgia, Cristo fue bautizado. Es el mismo día en que el Espíritu se derrama sobre las aguas. El bautismo es el renacer a la vida eterna, el tránsito a lo incorruptible y a la paz que expresa el símbolo de la Ogdóada, es la antítesis del nacimiento terreno” (30). San Cirilo de Jerusalén,  en sus Catequesis Mistagógicas, desarrolla también esta relación cuando escribe: “Algunos dicen que así como en tiempos de Noé vino la salvación por la madera y el agua, y tuvo lugar el comienzo de una nueva creación, así el Espíritu Santo descendió sobre el nuevo Noé, autor de la nueva creación,  cuando la paloma espiritual descendió sobre él en el bautismo, para mostrar que es Él quien por el madero de la cruz proporcionó la salvación a los creyentes” (31).

Los Padres relacionan también el arca con la Iglesia y con el madero de la cruz, de tal forma que así como por medio del arca se salvaron las ocho personas llamadas a la salvación,  los llamados por el bautismo también llegan a la salvación por medio del madero de la cruz.. Tertuliano dice al respecto que quien no entra en el arca, no pertenece a la Iglesia y, por lo tanto, no puede conseguir la salvación: “Qui in arca non fuit, in Ecclesia non sit” (32). Pero será únicamente el madero de la cruz el que dará verdadera eficacia salvadora al agua bautismal: “¿Qué es el agua sin la cruz de Cristo? Un elemento banal”, dirá San Ambrosio. Con el signo de la cruz se consagra el agua bautismal. San Ignacio de Antioquía recuerda que “Jesús fue bautizado para purificar el agua con su pasión”. El bautismo del Jordán simboliza lo que se hará realidad en la cruz y por medio de la cruz, para que todo el que se bautice en el nombre de Jesús, reciba la salvación y la nueva vida por medio de la cruz. Sólo por la fuerza vivificadora de la cruz se fecunda el seno materno de la Iglesia para engendrar la nueva vida de la fe. Por eso, la pila bautismal se interpretó simbólicamente como tumba de la vida corruptible y seno materno de la nueva vida (33).

San Juan Crisóstomo, en el comentario del pasaje sobre la resurrección de Lázaro, resume toda esa significación simbólica del diluvio aplicado al bautismo: “El relato del diluvio es un sacramento (mysterion) y sus detalles, una figura (typos) de las cosas venideras. El arca es la Iglesia; Noé, Cristo; la paloma, el Espíritu Santo; el ramo de olivo, el amor de Dios a los hombres. Igual que el arca protegía en medio del mar, a los que estaban dentro de ella, así la Iglesia salva a los extraviados. Pero el arca se limitaba a proteger; la Iglesia hace más. Por ejemplo, el arca recibía bestias irracionales y las conservaba irracionales; la Iglesia recibe hombres son logos y no se limita a conservarlos, sino que los transforma” (34).

Otra de las figuras bautismales más frecuentes, comentadas en la literatura patrística, es el paso del Mar Rojo, a la cual  hace referencia San Pablo en la primera carta a los Corintios (10, 1-5). La relación y aplicación simbólica al misterio del bautismo es clara. Así como el agua del Mar Rojo supuso la muerte para los opresores y la salvación para los oprimidos y, por tanto, un “paso” de la esclavitud a la libertad, así en las aguas del bautismo se realiza la muerte del hombre viejo de pecado y el inicio de una nueva vida para los llamados; se realiza pues también el “paso” de la esclavitud del pecado a la libertad de los hijos de Dios. Así lo ve también Tertuliano en su tratado sobre el bautismo: “Cuando el pueblo abandonó libremente Egipto y escapó del poder del rey pasando a través de las aguas, éstas exterminaron al rey y a todo su ejército. ¿Podría imaginarse figura más clara del bautismo? Las naciones son liberadas del mundo, y esto en virtud del agua, y dejan al diablo, que antes las tiranizaba, aniquilado en el agua” (35). Dídimo el Ciego hace esta misma aplicación del paso del Mar Rojo al bautismo en su tratado De Trinitate: “También el Mar Rojo al recibir a los israelitas que no dudaron y librarlos de los males de que eran objeto por parte de los egipcios, es tipo de la salvación operada por el bautismo. Egipto era, en efecto, figura del mundo, donde labramos nuestra propia desgracia con nuestra mala conducta; el pueblo simboliza a los que ahora son iluminados (bautizados); las aguas, que son para el pueblo un medio de salvación, designaban el bautismo; el Faraón y sus soldados representan a Satán y sus satélites” (36). De forma semejante, Gregorio de Nisa, ve el paso del Mar Rojo como una profecía del sacramento del bautismo: “En efecto, también el pueblo, cuando se acercaba ahora al agua de la regeneración huyendo de Egipto, que es el pecado, queda libre y salvo, mientras que el diablo y sus esbirros, los espíritus del mal, son aniquilados” (37). Y San Basilio resalta la trascendencia de este acontecimiento para Israel y del bautismo para la Iglesia: “Si Israel no hubiera pasado el mar, no habría escapado del poder del Faraón; lo mismo tu, si no pasas por el agua, no escaparás de la cruel tiranía del demonio” (38).

La vinculación que San Pablo hace del paso del mar y la columna de nube que acompañaba al pueblo en el peregrinar por el desierto, es interpretada por los Padres como la unión del agua y del Espíritu Santo, que son los dos elementos esenciales del bautismo. Así lo explica Orígenes en sus Homilías sobre el Éxodo: “Lo que para los judíos es el paso del mar, San Pablo lo llama bautismo. Lo que para ellos es una nube, San Pablo afirma que es el Espíritu Santo… pues quien no renace del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de los cielos” (39).  San Ambrosio en su tratado  De sacramentis, destaca igualmente la importancia de la unión de estos dos elementos señalados por San Pablo: “La columna de nube es el Espíritu Santo. El pueblo estaba en el mar y la columna de luz le precedía; luego la columna de nube le seguía, como la sombra del Espíritu Santo. Como ves, en el Espíritu Santo y el agua aparece manifiesta la figura del bautismo” (40).

El paralelismo del Éxodo y del bautismo refleja la obra maravillosa de Dios a favor de su pueblo cautivo por las fuerzas del mal y sigue teniendo una significación comprensible para el hombre de hoy. La figura de Moisés juega también un papel importante con referencia al bautismo, pues Moisés, nacido de las aguas, salva a su pueblo a través de las aguas, hace brotar el agua para su pueblo en la travesía del desierto, y es figura de Cristo (41).

 

7.    El agua en la eucaristía

Aunque los elementos esenciales de la eucaristía son pan y vino, también el agua está presente y tiene su significación, no sólo como elemento de purificación exterior e interior en el Lavabo después de la presentación de ofrendas (OGMR, 52), sino también como elemento que se mezcla con el vino para ser ofrecido y transformado en la sangre de Cristo.

El rito de mezclar agua y vino en la eucaristía aparece ya en el siglo II en el testimonio de San Justino sobre la celebración eucarística y en San Ireneo, en su obra Adversus haereses. Este uso, de procedencia griega, puedo conocerse también en Palestina y aplicarse en la celebración de la eucaristía desde los orígenes. Algunos movimientos gnósticos llegaron incluso a sustituir completamente el vino por el agua, porque rechazaban el uso del vino en la vida ordinaria. La Iglesia ha mantenido esta práctica a lo largo de la historia.

Sobre la proporción de la mezcla, hay una práctica diversa en oriente y en occidente. En las liturgias orientales se mezcla una buena cantidad de agua con el vino; entre los sirios jacobitas se prescribía la misma cantidad de agua y de vino. En occidente ha sido siempre menor la cantidad de agua que la de vino, y el concilio de Trebur (895) dispuso que el cáliz contuviese dos terceras partes de vino y una tercera parte de agua. A partir de la época medieval, se fue reduciendo el agua a una mínima cantidad, introduciendo el uso de la cucharilla para garantizar que no se excediese el sacerdote en la cantidad de agua (42).

¿Qué valor y qué sentido puede tener el uso del agua como elemento eucarístico? Posiblemente al principio no se le dio ningún significado especial. Se trataba simplemente de un elemento natural esencial que iba unido en la práctica al uso y el consumo del vino. Pero con el tiempo se le da un profundo significado simbólico que está expresado en las palabras que dice el sacerdote al mezclar el agua con el vino: “El agua unida al vino sea signo de nuestra participación en la vida divina de quien ha querido compartir nuestra condición humana”. La significación salvífica pudo nacer en las discusiones con las herejías gnósticas y va unida a la asunción de la naturaleza humana por parte del Verbo y la unión de lo divino y lo humano en el misterio de la salvación. San Cipriano pone de relieve la necesidad de esta unión, cuando escribe: “Si alguien no ofrece más que vino, la sangre de Cristo empieza a existir (en el cáliz) sin nosotros; pero cuando no se ofrece más que agua, el pueblo empieza a encontrarse sin Cristo”  (43).

También se ha interpretado como la unión de Cristo y su Iglesia, a partir del texto de Jn 19,34: “Uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua”. Según una interpretación basada en Apoc 17, 15, el agua como símbolo de los pueblos, significaría en este caso el pueblo redimido por Cristo; así, en la edad media se entendió que la mezcla del agua indica que en la misa no se ofrece sólo Cristo, sino también la Iglesia, y esta fue la razón por la que Lutero se opuso a esta mezcla del agua y el vino en la eucaristía, al entender él que la obra divina quedaría minusvalorada al poner la participación humana (44).

Dejando aparte los matices de las diversas interpretaciones, creo que es digno de destacarse la presencia del agua como elemento esencial de la naturaleza, que es asumido en el misterio por excelencia de la comunión de lo divino y lo humano en la eucaristía. Tiene también un profundo sentido espiritual el hecho de que en el agua esté representada nuestra humilde condición humana, que se une a la condición divina. En la eucaristía, como en toda acción salvífica, nosotros ponemos lo menos (el agua) y Dios pone lo más (el vino), pero ambas cosas son necesarias para la experiencia de salvación. En el banquete escatológico del reino de Dios, simbolizado en las bodas de Caná, el Señor transforma el agua de nuestra pobre condición humana en el vino sabroso de la salvación y la vida.

 

Conclusión

El agua, como criatura de Dios, elemento esencial de toda forma de vida y don precioso del cielo, debido a sus múltiples virtualidades, es el símbolo más adecuado para expresar la experiencia religiosa de la regeneración y la nueva vida. Su uso religioso y sacramental en la piedad y en la liturgia cristiana, expresa admirablemente la unidad entre creación y redención, así como la comunión de lo divino y lo humano.

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NOTAS

(1)     Cf. Boff, L., Los sacramentos de la vida, Santander 1989 (8ª ed.), 106-107; Borobio, D, ¿Qué es un sacramento?, en: Celebración en la Iglesia, Salamanca 1985, I, 371-408.

(2)     Cf. Rosso,S,,   Elementos naturales, en: Nuevo Diccionario de Liturgia, Madrid 1987, 635 ss.

(3)     J. Ratzinger, J., La idea sacramental en la historia de la humanidad, en: Ser cristiano, Salamanca 1967, 67.

(4)     Cf. Betz, O., Elementare Symbole, Freiburg i. B., 62; Angulo, J. A., Agua, en: Diccionario  de Ciencias Eclesiásticas, Madrid 1883, I, 259.

(5)     Chevalier, J – Gheerbrant, A., Diccionario de los símbolos, Barcelona 1986, 53.

(6)     Kornfeld, W.,Agua, en: Diccionario de Teología Bíblica, ed. Por Bauer J. B., Barcelona 1967, 25.

(7)     Cf. Poupard, P., Diccionario de las Religiones, Barcelona 1987, 33-39.

(8)     Saint-Exupéry, A., Wind, Sand und Sterne, Düsseldorf 1956, 165s.

(9)     Cf. Las florecillas de San Francisco – El cántico al sol, Madrid 1878 (5ªed.) 260.

(10) Nervo, A., en: E. de Champourcin, Dios en la poesía actual, Madrid 1972 (2ª ed.), 59.

(11) Chevalier, J.-Gheerbrant, A., op. cit. 52.

(12) Eliade, M., Tratado de la historia de las religiones, Madrid 1974, I, 229.

(13) Cf. Betz, O., op. cit., 65-66.

(14) Cf. Teresa de Jesús, Libro de la Vida, XI-XVI. “Oh qué de veces me acuerdo del agua viva que dijo el Señor a la Samaritana”, Ibd., XXX, 19.

(15) Cf. Benz, S., Wasser in der Liturgie, en: Lexikon der Theologie und Kirche, Freiburg i.B. 1965, 966.

(16) Angulo, J. A., art. cit., 261.

(17) Eliade, M., op. cit., 247-248.

(18) Cit. por: Danielou, J., Sacramentos y culto según los Santos Padres, Madrid 1964, 91.

(19) Cf. Angulo, J.A., art. cit., 261-262.

(20) Cf. Rahner, H., Mitos griegos en interpretación cristiana, Barcelona 2003, 93.

(21) Cit. por: Danielou, op. cit., 58.

(22) Danielou, J., op. cit., 64.

(23) Rahner, H., op. cit., 98.

(24) Danielou, J., op. cit., 91.

(25) San Ambrosio, De sacramentis, I, 15.

(26) ICHTHYS, “pez” en griego es el acróstico de las palabras: “Jesucristo, Hijo de Dios Salvador”, empleada como símbolo y clave secreta por los cristianos primitivos en tiempo de la persecución.

(27) Cit. por: Danielou, J., op. cit., 92.

(28) Danielou, J., Ibd., 94.

(29) Cit. por: Danielou, J.,  op. cit., 1001.

(30) Rahner, H., op. cit., 97.

(31) San Cirilo de Jerusalén, PG, XXXIII.

(32) Tertuliano, PL, I, 696 B.

(33) Cf. Rahner, H.: op. cit., 98-100.

(34) San Juan Crisóstomo, PG XLVIII, 1037-1038.

(35) Cit. por: Danielou, J., op. cit., 107.

(36) Dídimo el Ciego, PG XXXIX, 696 A.

(37) San Gregorio de Nisa, PG, XLVI, 589 D.

(38) San Basilio, PG, XXXI, 425 B-C.

(39) Origenes, Hom Ex, V, 1; 182, 2.

(40) San Ambrosio, De sacramentis, I, 22.

(41) Cf. Betz, O., op. cit., 66.

(42) Cf. Jungmann, J.A., El sacrificio de la misa, Madrid 1951, 670-673.

(43) Cit por: Jungmann, J.A., ibd., 670.

(44) Cf. Jungmann, J.A., Ibd., 671.

 

 

 

 

Laurentino Novoa Pascual CP.