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FELICITACIÓN
DE LA CURIA PROVINCIAL
CRISTO NUESTRA PASCUA
Queridos
hermanos:
Los sucesivos
domingos de cuaresma nos han ido colocando ante este
Misterio de Pasión que centran nuestra fe y vocación
carismática en quien es verdaderamente el núcleo de
nuestra salvación: Jesucristo Crucificado y Resucitado.
Tanto el tiempo cuaresmal, como este momento pascual,
lejos de entretenernos en aspectos accidentales, nos
introducen en la persona de Cristo, para efectuar en
nosotros una profunda metanoia. En este año jubilar,
nuestra Provincia, situada en El Calvario, se siente más
interpelada, personal, comunitaria y estructuralmente para
dejarse atravesar por la fuerza transformadora del
Espíritu que nos anima a una plena conversión y comunión
para afianzarnos en la misión.
Desde esta llamada a la conversión, animo
a realizar ese gesto de perdón en nuestras comunidades el
día del amor fraterno con las palabra y aliento que el P.
General nos exhorta en su última carta de esta pascua:
“quiero evocar el rito del “día del perdón” del Jueves
Santo, en uso en la Congregación durante muchos años, y
todavía conservado en algunas provincias: reunidos en el
coro los religiosos, cada uno pide perdón a Dios, a los
superiores, a los compañeros y a toda la comunidad, “para
poder celebrar una buena y santa Pascua”, como terminaba
siempre el gesto, aunque cada uno lo hacía a su modo y con
sus propias palabras.
También este año, reunidos
espiritualmente en el Cenáculo, todos los miembros de la
Familia Pasionista, religiosos, religiosas y laicos,
pediremos perdón de nuestros pecados, a Dios y cada uno de
los hermanos, reconciliándonos para celebrar con gozo la
Pascua del Señor Jesús.”
Es vital para
nosotros asimilar desde la fe esta dimensión
transformadora en esta hora en que la Iglesia, la
Congregación y nuestro Proyecto Provincial nos han
convocado en ese proceso de reestructuración para
revitalizar nuestra vocación pasionista. Toda conversión
supone un movimiento, un paso. Nada mejor que este
espíritu de pascua para que se efectúe en nosotros esa
gracia bautismal y a su vez de nuestra propia consagración
religiosa.
La Pasión de Cristo
no mueve a consideraciones piadosas, sino a la conversión,
y sabemos que ésta, en el sentido bíblico, es del corazón,
como sede de la vida interior del hombre. El olvido de la
Pasión de Cristo significa que no está gravada en nuestros
corazones y nos perdemos en consideraciones epidérmicas.
El discurso de Pedro en Pentecostés, ante aquellas tres
mil personas, netamente pasiocéntrico, toca el corazón de
la multitud: “Se sintieron traspasar el corazón” (Hch.2,37).
Se preguntaban: “¿Qué hemos de hacer? Pedro les contestó:
Convertíos”. (Hch.2,38). Igualmente concluyen otros
discursos apostólicos. Esta precisa respuesta ha de
verificarse en nosotros como fruto pascual, para asimilar
todos los cambios que nuestra vida religiosa requiere en
estos momentos de pasión, para vivir una auténtica
fraternidad y para que sea Dios el verdadero Señor de
nuestro corazón.
Es cierto que
nosotros no padeceremos una sclerocardia en sentido
bíblico, pues poseemos la gracia del bautismo y de nuestra
consagración. Pero pudiéramos ser víctimas tolerantes de
una “pasocardia” que nos sostenga en una mediocridad dura
con el transcurrir del tiempo. Tenemos a Dios dentro de
nuestro corazón pero en una libertad condicionada,
restringida. Que no se pase con solicitar de nosotros más
de lo común y habitual que hace tiempo le vengo dando. No
es aquí la conversión menos necesaria en nuestro proceso
espiritual y vocacional, pues su ausencia nos provocará
una verdadera insatisfacción e infelicidad en nuestra
vocación pasionista. Si el modelo de esta metanoia no es
el de Pablo de Tarso, Agustín o San Francisco, sí se
aproxima al de Santa Teresa, al narrar ella misma su
proceso de “conversión” precisamente en la contemplación
de la Pasión de Cristo, nuestra Pascua: “Acaecióme que,
entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían
traído allá a guardar, que se había buscado para cierta
fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y
tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal,
porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue
tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas
llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme
cabe Él con grandísimo derramamiento de lágrimas,
suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no
ofenderle. Le dije entonces que no me había de levantar de
allí hasta que hiciese lo que le suplicaba. Creo cierto me
aprovechó, porque fui mejorando mucho desde entonces.” (Sta.
Teresa de Ávila. Vida, cc 9,1-3.)
Estoy convencido
que esta conversión del corazón es la que puede
fundamentar y posibilitar una verdadera reestructuración
de nuestras Comunidades, Provincia y Congregación. Creo
firmemente que esta Pascua poscapitular y jubilar puede
ser muy viva y gozosa si dejamos que todo el ser de
nuestro cuerpo provincial se transforme desde nuestro
corazón personal y comunitario por la gracia y el gran don
del Espíritu Santo. En el corazón de nuestra historia
provincial es llegada la hora de dejar que acontezcan
aquellas señales transformativas de la Pasión de Cristo,
nuestra Pascua: “el velo del templo se rasgó en dos de
arriba abajo; tembló la tierra, las rocas se
resquebrajaron, se abrieron los sepulcros y muchos santos
que habían muerto resucitaron.” (Mt.27, 51.) Además de su
sentido frecuentemente apocalíptico, no es menor su
contenido parenético, aplicado a nuestro corazón, con un
carisma específico de ser memoria viva de la Pasión de
Cristo. Resulta muy bello y asimilable lo que debe ocurrir
en nosotros, según palabras de San León Magno: “Que
tiemble la naturaleza humana ante el suplicio del
Redentor, que se rompan las piedras de los corazones
infieles y quienes estaban encerrados en los sepulcros de
su mortalidad que salgan fuera, levantando la piedra que
pesaba sobre ellos.” (S.León Magno, Sermón 66,3.
PL.54,366.)
Tal vez si no
sentimos a raudales la alegría de nuestra salvación es
porque no hayamos nunca llorado por nuestros pecados. O
dicho de otra manera, cuando nos sintamos protagonistas en
su pasión, ( y no como cosa de otros), que murió “por
nosotros”, sentiremos que muere y vive “para nosotros”. La
metanoia desencadena un aleluya irresistiblemente alegre.
No es ni escándalo ni necedad, sino fuerza y sabiduría de
Dios. Esa Cruz y Pasión, que origina nuestra conversión,
contiene toda la potencia divina de amor, gozosa y
pneumática para transformarnos. Por eso podemos decir con
humildad pero convencimiento y seguridad total: “En cuanto
a mí, lejos de gloriarme si no es en la cruz de nuestro
Señor Jesucristo.” (Gál.6,14.)
Hermanos, al
felicitarnos la Pascua, hagámoslo desde esta clave de
animarnos a la conversión, decididos y dispuestos a
dejarnos vivificar por la transformación del Espíritu de
Jesús, la gracia más renovadora en esta pascua del
centenario provincial. Es mucha la esperanza y la vida que
se cierne sobre los hombros de nuestra Provincia y
Congregación en este “paso” que estamos dando y que el
Dios inmolado y vivo da junto a nosotros. Es la hora de
la Pascua para nosotros. Se requiere de nuestro ánimo una
fe más allá del viernes santo, aunque atravesándolo con
una confianza a muerte. Ya constatamos que Dios nunca
falla. Esto nos tiene que hacer libres y confiados ante el
riesgo.
Quisiera desde esta
perspectiva expuesta y compartida con vosotros, descender
a algunos aspectos concretos que estamos viviendo en
nuestras comunidades y que requieren de nosotros verdadera
fe, unión y gozosa esperanza. Tengo delante el texto de
Lucas sobre la Resurrección, Lc.24,1-12, y el objetivo y
Proyecto Provincial que hemos de llevar adelante con quien
va delante de nosotros a Galilea, ciudad de la vida,
esperanza y de la misión.
1.- Las mujeres muy de mañana van al
sepulcro con ungüentos a embalsamar a Jesús. Pero resulta
que aquel Jesús no se deja embalsamar ni sujetar. Con toda
bondad y normalidad nuestra Provincia puede estar tentada
por realizar este mismo recorrido y con la mejor voluntad,
ciertamente, estemos embalsamando a Jesús. No puede ser.
Dios vivo se nos escapa. Nuestra vida y misión no puede
ser embalsamar. Aunque sea una cosa buena y laudable.
Después del Concilio Vaticano II, por diversos motivos y
circunstancias, hemos ido a tantas parroquias, que casi
hemos embalsamado nuestra misión diaria. No lo digo en
tono despectivo pues no tiene nada de eso, sino servicio
que se nos ha requerido por parte de la Iglesia. Son más
de 32 parroquias hoy sin contar capillas de las mismas.
Ciertamente el sentido misionero, itinerante, y otras
formas de misión que hoy se nos pide a la vida religiosa
creativamente no podemos ni probarlas. Dudo mucho que este
tipo de asentamiento, aunque bueno y válido en principio,
sea el principal medio evangelizador para nuestra vida
religiosa ahora. Nuestra misión puede estar secuestrada
para siempre en lo mismo y además de forma muy
individualizada en esta acción pastoral. El Capítulo nos
ha incitado a crear un equipo provincial
misionero.¿Podremos así lograrlo? ¿No nos inmutamos ni
afectamos por lo que demande un capítulo? ¿No habremos
embalsamado la misión, bien sujeta y controlada? El
capítulo nos impulsa al reto de la Evangelización atraídos
por el encanto revitalizador de la “Memoria Passionis”. (Obj.Gral.)
Cuidado que podemos celebrar una pascua, tener un proyecto
provincial, pero nuestra vida siga embalsamada, nada nos
afecta, nada nos mueve y cambia, seguimos como hace diez,
veinte cincuenta años. Jesucristo es siempre el mismo,
cierto, pero la vida, las formas, la historia, las
personas van cambiando y muy rápido en la actualidad.
2.- La piedra la encontraron corrida, y
entraron pero no vieron el cuerpo de Jesús. Y nuestro
Objetivo General Capitular prosigue que desde esa
“Memoria Passionis” asumimos la reestructuración de
nuestras presencias y misión en sintonía con la
Congregación. El mismo que corrió la piedra correrá y
convertirá nuestro corazón de piedra. Son muchas las
piedras que pueden aplastar hoy nuestro espíritu. Miedo,
desolación cansancio, inseguridad... Piedras que nos
bloquean. Parece como si donde queremos que nazca una flor
exista una piedra grande. Pero el primer paso es el de las
mujeres: entrar al sepulcro. Lejos de huir hemos de
descender a la realidad de nuestras sombras, al abismo de
nuestras tumbas, tal vez lúgubres, pero abiertas. Dios las
ha abierto, lo que nos permite entrar sin miedo y captar
una luminosidad nueva. Esta opción transformadora en que
han entrado nuestras comunidades en todas las zonas es un
momento de pascua. Descender y asumir esa realidad no es
sólo para morir, sino el paso para vivir. Nuestra
Provincia tiene que abandonar presencias porque
sencillamente hoy no podemos atenderlas conforme a nuestro
ser religioso y por la disminución de hermanos. No basta
quedarnos a la puerta de esta tumba. Hemos de entrar para
salir con más vida, fortaleza y fraternidad para el
anuncio. Dios seguro hará su obra, pero nosotros no
podemos permanecer parados, sin hacer la nuestra. La
Congregación nos está impulsando. Algunos piensan que nos
estamos adelantando y quemando etapas. De ninguna manera.
Desde el Sínodo y nuestros Capítulos y Asambleas vamos
realizando lo que es tarea nuestra, abiertos al Espíritu
del Resucitado. El proceso está en marcha, y sencilla y
manifiestamente, decisiones dolorosas que hemos de asumir,
nuestra Provincia no podría aparcarlas al 2012, porque
simplemente habríamos llegado tarde. Es imposible que un
enfermo aguante en la “uci” como siete años.
3.- Se presentan dos hombres con vestidos
refulgentes ante las mujeres. Nuestro objetivo general en
esa tarea revitalizadora nos presenta los desafíos de los
crucificados y los laicos. Es dentro de esa tumba abierta
oscura donde brota la luz. En el descenso a nuestras
propias oscuridades y crisis, se nos siguen presentando
verdaderos “mensajeros” que iluminan nuestro camino. Allí
donde todo lo vemos muerto, el mismo Dios transforma en
nosotros una vida nueva. En nuestra tumba, donde
necesitamos entrar, no para aferrarnos a la nada, sino
para ver ahí hoy en nosotros, que Dios ha abierto la vida
y nos presenta señales y mensajeros luminosos. Los
crucificados, los laicos son luz pascual de esperanza en
nosotros en esta hora. Pero qué duda cabe que tenemos
muchas señales de vida y de empuje para levantarnos y
salir adelante: nuestras Constituciones, el Proyecto
Provincial, las jóvenes vocaciones, el calor virtuoso de
tantos enfermos y ancianos, tantos hermanos nuestros
superiores y religiosos que proyectan la esperanza en sus
pupilas, el silencio de tantos callos y sudor oculto pero
vivo y luminoso, el cercano testimonio de sangre de
nuestros mártires, luz de vida en nuestra propia tumba,
verdaderos modelos referenciales de esta pascua de Cristo
en nosotros, el cercano Capítulo General que nos encenderá
nueva luz, el poder leer para conocer y amar más nuestra
propia historia provincial de cara al futuro, y tantos
mensajeros luminosos que cada uno podemos señalar en
nuestro entorno. Pero igual que se nos requiere bajar y
entrar a la tumba, no se nos permite quedar en ella. Dios
la ha abierto, se ha ido por delante a la ciudad. No
podemos buscar entre los muertos al que vive. Recordad lo
que os dijo antes de morir. El recuerdo no nos ata al
pasado. Es el Resucitado quien nos transforma y convierte,
quien nos saca de nosotros mismos, de nuestros sepulcros
para emprender una misión y una vida enteramente nueva. La
pascua es la gran fiesta de la transformación. Lo que en
nosotros estaba petrificado y muerto irremediablemente
Dios mismo en su cruz y pasión, lo ha convertido en vida
eternamente.
Hermanos en todas
las zonas nos vamos a juntar estos días para convivir y
confraternizar. En Daimiel, junto a nuestros mártires, nos
impulsarán a la vida. La alegría pascual florezca en
nuestras comunidades configurándonos más íntimamente con
el Crucificado que en Él nos va transformando. La Madre de
la Santa Esperanza refuerce nuestra fe y vitalidad en la
espera de la plenitud del Espíritu. Orad mucho por nuestro
próximo Capítulo General. Con el abrazo y bendición de mis
consultores os deseamos una feliz y gozosa pascua jubilar,
que nos renueve a todos por dentro con espíritu firme.
Fernando Rabanal, cp.
prep.prov.
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Hermanos, en la Cruz
está Dios entero, completamente revelado. En su cruz
y pasión se manifiesta la sorprendente humanidad de
Dios. Nunca este misterio se ha retratado tan
abierto. Os envío estos versos como ánimo y
felicitaciónpascual.
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SONETO
No acepto, ante la Cruz, el argumento,
donde algunos afirman Dios se esconde,
la Palabra calla y me responde
el vacío, el silencio y desaliento.
Si ausencia es la Cruz, si el sufrimiento
es apariencia ... ¿Dónde está Dios, dónde?
Dejad que mi alma y mi conciencia ahonde
todo el amor que en su pasión presiento.
¡No toquéis esa Cruz, no agregéis nada!
¡Quitad vuestros sofismas y la mano,
rufianes de intereses y dinero!.
Para esta humanidad crucificada
sólo un Dios que ame y muera, como humano,
puede ser el Dios vivo y verdadero.
Fernando.
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