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Queridos hermanos:
La fiesta
de San Gabriel nos sorprende este año en Corella, donde asistimos a
un Curso Intensivo de Formación y Espiritualidad Pasionista. Tan densa
es la programación que apenas queda tiempo para poder extraer el
espacio necesario y escribiros detenidamente. Pero no quería que
pasara este día de San Gabriel, patrono de toda la juventud
pasionista, sin enviaros unas palabras de comunión y aliento en
vuestro inicio y crecimiento pasionista. A todas las comunidades
formativas de El Salvador, México, Guatemala, Cuba, Venezuela y España
llegue el saludo, vivo interés y plegaria de mis Consultores, Gastón y
Laurentino y de los compañeros que están realizando este curso de
formación permanente en la nueva casa de Corella.
La
sencillez y brevedad de la vida de San Gabriel, nos manifiesta que la
santidad es un logro al alcance de nuestra mano. Ser joven y ser santo
pasionista se armonizan y unen atractivamente en Gabriel, como en
otros hermanos que en su juventud han lucido la plenitud de nuestro
carisma pasionista. El rostro de nuestra Congregación será hoy más
atrayente si todos nosotros, pero en especial vosotros, los jóvenes,
estáis decididos a dejaros llevar por el Espíritu y vivir la
radicalidad de nuestra vocación religiosa. Recordad cuando el P.
Norberto pronostica la santidad de Gabriel a su tío Juan Bautista en
una visita al novicio. Su tío responde con cierto escepticismo:
“¿Nada menos que santo? Me contentaría con que fuera un buen
religioso.” La contestación del P. Norberto resulta muy audaz y de
viva actualidad para nuestra aplicación: “No sé si un religioso que no
llega a santo ha sido un buen religioso.” Esta mística merece que
impregne hoy nuestra vocación pasionista y comunidades. Parece
circulaba en el corazón de nuestras comunidades, como vemos en su
maestro, en el mismo Gabriel, en el P. Germán, en el P. Bernardo…Era
expresión no sólo personal, sino estimo que muy comunitaria. Todo un
reto para nosotros muy posible como pasionistas.
La corta
vida de Gabriel nos muestra con mayor atractivo y brillo la grandeza
de su sencillez, su alegría y gozo interior, la intimidad con la Madre
Dolorosa y su amor por la Pasión de Cristo. Y todo en un delicado
espíritu fraterno que atraía a los hermanos de comunidad, y sacándole
gusto a la pobreza, penitencia y soledad, con el sueño de verse
sacerdote y misionero del Evangelio. De esta riqueza de la santidad de
Gabriel, en este momento de reestructuración y de interculturalidad
que vivimos, ¿qué referencia inmediata e imprescindible hemos de
potenciar en nuestra vida y vocación?. ¿Qué necesitamos interiorizar e
integrar en nuestro crecimiento de vida religiosa? ¿Creemos que San
Gabriel nos ofrece meramente la excelencia de algunas virtudes y
cualidades o descubrimos alguna otra dimensión ineludible que ha de
fundamentar y orientar nuestra vocación en este momento?
Entiendo
que la juventud y santidad de Gabriel, además de rezarle, se nos
presenta como algo más que la simple admiración e imitación de dos o
tres virtudes que le atribuimos de manera peculiar. Los valores y
virtudes que en él florecen se ahondan en unas raíces que lo
sostienen, que nosotros hemos de descubrir, y que han de configurar
nuestra vida hoy, porque son la impronta de nuestra identidad. Dicha
raíz quedaría constituida en dos palabras: Jesucristo Crucificado. Sin
poder recorrer en esta carta toda la dimensión de nuestra identidad y
su recorrido histórico, sí quiero que nos cuestionemos y afiancemos,
junto al testimonio de San Gabriel, estas dos dimensiones de nuestra
identidad vocacional. Afectan y configuran toda nuestra vida, que
hemos de tener muy claras y que no podemos relegar a una etapa o
rutina consabida, sino que siempre han de nutrir y ocupar la adhesión
totalizante de nuestra persona y comunidades. Con nuestro hermano
Gabriel os invito a penetrar este año en esa doble dimensión de
nuestra identidad vocacional, raíz de nuestro ser: la dimensión
cristológica y la dimensión carismática. Unidas son las que
fundamentan y nutren la totalidad de nuestra existencia personal y
comunitaria.
Identidad cristológica.
La
persona de Jesús de Nazaret ha de cautivar nuestra vida entera. Sólo
él tiene y es palabra de vida eterna. Si Cristo no despierta una
absoluta y continua pasión en nosotros, nuestra vocación no sólo
pierde atractivo, sino que como la sal vuelta sosa, mi vida religiosa
ya no sirve para nada. Jesucristo, no conviene olvidarlo, es la raíz y
la sabia de mi vocación religiosa, así como el fundamento y razón
última de mi existencia. Pues nadie puede poner otro fundamento que el
que ya está puesto, que es Jesucristo. (1ª Cor.3,11.)
Al margen
de Cristo todo se reduce a edificar sobre arena movediza. Sólo él es
la roca, la piedra angular de nuestra vida. Esta centralidad de la
persona de Jesús, no puede ser sustituida por ninguna otra ideología,
moda, doctrina o programa. La experiencia de esta identidad
cristológica revelada en la historia es lo único que debe sostener y
dinamizar nuestra vocación religiosa. Por ello es preciso cuidarla y
vivir en continua referencia a ella.
El joven,
llamado por Dios a la vida religiosa, ha de haber experimentado en sí
mismo un verdadero encuentro con Cristo para identificarse con él y
seguirle hasta la entrega total de su vida. Esta radicalidad
cristocéntrica es muy evidente en la vida de Gabriel. Su aspiración a
la santidad no era sino arder en ese vivo empeño y deseo de ser como
“mi amado Jesús”, siempre alentado por su Madre Dolorosa. Si
descuidamos esta dimensión fácilmente caeremos en la superficialidad,
en inculpar a otros de nuestro decaimiento, y la alegría se ausentará
de nosotros, con lo que habremos de cuestionarnos en nosotros mismos.
Ni la
ascesis, ni la comunidad, ni los votos, ni la misión, ni los pobres,
ni los carismas pueden tener consistencia si no están referidos
profundamente a Jesús de Nazaret, de quien derivan y manan como
verdadera fuente por la corriente de su Espíritu. Jesucristo es en
realidad el verdadero Evangelio a escuchar, amar, seguir y proclamar.
Una identidad fuerte de nuestra vocación no es posible sin una fuerte
experiencia (“cristológica”) de Jesús. Sin este amor a Jesucristo, que
nos ha llamado y amado primero, no encontraremos razón para justificar
y permanecer gozosos en nuestra vida vocacional, que resultará
imposible. Hemos de estar vigilantes en esta adhesión y unión a Jesús,
como el sarmiento a la vid, pues podemos proyectar nuestras quejas y
desalientos en los demás, en las circunstancias o ambiente, cuando el
problema se sitúa en mi propia raíz. Si me ocupo innecesariamente en
internet, a prodigar el chateo con otras amistades, no con los
hermanos de al lado, o ando pendiente de mi propio cuerpo y su
belleza, etc. si dedico más tiempo a estas trivialidades que, por
ejemplo, a Jesús sacramentado, es evidente que mi amor está en otra
fiesta. Si me refugio en mí mismo como un escape, no obedezco, porque
confundo que se me anula mi libertad, o no soy sincero y transparente
en mi vivir con mis formadores, a ver qué madurez humana y evangélica
puede sostener mi presencia en una comunidad de Jesús. Estar
identificado con Cristo no es compatible con una identidad caprichosa,
consumista, sensual o secularizada. No podemos querer estar en la vida
religiosa y mantener una identidad laica o mundana
Si
perdemos esta vertiente cristocéntrica todo el edificio de nuestra
vida religiosa se desmorona. Nuestro pensar, vivir, actuar y
proyección ha de estar siempre íntimamente referido a la persona de
Jesús de Nazaret, su palabra, sus hechos y su vida. Es evidente que
esta identidad teológica y cristológica atraviesa toda la juventud y
vida de San Gabriel y de nuestras mismas Constituciones. En su mismo
espíritu ha de configurar vuestra juventud y vocación para gozar y
contagiar una verdadera identidad religiosa, de personas consagradas.
Identidad carismática.
En la mente y el
corazón de nuestro San Padre, Pablo de la Cruz, estaba muy claro que
Dios era el único origen de la Congregación y que es Dios quien
inspira el carisma de la misma para “promover la vivificante memoria
de la Pasión de Jesús”, como nos relata en sus cartas.
Conviene
no olvidar esto en tiempos de reestructuración. No existimos por mero
análisis sociocultural de una época o por las necesidades de ese
tiempo. Todo esto y más puede motivar y favorecer la acción de Dios
como ambientación para que el Espíritu Santo, verdadero origen y
artífice de nuestro carisma, regale a la iglesia y al mundo ese don.
Nuestro existir y carisma poseen una verdadera referencia teologal que
se ha encarnado en esta historia.
A esa
identidad cristocéntrica señalada, si cabe apuntar en ella lo más
primordial y nuclear de la misma, es el Misterio Pascual, la Pasión de
Cristo. Con lo que resulta admirable y maravillosamente estimulante
nuestra identidad carismática teologal, netamente pasiocéntrica. Si
dentro de la vida y misterio de Cristo hay algo realmente esencial y
culminante es la plenitud de ese amor que entrega su vida en la cruz.
Un carisma que expresa la salvación de Dios para el hombre. Entre el
carisma inicial y el actual no existe ni puede existir contradicción
alguna, aunque sí desarrollo, como lo presentan nuestras
Constituciones. En ellas encontramos la identidad carismática de
nuestra vida y misión para la iglesia y el mundo.
Nuestro
carisma fundacional en Pablo de la Cruz es obra entera del Espíritu
Santo y en nosotros como continuadores de ese mismo espíritu. No
podemos, por tanto, encerrarlo en unas obras determinadas, que serán
su expresión histórica, y menos en concepciones juridicistas. Pero esa
identidad carismática nos lleva a una configuración íntegra con Cristo
Crucificado en nuestra vida y misión. Por ello identidad y misión no
se pueden separar y caminan unidas en nuestra historia.
La
identidad pasionista traspasó toda la vida de San Gabriel. Enseguida
captó que era el camino más corto para la santidad. Invitado a
compartir otros carismas, sobretodo por su padre al que tanto amaba,
al conocer el carisma pasionista le cautivó de tal manera que tuvo muy
clara su identidad y pertenencia para dejarse configurar con Cristo
Crucificado, colocándose en el Calvario “al pie de la Cruz”, nos dice
él, junto a María Dolorosa. Su identidad con el don pasionista fue de
tanta fidelidad que alguien dijo que sin conocer las Reglas
Pasionistas se podrían haber escrito tal cual eran al ver la vida y la
práctica de San Gabriel. Su caridad y amor a Jesús crucificado es tan
grande que resulta admirable en su vida penitente, en la oscuridad que
sintió también en la búsqueda de Dios, su enfermedad, e incluso, en
la temprana aceptación de su muerte. Por identificarse con el
crucificado nos dice que “todo sacrificio es poco.”
Queridos
jóvenes, aspirantes, postulantes, novicios, teólogos, estas dos
dimensiones no pueden quedar nunca difuminadas o ensombrecidas en
nuestra vocación. Son dos señas de identidad que nunca podrán
ocultarse en nuestra vida y que Gabriel nos las muestra con su
jovialidad y radicalidad. Vividas en comunidad,(otra seña también de
nuestra identidad fundante que ahora resultaría largo detenernos)
hemos de saber transmitirlas y contagiarlas con nuestro estilo de vida
para poder degustar la alegría de nuestra vocación pasionista. Alegría
que estamos compartiendo en Corella en estos días, en los que os
tenemos muy presentes. Orad por todos nosotros, nuestra Congregación y
Provincia, especialmente por los ancianos y los enfermos cada día. A
través de ellos nos llega la mejor tradición carismática que habremos
de entregar. Por ello sed todos y cada uno de vosotros impulsores de
esta llamada pasionista en el corazón de otros jóvenes con los que os
relacionéis y conocéis. Dios se sirve también de vosotros para llamar
a otros.
Un abrazo
para todos, con ganas ya de poder veros de nuevo. Recordad a los
novicios que hoy toman el hábito. ¡Felicidades a todos y mucho ánimo!
Que la Madre Dolorosa, como Gabriel, os afiance siempre al pie de la
Cruz.
Fernando Rabanal, cp
prep..prov.
Corella, 27 de febrero de 2008.
Fiesta de San Gabriel de la Dolorosa. |