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SAN GABRIEL  2008

Carta a los jóvenes de la Provincia, Formadores y Comunidades Formativas.

 

Queridos hermanos:

            La fiesta de San Gabriel  nos sorprende este año en Corella, donde asistimos a un Curso Intensivo de Formación y Espiritualidad Pasionista. Tan densa es la programación que apenas queda tiempo para poder extraer el espacio  necesario y escribiros detenidamente. Pero no quería que pasara este día de San Gabriel, patrono de toda la juventud pasionista, sin enviaros unas palabras de comunión y aliento en vuestro inicio y crecimiento pasionista. A todas las comunidades formativas de El Salvador, México, Guatemala, Cuba, Venezuela y España llegue el saludo, vivo interés y plegaria de mis Consultores, Gastón y Laurentino y de los compañeros que están realizando este curso de formación permanente en la nueva casa de Corella.

            La sencillez  y brevedad de la vida de San Gabriel, nos manifiesta que la santidad es un logro al alcance de nuestra mano. Ser joven y ser santo pasionista se armonizan y unen atractivamente en Gabriel, como en otros hermanos que en su juventud han lucido la plenitud de nuestro carisma pasionista. El rostro de nuestra Congregación será hoy más atrayente si todos nosotros, pero en especial vosotros, los jóvenes,  estáis decididos a dejaros llevar por el Espíritu y vivir la radicalidad de nuestra vocación religiosa. Recordad cuando el P. Norberto pronostica la santidad de Gabriel a su tío Juan Bautista en una visita al novicio. Su tío responde con cierto escepticismo: “¿Nada  menos que santo? Me contentaría con que fuera un buen religioso.” La contestación del P. Norberto resulta muy audaz y de viva actualidad para nuestra aplicación: “No sé si un religioso que no llega a santo ha sido un buen religioso.” Esta  mística merece que impregne hoy nuestra vocación pasionista y comunidades. Parece circulaba en el corazón de nuestras comunidades, como vemos en su maestro, en el mismo Gabriel, en el P. Germán, en el P. Bernardo…Era expresión no sólo personal, sino estimo que muy comunitaria. Todo un reto para nosotros muy posible como pasionistas.

            La corta vida de Gabriel nos muestra con mayor atractivo y brillo la grandeza de su sencillez, su alegría y gozo interior, la intimidad con la Madre Dolorosa y su amor por la Pasión de Cristo. Y todo en un delicado espíritu fraterno que atraía a los hermanos de comunidad, y sacándole gusto a la pobreza, penitencia y soledad, con el sueño de verse sacerdote y misionero del Evangelio. De esta riqueza de la santidad de Gabriel, en este momento de reestructuración y de interculturalidad que vivimos, ¿qué referencia inmediata e imprescindible hemos de potenciar en nuestra vida y vocación?. ¿Qué necesitamos interiorizar e integrar en nuestro crecimiento de vida religiosa? ¿Creemos que San Gabriel nos ofrece meramente la excelencia de algunas virtudes y cualidades o descubrimos alguna otra dimensión ineludible que ha de fundamentar y orientar nuestra vocación en este momento?

            Entiendo que la juventud y santidad de Gabriel, además de rezarle, se nos presenta como algo más que la simple admiración e imitación de dos o tres virtudes que le atribuimos de manera peculiar. Los valores y virtudes que en él florecen se ahondan en unas raíces  que lo sostienen, que nosotros hemos de descubrir, y que han de configurar nuestra vida hoy, porque son la impronta de nuestra identidad. Dicha raíz quedaría constituida en dos palabras: Jesucristo Crucificado. Sin poder recorrer en esta carta toda la dimensión de nuestra identidad y su recorrido histórico, sí quiero que nos cuestionemos y afiancemos, junto al testimonio de San Gabriel, estas dos dimensiones de nuestra identidad vocacional. Afectan y configuran toda nuestra vida, que  hemos de tener muy claras y que no podemos relegar a una etapa o rutina consabida, sino que siempre  han de nutrir y ocupar la adhesión totalizante de nuestra persona y comunidades. Con nuestro hermano Gabriel os invito a penetrar este año en esa doble dimensión de nuestra identidad vocacional, raíz de nuestro ser: la dimensión cristológica y la dimensión carismática. Unidas son las que fundamentan y nutren la totalidad de nuestra existencia personal y comunitaria.

 

Identidad cristológica.

            La persona de Jesús de Nazaret ha de cautivar nuestra vida entera. Sólo él tiene y es palabra de vida eterna. Si Cristo no despierta una absoluta y continua pasión en nosotros, nuestra vocación no sólo pierde atractivo, sino que como la sal vuelta sosa, mi vida religiosa ya no sirve para nada. Jesucristo, no conviene olvidarlo, es la raíz y la sabia de mi vocación religiosa, así como el fundamento y razón última de mi existencia. Pues nadie puede poner otro fundamento que el que ya está puesto, que es Jesucristo. (1ª Cor.3,11.)

            Al margen de Cristo todo se reduce a edificar sobre arena movediza. Sólo él es la roca, la piedra angular de nuestra vida. Esta centralidad de la persona de Jesús, no puede ser sustituida por ninguna otra ideología, moda, doctrina o programa. La experiencia de esta identidad cristológica revelada en la historia es lo único que debe sostener y dinamizar nuestra vocación religiosa. Por ello es preciso cuidarla y vivir en continua referencia a ella.

            El joven, llamado por Dios a la vida religiosa, ha de haber experimentado en sí mismo un verdadero encuentro con Cristo para identificarse con él y seguirle hasta la entrega total de su vida. Esta radicalidad cristocéntrica es muy evidente en la vida de Gabriel. Su aspiración a la santidad no era sino arder en ese vivo empeño y deseo de ser como “mi amado Jesús”, siempre alentado por su Madre Dolorosa. Si descuidamos esta dimensión fácilmente caeremos en la superficialidad, en inculpar a otros de nuestro decaimiento, y la alegría se ausentará de nosotros, con lo que habremos de cuestionarnos en nosotros mismos.

            Ni la ascesis, ni la comunidad, ni los votos, ni la misión, ni los pobres, ni los carismas pueden tener consistencia si no están referidos profundamente a Jesús de Nazaret, de quien derivan y manan como verdadera fuente por la corriente de su Espíritu. Jesucristo es en realidad el verdadero Evangelio a escuchar, amar, seguir y proclamar. Una identidad fuerte de nuestra vocación no es posible sin una fuerte experiencia (“cristológica”) de Jesús. Sin este amor a Jesucristo, que nos ha llamado y amado primero, no encontraremos razón para justificar y permanecer gozosos en nuestra vida vocacional, que resultará imposible. Hemos de estar vigilantes en esta adhesión y unión a Jesús, como el sarmiento a la vid,  pues podemos proyectar nuestras quejas y desalientos en los demás, en las circunstancias o ambiente, cuando el problema se sitúa en mi propia raíz. Si me ocupo innecesariamente en internet, a prodigar el chateo con otras amistades, no con los hermanos de al lado, o ando pendiente de mi propio cuerpo y su belleza, etc. si dedico más tiempo a estas trivialidades que, por ejemplo, a Jesús sacramentado, es evidente que mi amor está en otra fiesta. Si me refugio en mí mismo como un escape, no obedezco, porque confundo que se me anula mi libertad, o no soy sincero y transparente en mi vivir con mis formadores, a ver qué madurez humana y evangélica puede sostener mi presencia en una comunidad de Jesús. Estar identificado con Cristo no es compatible con una identidad caprichosa, consumista, sensual o secularizada. No podemos querer estar en la vida religiosa y mantener una identidad laica o mundana

            Si perdemos esta vertiente cristocéntrica todo el edificio de nuestra vida religiosa se desmorona. Nuestro pensar, vivir, actuar y proyección ha de estar siempre íntimamente referido a la persona de Jesús de Nazaret, su palabra, sus hechos y su vida. Es  evidente que esta identidad teológica y cristológica atraviesa toda la juventud y vida de San Gabriel y de  nuestras mismas Constituciones. En su mismo espíritu ha  de configurar  vuestra juventud y vocación  para gozar y contagiar una verdadera identidad religiosa, de personas consagradas.

 

Identidad carismática.

         En la mente y el corazón de nuestro San Padre, Pablo de la Cruz, estaba muy claro que Dios era el único origen de la Congregación y que es Dios quien inspira el carisma de la misma para “promover la vivificante memoria de la Pasión de Jesús”, como nos relata en sus cartas.

            Conviene no olvidar esto en tiempos de reestructuración. No existimos por mero análisis sociocultural de una época o por las necesidades de ese tiempo. Todo esto y más puede motivar y favorecer la acción de Dios como ambientación para que el Espíritu Santo, verdadero origen y artífice de nuestro carisma, regale a la iglesia y al mundo ese don. Nuestro existir y carisma poseen una verdadera referencia teologal que se ha encarnado en esta historia.

            A esa identidad cristocéntrica señalada, si cabe apuntar en ella lo más primordial y nuclear de la misma, es el Misterio Pascual, la Pasión de Cristo. Con lo que resulta admirable y maravillosamente estimulante nuestra identidad carismática teologal, netamente pasiocéntrica. Si dentro de la vida y misterio de Cristo hay algo realmente esencial y  culminante es la plenitud de ese amor que entrega su vida en la cruz. Un carisma que expresa la salvación de Dios para el hombre. Entre el carisma inicial y el actual no existe ni puede existir contradicción alguna, aunque sí desarrollo, como lo presentan nuestras Constituciones. En ellas encontramos la identidad carismática de nuestra vida y misión para la iglesia y el mundo.

            Nuestro carisma fundacional en Pablo de la Cruz es obra entera del Espíritu Santo y en nosotros como continuadores de ese mismo espíritu. No podemos, por tanto, encerrarlo en unas obras determinadas, que serán su expresión histórica, y menos en concepciones juridicistas. Pero esa identidad carismática nos lleva a una configuración íntegra con Cristo Crucificado en nuestra vida y misión. Por ello identidad y misión no se pueden separar y caminan unidas en nuestra historia.

            La identidad pasionista traspasó toda la vida de San Gabriel. Enseguida captó que era el camino más corto para la santidad. Invitado a compartir otros carismas, sobretodo por su padre al que tanto amaba,  al conocer el carisma pasionista le cautivó de tal manera que tuvo muy clara su identidad y pertenencia  para dejarse configurar con Cristo Crucificado, colocándose en el Calvario “al pie de la Cruz”, nos dice él, junto a María Dolorosa. Su identidad con el don pasionista fue de tanta fidelidad que alguien dijo que sin conocer las Reglas Pasionistas se podrían haber escrito tal cual eran al ver la vida y la práctica de San Gabriel. Su caridad y amor a Jesús crucificado es tan grande que resulta admirable en su vida penitente, en la oscuridad que sintió también en la búsqueda de Dios, su enfermedad, e incluso,  en la temprana aceptación de su muerte. Por identificarse con el crucificado nos dice que “todo sacrificio es poco.”

            Queridos jóvenes, aspirantes,  postulantes, novicios, teólogos, estas dos dimensiones no pueden quedar nunca difuminadas o ensombrecidas en nuestra vocación. Son dos señas de identidad que nunca podrán ocultarse en nuestra vida y que Gabriel nos las muestra con su jovialidad y radicalidad. Vividas en comunidad,(otra seña también de nuestra identidad fundante que ahora resultaría largo detenernos) hemos de saber transmitirlas y contagiarlas con nuestro estilo de vida para poder degustar la alegría de nuestra vocación pasionista. Alegría que estamos compartiendo en Corella en estos días, en los que os tenemos muy presentes. Orad por todos nosotros, nuestra Congregación y Provincia, especialmente por los ancianos y los enfermos cada día. A través de ellos nos llega la mejor tradición carismática que habremos de entregar. Por ello sed todos y cada uno de vosotros impulsores de esta llamada pasionista en el corazón de otros jóvenes con los que os relacionéis y conocéis. Dios se sirve también de vosotros para llamar a otros.

            Un abrazo para todos, con ganas ya de poder veros de nuevo. Recordad a los novicios que hoy toman el hábito. ¡Felicidades a todos y mucho ánimo! Que la Madre Dolorosa, como Gabriel, os afiance siempre al pie de la Cruz.

                       

                                                                                  Fernando Rabanal, cp

                                                                                              prep..prov.

Corella, 27 de febrero de 2008.

Fiesta de San Gabriel de la Dolorosa.

 

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