CUATRIENIO                       2005 - 2009

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INFORMACION                 PROVINCIAL DEL CUATRIENIO 2005-2009

LA CURIA OS DESEA UNA FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN 2006

 

LA CURIA PROVINCIAL OS DESEA UNA PASCUA DE RESURRECCION LLENA DE LA PAZ DEL SEÑOR.

ALEGRIA, HERMANOS ¡¡¡CRISTO HA RESUCITADO!!!

EL ES NUESTRA VICTORIA

 FELICITACIÓN DE LA CURIA PROVINCIAL

CRISTO NUESTRA PASCUA

 

                        Queridos hermanos:

                        Los sucesivos domingos de cuaresma nos han ido colocando ante este Misterio de Pasión que centran nuestra fe y vocación carismática en  quien es verdaderamente el núcleo  de nuestra salvación: Jesucristo Crucificado y Resucitado. Tanto el tiempo cuaresmal, como este momento pascual, lejos de entretenernos en aspectos accidentales, nos introducen  en la persona de Cristo, para efectuar en nosotros una profunda metanoia. En este año jubilar, nuestra Provincia, situada en El Calvario, se siente más interpelada, personal, comunitaria y estructuralmente para dejarse atravesar por la fuerza transformadora del Espíritu que nos anima a una plena conversión y comunión para afianzarnos en la misión.

                   Desde esta llamada a la conversión,  animo a realizar ese gesto de perdón en nuestras comunidades el día del amor fraterno con las palabra y aliento que el P. General nos exhorta en su última carta de esta pascua: “quiero evocar el rito del “día del perdón” del Jueves Santo, en uso en la Congregación durante muchos años, y todavía conservado en algunas provincias: reunidos en el coro los religiosos, cada uno pide perdón a Dios, a los superiores, a los compañeros y a toda la comunidad, “para poder celebrar una buena y santa Pascua”, como terminaba siempre el gesto, aunque cada uno lo hacía a su modo y con sus propias palabras.

            También este año, reunidos espiritualmente en el Cenáculo, todos los miembros de la Familia Pasionista, religiosos, religiosas y laicos, pediremos perdón de nuestros pecados, a Dios y cada uno de los hermanos, reconciliándonos para celebrar con gozo la Pascua del Señor Jesús.”

                        Es vital para nosotros asimilar desde la fe esta dimensión transformadora en esta hora en que la Iglesia, la Congregación y nuestro Proyecto Provincial nos han convocado en ese proceso de reestructuración para revitalizar nuestra vocación pasionista. Toda conversión supone un movimiento, un paso. Nada mejor que este espíritu de pascua para que se efectúe en nosotros esa gracia bautismal y a su vez de nuestra propia consagración religiosa.

                        La Pasión de Cristo no mueve a consideraciones piadosas, sino a la conversión, y sabemos que ésta, en el sentido bíblico, es del corazón, como sede de la vida interior del hombre. El olvido de la Pasión de Cristo significa que no está gravada en nuestros corazones y nos perdemos en consideraciones epidérmicas. El discurso de Pedro en Pentecostés, ante aquellas tres mil personas, netamente pasiocéntrico, toca el corazón de la multitud: “Se sintieron traspasar el corazón” (Hch.2,37). Se preguntaban: “¿Qué hemos de hacer? Pedro les contestó: Convertíos”. (Hch.2,38). Igualmente concluyen otros discursos apostólicos. Esta precisa respuesta ha de verificarse en nosotros como fruto pascual, para asimilar todos los cambios que nuestra vida religiosa requiere en estos momentos de pasión, para vivir una auténtica fraternidad y para que sea Dios el verdadero Señor de nuestro corazón.

                        Es cierto que nosotros no padeceremos una  sclerocardia en sentido bíblico, pues poseemos la gracia del bautismo y de nuestra consagración.  Pero pudiéramos ser víctimas tolerantes de una “pasocardia” que nos sostenga en una mediocridad dura con el transcurrir del tiempo. Tenemos a Dios dentro de nuestro corazón pero en una libertad condicionada, restringida. Que no se pase con solicitar de nosotros más de lo común y habitual que hace tiempo le vengo dando.  No es aquí la conversión menos necesaria en nuestro proceso espiritual y vocacional, pues su ausencia nos provocará una verdadera insatisfacción e infelicidad en nuestra vocación pasionista. Si el modelo de esta metanoia no es el de Pablo de Tarso, Agustín o San Francisco, sí  se aproxima al de Santa Teresa, al narrar ella misma su proceso de “conversión” precisamente en la contemplación de la Pasión de Cristo, nuestra Pascua: “Acaecióme que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allá a guardar, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme cabe Él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle. Le dije entonces que no me había de levantar de allí hasta que hiciese lo que le suplicaba. Creo cierto me aprovechó, porque fui mejorando mucho desde entonces.” (Sta. Teresa de Ávila. Vida, cc 9,1-3.)

                        Estoy convencido que esta conversión del corazón es la que puede fundamentar y posibilitar una verdadera reestructuración de nuestras Comunidades, Provincia y Congregación. Creo firmemente que esta Pascua poscapitular y jubilar puede ser muy viva y gozosa si dejamos que todo el ser de nuestro cuerpo provincial se transforme desde nuestro corazón personal y comunitario por la gracia y el gran don del Espíritu Santo. En el corazón de nuestra historia provincial es llegada la hora de dejar que acontezcan aquellas señales transformativas de la Pasión de Cristo, nuestra Pascua: “el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; tembló la tierra, las rocas se resquebrajaron, se abrieron los sepulcros y muchos santos que habían muerto resucitaron.” (Mt.27, 51.) Además de su sentido frecuentemente  apocalíptico, no es menor su contenido parenético, aplicado a nuestro corazón, con un carisma específico de ser memoria viva de la Pasión de Cristo. Resulta muy bello y asimilable lo que debe ocurrir en  nosotros, según palabras de San León Magno: “Que tiemble la naturaleza humana ante el suplicio del Redentor, que se rompan las piedras de los corazones infieles y quienes estaban encerrados en los sepulcros de su mortalidad que salgan fuera, levantando la piedra que pesaba sobre ellos.” (S.León Magno, Sermón 66,3. PL.54,366.)

                        Tal vez si no sentimos a raudales la alegría de nuestra salvación  es porque no hayamos nunca llorado por nuestros pecados. O dicho de otra manera, cuando nos sintamos protagonistas en su pasión, ( y no como cosa de otros), que murió “por nosotros”, sentiremos que muere y vive “para nosotros”. La metanoia desencadena un aleluya irresistiblemente alegre. No es ni escándalo ni necedad, sino fuerza y sabiduría de Dios. Esa Cruz y Pasión, que origina nuestra conversión, contiene toda la potencia divina de amor, gozosa y pneumática para transformarnos. Por eso podemos decir con humildad pero convencimiento y seguridad total: “En cuanto a mí, lejos de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.” (Gál.6,14.)

                        Hermanos, al felicitarnos la Pascua, hagámoslo desde esta clave de animarnos a la conversión, decididos y dispuestos a dejarnos vivificar  por la transformación del Espíritu de Jesús, la gracia más renovadora en esta pascua del centenario provincial. Es mucha la esperanza y la vida que se cierne sobre los hombros de nuestra Provincia y Congregación en este “paso” que estamos dando y que el Dios inmolado y vivo da junto a nosotros.  Es la hora de la Pascua para nosotros. Se requiere de nuestro ánimo una fe más allá del viernes santo, aunque atravesándolo con una confianza a muerte. Ya constatamos que Dios nunca falla. Esto nos tiene que hacer libres y confiados ante el riesgo.

                        Quisiera desde esta perspectiva expuesta y compartida con vosotros, descender a algunos aspectos concretos que estamos viviendo en nuestras comunidades y que requieren de nosotros verdadera fe, unión y gozosa esperanza. Tengo delante el texto de Lucas sobre la Resurrección, Lc.24,1-12, y el objetivo y Proyecto Provincial que hemos de llevar adelante con quien va delante de nosotros a Galilea, ciudad de la vida, esperanza y de la misión.

1.-  Las mujeres muy de mañana van al sepulcro con ungüentos a embalsamar a Jesús. Pero resulta que aquel Jesús no se deja embalsamar ni sujetar. Con toda bondad y normalidad nuestra Provincia puede estar tentada por realizar este mismo recorrido y con la mejor voluntad, ciertamente, estemos embalsamando a Jesús. No puede ser. Dios vivo se nos escapa. Nuestra vida y misión no puede ser embalsamar. Aunque sea una cosa buena y laudable. Después del Concilio Vaticano II, por diversos motivos y circunstancias, hemos ido a tantas parroquias, que casi hemos embalsamado nuestra misión diaria. No lo digo en tono despectivo pues no tiene nada de eso, sino servicio que se nos ha requerido por parte de la Iglesia. Son más de 32 parroquias hoy sin contar capillas  de las mismas. Ciertamente el sentido misionero, itinerante, y otras formas de misión que hoy se nos pide a la vida religiosa creativamente no podemos ni probarlas. Dudo mucho que este tipo de asentamiento, aunque bueno y válido en principio, sea el principal medio evangelizador para nuestra vida religiosa ahora. Nuestra misión puede estar secuestrada para siempre en lo mismo y además de forma muy individualizada en esta acción pastoral. El Capítulo nos ha incitado a crear un equipo provincial misionero.¿Podremos así lograrlo? ¿No nos inmutamos ni afectamos por lo que demande un capítulo? ¿No habremos embalsamado la misión, bien sujeta y controlada? El capítulo nos impulsa al reto de la Evangelización atraídos por el encanto revitalizador de la “Memoria Passionis”. (Obj.Gral.) Cuidado que podemos celebrar una pascua, tener un proyecto provincial, pero nuestra vida siga embalsamada, nada nos afecta, nada nos mueve y cambia, seguimos como hace diez, veinte cincuenta años. Jesucristo es siempre el mismo, cierto, pero la vida, las formas, la historia, las personas  van cambiando y muy rápido en la actualidad.

2.-  La piedra la encontraron corrida, y entraron pero no vieron el cuerpo de Jesús. Y nuestro Objetivo General Capitular  prosigue que desde esa “Memoria Passionis” asumimos la reestructuración de nuestras presencias y misión en sintonía con la Congregación. El mismo que corrió la piedra correrá y convertirá nuestro corazón de piedra. Son muchas las piedras que pueden aplastar hoy nuestro espíritu. Miedo, desolación cansancio, inseguridad... Piedras que nos bloquean. Parece como si donde queremos que nazca una flor exista una piedra grande. Pero el primer paso es el de las mujeres: entrar al sepulcro. Lejos de huir hemos de descender a la realidad de nuestras sombras, al abismo de nuestras tumbas, tal vez lúgubres, pero abiertas. Dios las ha abierto, lo que nos permite entrar sin miedo y captar una luminosidad nueva. Esta opción transformadora en que han entrado nuestras comunidades en todas las zonas es un momento de pascua. Descender y asumir esa realidad no es sólo para morir, sino el paso para vivir. Nuestra Provincia tiene que abandonar presencias porque sencillamente hoy no podemos atenderlas conforme a nuestro ser religioso y por la disminución de hermanos. No basta quedarnos a la puerta de esta tumba. Hemos de entrar para salir con más vida, fortaleza y fraternidad para el anuncio. Dios seguro hará su obra, pero nosotros no podemos permanecer parados, sin hacer la nuestra. La Congregación nos está impulsando. Algunos piensan que nos estamos adelantando y quemando etapas. De ninguna manera. Desde el Sínodo y nuestros Capítulos y Asambleas vamos realizando lo que es tarea nuestra, abiertos al Espíritu del Resucitado. El proceso está en marcha, y sencilla y manifiestamente, decisiones dolorosas que hemos de asumir, nuestra Provincia no podría aparcarlas al 2012, porque simplemente habríamos llegado tarde. Es imposible que un enfermo aguante en la “uci”  como  siete años.

3.-  Se presentan dos hombres con vestidos refulgentes ante las mujeres. Nuestro objetivo general en esa tarea revitalizadora nos presenta los desafíos de los crucificados y los laicos. Es dentro de esa tumba abierta oscura donde brota la luz. En el descenso a nuestras propias oscuridades y crisis, se nos siguen presentando verdaderos “mensajeros” que iluminan nuestro camino. Allí donde todo lo vemos muerto, el mismo Dios transforma en nosotros una vida nueva. En nuestra tumba, donde necesitamos entrar, no para aferrarnos a la nada, sino para ver ahí hoy en nosotros, que Dios ha abierto la vida y nos presenta señales y mensajeros luminosos. Los crucificados, los laicos son luz pascual de esperanza en nosotros en esta hora. Pero qué duda cabe que tenemos muchas señales de vida y de empuje para levantarnos y salir adelante: nuestras Constituciones, el Proyecto Provincial, las jóvenes vocaciones, el calor virtuoso de tantos enfermos y ancianos, tantos hermanos nuestros superiores y religiosos que proyectan la esperanza en sus pupilas, el silencio de tantos callos y sudor oculto pero vivo y luminoso, el cercano testimonio de sangre de nuestros mártires, luz de vida en nuestra propia tumba, verdaderos modelos referenciales de esta pascua de Cristo en nosotros, el cercano Capítulo General que nos encenderá nueva luz, el poder leer para conocer y amar más nuestra propia historia provincial de cara al futuro, y tantos mensajeros luminosos que cada uno podemos señalar en nuestro entorno. Pero igual que se nos requiere bajar y entrar a la tumba, no se nos permite quedar en ella. Dios la ha abierto, se ha ido por delante a la ciudad. No podemos buscar entre los muertos al que vive. Recordad lo que os dijo antes de morir. El recuerdo no nos ata al pasado. Es el Resucitado quien nos transforma y convierte, quien nos saca  de nosotros mismos, de nuestros sepulcros  para emprender una misión y una vida enteramente nueva. La pascua es la gran fiesta de la transformación. Lo que en nosotros estaba petrificado y muerto irremediablemente Dios mismo en su cruz y pasión, lo ha convertido en vida eternamente.

                        Hermanos en todas las zonas nos vamos a juntar estos días para convivir y confraternizar. En Daimiel, junto a nuestros mártires, nos impulsarán a la vida. La alegría pascual florezca en nuestras comunidades configurándonos más íntimamente con el Crucificado que en Él nos va transformando. La Madre de la Santa Esperanza refuerce nuestra fe y vitalidad en la espera de la plenitud del Espíritu. Orad mucho por nuestro próximo Capítulo General. Con el abrazo y bendición de mis consultores os deseamos una feliz y gozosa pascua jubilar, que nos renueve a todos por dentro con espíritu firme.

 

 

                                                                                  Fernando Rabanal, cp.

                                                                                              prep.prov.

Hermanos, en la Cruz está Dios entero, completamente revelado. En su cruz y pasión se manifiesta la sorprendente humanidad de Dios. Nunca este misterio se ha retratado tan abierto. Os envío estos versos como ánimo y felicitaciónpascual.

 

SONETO

No acepto, ante la Cruz, el argumento,

donde algunos afirman Dios se esconde,

la Palabra calla y me  responde

el vacío, el silencio y desaliento.

 

Si ausencia es la Cruz, si el sufrimiento

es apariencia ... ¿Dónde está Dios, dónde?

Dejad que mi alma y mi conciencia ahonde

todo el amor que en su pasión presiento.

 

¡No toquéis esa Cruz, no  agregéis nada!

¡Quitad vuestros sofismas y la mano,

rufianes de intereses y dinero!.

 

Para esta humanidad crucificada

sólo un Dios que ame y muera, como humano,

puede ser el  Dios vivo y verdadero.

 

Fernando.