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Navidad ´07
Carta felicitación del P.
Provincial
Queridos hermanos:
¡Es Navidad! ¡Qué gozo inunda de
nuevo nuestra casa! Es Dios quien sirve la alegría y su presencia
en nuestra carne. ¡Con qué facilidad decimos que Dios se hizo
hombre! ¡Ay! ¡Qué misterio más inefable esta dialéctica real
Dios-Hombre! No se trata de un mero aniversario, sino que es
también un misterio todavía. No es sólo una celebración, sino que
algo acontece aún hoy en ese encuentro.
Ni la ley, la costumbre o la
“tradición” posibilitan la navidad. La verdadera Navidad hoy, como
la primera de entonces, es obra del Espíritu Santo en nosotros.
Conviene no descuidar esta evidencia pues de ella depende toda la
fuerza y acción que nos sumerge en su misterio. Incluso cuando
decimos: “¡Feliz Navidad!” estamos expresando una
“bienaventuranza”, como algo que atrae mediante una promesa de
felicidad. Es una atracción muy honda del corazón que se siente
amado y seducido por el Espíritu de Dios. Así San Agustín nos dice
que “Cada uno, en efecto, es atraído por aquello que desea.” Esta
noche la atracción de Dios es tan fuerte que se desborda
incomprensiblemente en nuestra debilidad humana. ¡Misterio de
Amor! Algo apasionante le ha cautivado al mismo Dios para obrar
así, que todavía nosotros, según parece, no hemos logrado captar
en nuestros propios semejantes humanos. Pero algo sucede también
en el seno de la misma Trinidad cuando el Hijo se hace carne.
El asombro y estupor ya no proviene de los
truenos, el relámpago o el humo del Sinaí, sino de la ternura,
humildad y pobreza de Belén. Parece que hasta Dios ha decidido
cambiar de atributos y de signos al revelarse en un Niño. “¿Quién
no será humilde?” decía San Pablo de la Cruz. “Mirad, hermanos, la
humildad de Dios” exclamaba San Francisco de Asís en una carta. Y
ambos, como tantos otros, irrumpían en lágrimas y en verdadero
gozo y silencio interior. Esta noche Dios se abaja hasta inundar
lo más hondo de nuestro corazón, como el agua del río desciende
hasta la llanura para abismarse en el mar. Una silenciosa fusión
cuyo abrazo es todo gratuidad de su amor.
Tanto los personajes como el
relato natalicio proclaman un vibrante y continuado contenido de
alegría y humildad. El origen de toda esta manifestación tiene su
protagonismo e iniciativa en el mismo corazón de Dios. “Dios ha
visitado a su pueblo” “Se alegra mi espíritu en Dios mi salvador”
“Os anuncio una gran alegría: Hoy en la ciudad de Belén os ha
nacido un salvador”.
“Palabra” de Alegría.
Hemos de dejar que resuene en nuestra comunidad religiosa y
congregación la misma palabra del profeta: “Jerusalén, despójate
de tu tristeza.” (Ba. 5,1.) Nuestra vida religiosa necesita con
premura descubrir esa alegría de Dios con nosotros. No es una
alegría sólo para la eternidad, sino también para esta humanidad
nuestra de cada día. Alegría que proviene de Dios, pues Él actúa
en el tiempo y en esta historia con su encarnación. Una gota de
acción divina provoca una oleada inmensa de alegría de generación
en generación. Si esta alegría del actuar de Dios no inunda
nuestra vida religiosa pasionista, ¿dónde vamos a beber,
saciarnos, y contagiar ese gozo? ¿Acaso no captamos el actuar del
Espíritu de Dios con nosotros, no sólo ayer, sino en el hoy y
presente de nuestra vida?
Si hay un testimonio que espera
hoy de nosotros este mundo insatisfecho y consumista, es ante todo
el de la alegría. En torno al acontecimiento de Navidad revivimos
esta alegría, consecuencia del actuar de Dios, y se nos muestra
que es posible saborearla y contagiarla.
Primero como memoria. En
este sentido diría que tenemos más razones objetivas que María y
José, para ver que Dios ha cumplido siempre su palabra. Así lo
vemos en toda la historia de la Iglesia, en nuestra propia
Congregación y en nuestra misma vocación. Una memoria gozosa,
resucitada nos precede siempre.
Pero la alegría nos alcanza
también ahora por medio de la presencia. No menos
importante, pues Dios sigue estado en medio de nosotros hasta el
fin de los siglos. No podemos ser ingratos, pero tampoco vivir de
cara al pasado. Nuestro presente es prometedor y santificante
porque Dios sigue actuando en nosotros y él hace brotar algo
nuevo, ¿no lo notáis? (Is. 43, 18-19.) “Ahora te hago saber cosas
nuevas, secretas, no sabidas, que han sido creadas ahora, no hace
tiempo, de las que hasta ahora nada oíste.” (Is.48, 6-7.) Habría
que estar muy ciegos para no vislumbrar este amplio incipiente y
nuevo florecimiento espiritual que está brotando en la vida
religiosa, laicos, la solidaridad, la evangelización, el anhelo
contemplativo, familias misioneras... y las continuas maravillas
del Espíritu que nos hace gozar y agradecer este presente de
nuestra historia.
La alegría escatológica que es
revulsivo imparable de nuestra vocación religiosa. Crece y crece
hasta el gozo eterno, sin cambiar de objeto y proyección: El Dios
vivo y verdadero, revelado en su Hijo encarnado, crucificado,
resucitado y glorioso. Aquí estamos “alegres en la esperanza”, spe
gaudentes. (Rm.12,12.) Luego será alegres en la plena posesión, el
cielo, que Dios prepara a los que le aman, que ni el ojo vio, ni
el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó. (1Cor.2,9.) ¡Cómo
podemos degustar esta alegría, hermanos, sobretodo en las horas
de sufrimiento y en la misma celebración eucarística!
Finalmente una alegría
interior. Claro que la alegría humana es interior también.
Cierto. Pero esta alegría evangélica va más hondo que lo emocional
o psicológico. En definitiva brota de Dios- en- nosotros. Es
gracia del actuar de Dios en nuestro corazón, “fruto del Espíritu”
(Ga.5,22; Rm.14,17.) Si nuestra vida religiosa decimos también que
es desposada con el Señor, lo más atrayente y gratificante para un
esposo es ver siempre alegre la cara y el tipo de su esposa,
porque refleja que él la colma felizmente. Este testimonio lo
reclaman hoy todos de nosotros: el mundo, la iglesia, la
comunidad, el mismo Señor.
Los hombres buscan la alegría.
San Agustín decía que “con sólo oírla nombrar, todos se yerguen y
te miran las manos para ver si estás en condiciones de darles algo
que alivie sus necesidades.” Si no estuviéramos hechos para la
alegría no la amaríamos. Tal vez en navidad se percibe más esta
nostalgia de alegría. La gente compra muchas cosas, los niños
juguetes, algunos se sensibilizan momentáneamente con los que
sufren, pero parece que enseguida las caras siguen tristes, las
familias no se dan la mano y la paz sigue ausente, o como mucho,
negociándose entre los pueblos. Percibo el grito duro y retador
que dirigía el profeta y que nos sacude desde dentro y fuera de
nuestras comunidades: “Dijeron vuestros hermanos que os aborrecen,
que os rechazan por causa de mi nombre: Que Yahvé muestre su
gloria y veamos vuestra alegría.” (Is.66,5.) Es el signo que hemos
de mostrar. En nuestra alegría vocacional y comunitaria
descubrirán los demás la gloria de Dios, que Dios es Amor y que
el hombre no puede hacer ni ser otra cosa que amor.
Evidente que esta alegría no está
exenta de sufrimiento y tribulación. Como no se pueden separar
encarnación pasión y resurrección. Es más, se nos requiere estar
en la cruz para poder hablar y vivir esa alegría, porque es en la
cruz donde se da el salto de lo humano a lo divino, donde acontece
el verdadero actuar de Dios en la historia para salvarnos. Es la
cruz la que mantiene la alegría y esperanza de los hombres y
desposeídos. San Francisco de Asís decía que es en el sufrimiento
donde se experimenta “la perfecta felicidad”. Claro que la
experimentamos también en otros lugares, pero en la cruz toca la
perfección. Por eso San Pablo de la Cruz nos cita a contemplar la
navidad y el niño desde su cruz y pasión.
“Palabra” en la pobreza.
Parafraseando al profeta Baruc ahora podíamos decir: Jerusalén
despójate de tu riqueza. La ambientación de la Navidad evangélica
aparece envuelta en la humildad y pobreza. Si por el hecho
de la encarnación Dios asume, de alguna manera, a todo hombre, por
el modo de la encarnación ha asumido de manera concreta al
pobre, al que sufre, con quienes ha querido identificarse. Este
pensamiento de varios padres de la Iglesia es muy elocuente en
nuestra sociedad actual. En el propio nacimiento de Cristo aparece
ya el contraste
entre dos mundos simbolizados en la posada,
donde no había lugar, y el establo, donde tienen que colocarse su
madre y José para que nazca el Niño.
Prescindimos aquí de esa pobreza
material negativa, que hemos de combatir, y no querida por Dios,
que es la de las grandes mayorías empobrecidas. Y dejamos la
pobreza espiritual negativa, de quienes carecen de valores y
bienes de espíritu, la pobreza de los ricos. Para fijarnos en la
pobreza que nos muestra el Niño en su nacimiento y a lo largo de
su vida: la pobreza material positiva, evangélica, libremente
asumida, digna de cultivar, y la pobreza espiritual positiva hecha
de confianza y abandono en el Padre, en realidad muy unida a la
otra, y que es la verdadera riqueza de los pobres. Esta pobreza
positiva, material y espiritual, debe dinamizar nuestra vida
religiosa necesariamente.
Necesitamos abrir más las
ventanas de nuestros ojos para sensibilizarnos en el dolor de
tantos desposeídos. La indiferencia, el “pasar de largo” es uno de
nuestros peligros que ya vemos cómo lo juzga el Señor ante el
caído y acogido por el samaritano. Pero sobretodo necesitamos
abrir los ojos del corazón para que el pobre no sea un extraño,
sino mi hermano, de nuestra familia. Y esto no por razonamientos
subjetivos o antropológicos. Desde la encarnación de Cristo la
pobreza, los pobres, adquieren para nosotros una verdadera y honda
dimensión cristológica. El mismo Jesús que dijo “Esto es mi
cuerpo” afirma: lo que hacéis a uno de estos “a mí me lo hacéis”.
(Mt.25.) Cuesta mucho entender que podamos comer cada día a Cristo
Cabeza y no hacer una buena digestión y nutrición en sus miembros
más necesitados.(No cito aquí por su largura, pero os recomiendo
leáis el texto de San Juan Crisóstomo de la Liturgia de las Horas,
Tomo IV, sábado XXI, pp.134-136.) En la vida del filósofo Pascal,
escrita por su hermana, en su enfermedad, no pudiendo recibir el
viático, porque no retenía alimento alguno, pidió que le llevasen
a un pobre a la habitación para que “no pudiendo comulgar con la
Cabeza, pueda al menos comulgar con su cuerpo.” San León Magno nos
dice en el sermón sobre la Ascensión que “todas las cosas
referentes a nuestro Redentor, que antes eran visibles, han pasado
a ser ritos sacramentales.”
Nuestra vida religiosa no
renacerá si no ponemos nuestro corazón en medio de los pobres como
lo hizo el Señor al encarnarse. Ya nos decía Pablo de la Cruz que
de esta dimensión dependía nuestra existencia congregacional. Los
pobres son un reclamo que van a dinamizar y renovar nuestra
consagración religiosa. A ellos les anunciamos la Buena Noticia,
pero ellos nos revelan al Autor de la misma, “ a mí me lo
hicisteis”. La iglesia de los pobres, expresión acuñada por el
Beato Papa Juan XXIII con motivo del Concilio, (en AAS. 54,
1962,628.) abraza y nos lanza, no sólo a los que están bautizados
en ella, sino en cierto sentido a todos los pobres de la tierra.
Su pobreza y dolor es su bautismo de sangre. Si los cristianos
hemos sido “bautizados en la muerte de Cristo” (Rm.6,3.) ¿quién,
sino ellos, reciben un bautismo constante en la muerte y
padecimientos de Cristo? La gracia y fe de la Iglesia puede suplir
también en ellos. Ahora en navidad recordamos precisamente a los
Santos Inocentes, que no teniendo fe, veneramos como santos.
Porque ellos sufrían por Cristo, decimos. Pero en los pobres hay
todavía más: Cristo sufre en ellos. No porque ellos sean buenos o
malos, se declaren o no pertenecientes a Cristo, sino porque
Cristo les ha declarado pertenecientes a sí mismo: “A mí me lo
hicisteis.” Ningún fundador de religión alguna ha tenido esta
identificación de vida y amor con los pequeños.
Elegimos ser pobres porque queremos
identificarnos y ser como Cristo quien “siendo rico se hizo
pobre”, según nos proponen radicalmente nuestras Constituciones.
Podíamos decir de los pobres lo que Jesús afirma de los eunucos.
Que hay pobres porque han nacido así. Otros por la mano injusta de
los hombres. Y otros porque hemos elegido ser pobres por Él y la
entrega a su Reino. Pero cuidado, elegimos ser pobres no para
encontrar el Reino, sino porque hemos encontrado ese tesoro del
Reino. Nos hemos encontrado con Cristo que nos ha llenado, y
libremente elegimos ser pobres. La pobreza no es la causa de ese
Reino, sino su efecto en nosotros, el gozo de habernos seducido el
mismo Cristo. Y esto es muy importante recordarlo porque, a veces,
en el terreno de nuestra pobreza nos contentamos con obtener un
permiso del superior de turno. Y Jesús va más allá y puede
pedirnos mucho más que cualquier superior. Incluso con todos los
permisos de superiores, por tanto de acuerdo a unas leyes, el
Espíritu en mi interior me esté pidiendo algo distinto y más
radical para afirmar esa sobriedad y austeridad de vida, que será
don atrayente y estímulo para edificación de todos los hermanos.
Nuestra opción por la pobreza
evangélica hace inseparable esa pobreza material de la pobreza de
espíritu. No podemos contraponerlas. La una exige la otra. No
podemos vivir una pobreza espiritual desencarnada. Ni la pobreza
material es en sí misma grado de virtud. De nuevo hemos de aparcar
los dualismos, o recordar que lo que Dios ha unido no podemos
nosotros separarlo. Esta pobreza evangélica material y espiritual
está muy bien fusionada en nuestras Constituciones, (Cons.10, 14.)
Para San Agustín “El humilde es el pobre de espíritu”. Y
siguiendo a Isaías, San Juan Crisóstomo nos dirá que los
verdaderos pobres son los hombres “de un corazón humilde y
espíritu quebrantado”. San Juan de la Cruz la entiende como
“desnudez” de todos los bienes que residen en el alma, como
deseos, apetitos o consolaciones. El verdadero pobre es aquel “que
ha puesto el todo en la nada.” Humildad y confianza para
abandonarnos en Dios, para que sea Él en nosotros, resultan ser
los dos elementos esenciales de esa pobreza espiritual. Nuestra
opción religiosa, hecha en la fe, por Dios y su Reino, en el
seguimiento y configuración con Cristo, hacen de la pobreza una
dimensión unitaria en nosotros. Es Dios quien nos llama y nos
configura con su Espíritu en el ser y en el actuar. Él está en el
origen y el fin de nuestra consagración. Y la vivencia de esta
pobreza de espíritu ya no es sólo virtud ascética, (para la que
también necesitamos su gracia) sino mística. Y aquí, además de esa
pobreza material que encontramos en el pesebre, en el nacimiento
del Niño, tiene lugar una verdadera Navidad de Dios en nuestra
alma. Con razón decimos que ¿de qué sirve que Dios haya nacido si
no nace en nosotros, en nuestra vida y corazón? Y aquí desemboca
y nos encontramos con todo el afán y la mística vivencial de
nuestro Santo Padre: “Ya que el dulcísimo Jesús nace... hagámonos
también nosotros niños con Él, escondiéndonos cada vez más en
nuestra verdadera nada, humildes, sencillos como niños, con exacta
obediencia, sencillez, claridad de conciencia, amor a la santa
pobreza, amor grande al padecer y, sobre todo , una auténtica
simplicidad infantil, en la verdadera y exacta observancia de las
Santas Reglas y Constituciones.” (Carta al P. Fulgencio) Y en
carta al P. Marcos Aurelio le habla de la “Mística Divina Navidad
de la que brotan esos sentimientos piadosísimos... que son efecto
de ese primario tesoro de la nada, pasivo modo con que el alma
queda enriquecida... y que acontece en la medianoche más oscura de
la fe.”
Escuchando a los místicos algunos nos podemos
sentir tan lejanos que nos desmotivemos. Nada de eso y menos un
pasionista. Si no podemos llegar a esa pobreza espiritual tan
sublime, porque nos resulte alta, todos podemos empezar por la
pequeña y concreta de cada día. Para ello aquí Francisco de Asís
nos señala algunos pasos muy al alcance nuestro: “Hay muchos –
escribe- que, entregándose a continuas oraciones y plegarias, con
muchas abstinencias y asperezas mortifican a sus cuerpos; pero con
una sola palabrilla que conozcan injuriosa a sus personas o por
una niñería que les quiten, se desazonan al instante y se turban.
Éstos no son verdaderamente pobres de espíritu, porque quien es
verdaderamente pobre de espíritu se odia a sí mismo y ama de veras
a los que le hieren en la mejilla.” Como vemos tenemos muchas
ocasiones para el ejercicio de la pobreza espiritual. ¡Cuanto
camino queda por recorrer, al menos a quien os escribe, en la
pobreza material y espiritual!
Creo que la alegría y la pobreza
son los dos pañales que envuelven el Amor de Dios hecho Niño en
esta noche. Igualmente pueden envolver nuestra vida religiosa para
que nuestras comunidades renazcan por el Espíritu y sean signos
creíbles de ese Dios Encarnado, Crucificado y Resucitado. Alegría
y pobreza son dos señales irrenunciables de esa vida pasionista
que está renaciendo. Al escribiros algunas de estas palabras he
tenido muy cercana la imagen del algunos hermanos que guardo en mi
memoria y que ya celebran la navidad junto al Padre. También han
sido luz de Dios en nuestra familia.
Con mis consultores Gastón y
Laurentino os abrazamos a todos especialmente en esta noche santa,
con un recuerdo hecho oración en el portal por cada hermano y cada
comunidad, especialmente a los novicios, estudiantes, (con un
cariño especial hacia Carlos Talavera y su familia, cuya mamá
falleció en estos días,) y a todos los enfermos. A toda la
Familia Pasionista una muy ¡Feliz Navidad!
Fernando Rabanal, cp
Prep.prov.
Zaragoza, 22 de Diciembre de 2007
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