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A TODOS LOS RELIGIOSOS DE LA CONGREGACIÓN

   
     

CARTA FELICITACIÓN 

DE LA 

CURIA GENERAL

NAVIDAD 2007

 

 

 

Carta del Padre General a la Congregación

 

Queridos religiosos, religiosas y miembros de la Familia Pasionista:

El Adviento nos pone en viaje, como a María y a José, para celebrar con ellos el Nacimiento de Jesús en Belén. Se trata de un acontecimiento salvador que hay que vivir con recogimiento y contemplación gozosa, ya que el Niño Jesús es la promesa de Dios que queda visible, su Palabra de Amor  que se hace hombre, sin dejar de ser el Hijo de Dios, el misterio de salvación convertido en levadura para transformarlo, grano de trigo sembrado en un nuevo camino: “Os anuncio una gran alegría para todo el pueblo: en la ciudad de David os ha nacido hoy un salvador, nada menos que el Cristo y Señor; encontraréis al niño envuelto en pañales”. Esta noticia del nacimiento no se pregona a los poderosos de la tierra, como hubiera sido razonable  para mayor credibilidad y notoriedad  y para mejores resultados, como nosotros racionaríamos ahora con mentalidad de materialistas mundanos; sin embargo, bien sabemos que los poderosos instrumentos de comunicación social estuvieron ausentes: el anuncio de la salvación se hizo a unos pastores que se preocupaban de sus rebaños: “Un ángel del Señor se les apareció y se vieron envueltos en la gloria del Señor...” (Lc 2,9).

            Ésta será en adelante la nueva medida de Dios, que se manifiesta a los pequeños y débiles, pues Él mismo se presenta  como Niño envuelto en pañales y depositado en un pesebre.

            Más tarde, ya adulto, se identificará, según Mt 25, con los emigrantes, los encarcelados, los prisioneros y marginados que el mundo produce con las injusticias; se verá crucificado entre dos malhechores; y su madre, “la bendita entre las mujeres”, estará allí junto a la cruz acompañada por Juan y algunas piadosas mujeres,  y acaso por la madre llorosa de cada uno de los ladrones crucificados con su Hijo. Y se le partirá el corazón fuera de Jerusalén, sin que se le quiebre la lámpara de la fe: “No temas, María, concebirás y darás a luz un hijo al que llamarás Jesús; será el Hijo del Altísimo; el Señor Dios le sentará en el trono de David, su padre, y su reino no tendrá fin” (Lc 1, 30-33).

El evangelista san Lucas recuerda en dos ocasiones, una al hablar de los hechos extraordinarios ocurridos en Belén, y otra al narrar la pérdida del Niños Jesús en el templo y su reencuentro, que “María, su madre,  guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc 2, 19, y Lc 2, 51).

Estando en el Calvario María comprenderá a qué reino se refería el Señor con el anuncio del ángel Gabriel, y de qué espada hablaba el anciano Simeón en el episodio de la presentación del Niños Jesús en el templo (Lc 2, 35). El plan de salvación se pone de relieve junto a la cruz en la tarde del Viernes Santo, cuando la oscuridad cubrió la tierra y llegó a ser claro el sentido del “Gloria a Dios en  el cielo” que entonaron los ángeles en la noche santa de Belén (Lc 2, 13). La cruz será la gloria del Padre como manifestación de amor hacia el Hijo en cuyo nombre se nos da, mediante la efusión del Espíritu Santo, la vida nueva como gracia. Recordemos la emoción intensa con que San Pablo de la Cruz guardaba y veneraba la imagen del Niño Jesús recostado sobre la cruz.

            En Navidad, siguiendo a los pastores que guardaban su rebaño, “vayamos a Belén a ver qué es lo que ha ocurrido”, y encontraremos a María, a José y al Niño, es decir, una familia, y de allí regresaremos glorificando y alabanado a Dios después de haber reconocido en el Niño “al Señor de los señores”; pues después de tal encuentro se habrá realizado “el encuentro con una esperanza más fuerte que los sufrimientos de la esclavitud y que por eso transforma la vida y el mundo” (Benedicto XVI, “Spe salvi”). Jesús será, pues, el grano de trigo en Belén, y a la vez la levadura depositada en el sepulcro, que con la resurrección salvará al mundo y vencerá el pecado y la muerte. Su encarnación será una silenciosa revolución de amor que, sin recurrir a luchas sociales, transformará el mundo. Él es Aquel que esperábamos y que finalmente se nos ha dado.

            Sin embargo, a pesar de que Juan el Bautista nos los presentó como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, nos asaltan las dudas. Juan Bautista había sido radical en su juicio: “Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira que os amenaza”? (Lc 3, 7). Según Juan Bautista, el Mesías ya próximo a llegar, más aún, ya presente entre nosotros, se comportaría con extremo rigor, “pondrá la segur  en la raíz de los árboles” para cortarlos y arrojar al fuego  a  todos los árboles que no hayan dado  buenos frutos...  El lleva en sus manos el bieldo para separar la paja y el grano”. Sin embargo, Jesús nos habla de misericordia, se nos presenta como un Buen Pastor que se afana por recuperar a la oveja perdida en los montes, y  nos habla de la parábola del hijo pródigo, y anuncia su Pasión. ¿Es éste Emanuel, “dios con nosotros”? Juan el Bautista, ya encarcelado, quiere salir de su perplejidad y mostrárselo a los discípulos: “Habiendo oído hablar de lo que Cristo hacía mandó a algunos de sus discípulos a pedir claridad al propio Jesús: “¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que seguir esperando la llegada de algún otro?”. Jesús le aclaró las cosas: “Volveos y contadle a Juan lo que habéis oído y visto: los ciegos vuelven a ver, los cojos caminan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen,  y  a los pobres se les comunica la buena noticia” (Mt 11, 2-5). Estas obras típicamente mesiánicas ponen de relieve la realidad salvadora de la presencia extraordinaria de Dios entre nosotros: es Emanuel, la Buena Noticia de la liberación de los pobres, el consagrado que anunciara Isaías 61,1; el que “reconstruirá sobre las viejas ruinas, el que recreará los lugares desolados del pasado, el que reconstruirá las ciudades derrivadas y asoladas durante generaciones (cfr. Is 61,4) Efectivamente, este Niño que se nos ha dado es la noticia suspirada durante milenios, es nuestra única esperanza de salvación.

            Por nuestra parte, hemos de acoger la novedad que se nos presenta en  Navidad y que renovamos en los misterios litúrgicos y sacramentales. Pues aunque “el Verbo se hizo hombre” históricamente hace más de dos mil años, cuando “salió un edicto de César Augusto que mandaba el censo en toda la tierra, y Quirino era gobernador en Siria”, Él sigue presente y nosotros somos parte de la Buena Noticia y de su novedad para el mundo. Nuestra misión es mantenernos vivos con Él y convertirnos en una propuesta de la salvación.

            Los evangelistas Mateo y Lucas presentan con serena participación el hecho del nacimiento de Jeús, cada uno en un contexto distinto: Mateo cuenta los hecho con los ojos de José, sus dudas y perplejidades ante la misteriosa maternidad de María, la decisión de aceptarla como esposa y de  tomar a Jesús como hijo; Lucas, en cambio, presenta la Navidad como la suma de los recuerdos de María. Los dos se complementan y nos invitan a vivir con alegría la presencia de Dios en medio de nosotros. Pues si es auténtico nuestro encuentro con Él nos veremos impulsados al cambio y a la conversión tanto personal como comunitaria. En este contexto de renovación queremos vivir el proceso de Reestructuración en el que está comprometida toda la Familia Pasionista. Muchos de los elementos y de las dinámicas narradas en los evangelios en torno a la Navidad se refieren a realidades a las que también  nosotros tenemos que hacer frente hoy si queremos mantenermos fieles a nuestra vocación. Únicamente si somos fieles y auténticos podremos transmitir esperanza a un mundo que la va perdiendo y que se siente envuelto en soledad: si nos mejoramos a nosotros mismos, mejoraremos el mundo.

Nuestra Congregación nació para proclamar la Palabra de la Cruz; el Fundador tenía muy claro este sentido de la Congregación,  considerándola como obra de Dios. Estaba convencido de que necesitamos crecer y extendernos para mantenernos como fuerza vital para el mundo, llegando a tierras y culturas  lejanas. Así en 1758 invitaba a sor Rosa María Teresa a “rezar a su Divina Majestad a fin de que  en todos los corazones crezca la devoción a la Pasión de Jesús, de que  nuestros misioneros la promuevan con mucho celo y de que esta pobre Congregación de la Pasión se extienda por todo el mundo”. El llegar a tener bien clara cuál es nuestra misión nos obliga a cambiar para ser fieles a la llamada de Dios y a la visión dinámica que tenía el Fundador. Hemos de mantener la energía suficiente para aceptar los cambios que promueva el Espíritu y que este tiempo histórico pide a la Iglesia, al mundo y a la Congregación. Hemos de tener profunda convicción de que comenzando por nosotros mismos la conversión y llegando a ser personas renovadas, podremos empujar al mundo a que cambie y se convierta. Dios actuará por medio de nosotros, a pesar de no ser más que pobres instrumentos, pues transmitiremos la fuerza y el coraje que brotan del mensaje amoroso de la Cruz.

            La capacidad para renovar el corazón será la señal  del cambio de estructuras en la Congregación, de manera que se produzca una nueva vitalidad con comunidades  capaces de expresar la vida fraterna y la alegría; y con un discernimiento más libre, en la presencia de Dios, también descubrir el sentido y el número de nuestras presencias en los diversos territorios.  El criterio ha de ser el de efectuar las opciones y los cambios que promuevan la vida fraterna dentro de la comunidad y la posibilidad de ser eficaces en nuestra misión: “Todo sarmiento que en Mí no da fruto lo corta, y en cambio el sarmiento que da fruto lo poda para que el fruto sea más generoso” (Jn 15, 1-2). En esta  preferencia por la vida está el camino de la Reestructuración, así como la esencia del trabajo de animación de los coordinadores de las diversas áreas de la Congregación y la celebración del Sínodo general que tendrá lugar en septiembre de 2008 en México. Los hechos en los que meditamos  y que vivimos en Navidad nos invitan, como siempre, “a renacer de lo alto”, a mantenernos disponibles como José, que modificó el propósito inicial de “abandonar a María en secreto”, al darse cuenta de que “antes de que hubieran convivido, Ella esperar un niño” (Mt 1, 19). Tuvo confianza en Dios, que lo invitaba, a pesar de que una señal como el sueño pudiera parecer de menor categoría, a “no tener miedo de aceptar contigo a María, pues lo que Ella ha concebido es obra del Espíritu Santo”. El evangelio lo proclama “hombre justo”, pero esta definición no lo propone como persona rígida e inamovible en la justicia y en la verdad; al contrario, lo retrata como persona flexible y dispuesta a cambiar su visión de los acontecimientos precisamente para mantenerse como “hombre justo” que cumple lo que le pide el Señor; por eso comprende que para ser “justo” debe cambiar de actitud: la justicia es hacer la voluntad del Señor. También María modificó sus planes y prespectivas ante el anuncio de una maternidad que iba a cambiar radicalmente su vida. Trató de comprender las cosas: “¿Cómo podrá suceder esto si no conozco varón?”. El ángel le garantizó: “No temas, María”, y entonces Ella se adhirió plenamente a los proyectos de Dios y dijo: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38).

             Los mismos Magos partieron de sus países en estado de seguridad para ir a adorar al Niño, “pues hemos visto su estrella en Oriente y hemos venido para adorarlo” (Lc 2,2).

            Solmente adorando los planes de Dios podremos colaborar en el cambio del mundo. La “espiritualidad del cambio”, de la que nos hablaba el P. Feliciano Martínez en el último capítulo general, parte de nuestro corazón y de nuestra valentía. El “no temas” que el ángel dijo a María, a José y también a los pastores, nos es repitido insistentemente  a nosotros, lo cual debe  confirmarnos en el camino de la Reestructuración en la cual estamos invitados a programar “un nuevo modo de reflexionar” acerca de nuestras realidades y de la misión, a buscar “un nuevo modo de relacionarnos entre nosotros” y a aceptar la posibilidad de “recrear” estructuras e instituciones al servicio del carisma.

            Pero la nuestra ha de ser una adhesión de fe: Dios nos ofrece a nosotros y al mundo algo nuevo y bueno, y queremos transformarnos en colaboradores entusiastas, tanto los religiosos y las religiosas, como los laicos de la Familia pasionista.

            La Navidad, con la fidelidad  de José, el asombro de María y la sonrisa del Niño en el pesebre nos confortan y alientan nuestra esperanza. ¿Por qué seguir dudando? Vayamos con los pastores “a Belén, a ver lo que ha acontecido y que el Señor nos ha hecho saber” (Lc 2, 15). El encuentro con el Niño en brazos de su Madre María nos abrirá la mente y el corazón, de tal modo que podamos narrar las maravillas que el Señor realiza todavía entre nosotros.

            Y como los magos presentaron sus regalos, así nosotros podremos depositar a los pies del Niño el regalo de la conversión personal y comunitaria, que confirme la disponibilidad para trabajar por su Reino proclamando la Palabra de la Cruz. Amén.

            Feliz Navidad y Año Nuevo 2008, con particular recuerdo para los enfermos de las comunidades y de la Familia pasionista y para aquellos que están atravesando momentos difíciles en su vida y en su vocación, tanto en el convento como en sus familias. Feliz Navidad y Paz a quien se sienta solo, incomprendido y marginado, y una palabra de aliento para los jóvenes a fin de que consideren su juventud y su formación como parte de los proyectos de Dios. Paz al mundo y a todos los hombres de buena voluntad.

            ¡Feliz Navidad, Buen Año, Paz!, que quiero desearos también en nombre del consejo general al visitar vuestras comunidades, monasterios y familias de las 58 naciones en las que vive y trabaja la Congregación.

            Feliz Navidad, y que el Niño Jesús os bendiga a todos.

            Roma, Navidad 2007

            P. Ottaviano D’Egidio, C. P.

            Sueperior General


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                                               n a v i d a d    2 0 0 7.

 

 

Fernando Rabanal, cp. prep.prov. 

Jesús Mª Gastón, consl.   Laurentino Novoa, consl.

 

 

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