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Carta
del Padre General a la Congregación
Queridos religiosos, religiosas y miembros de la Familia
Pasionista:
El
Adviento nos pone en viaje, como a María y a José, para celebrar
con ellos el Nacimiento de Jesús en Belén. Se trata de un
acontecimiento salvador que hay que vivir con recogimiento y
contemplación gozosa, ya que el Niño Jesús es la promesa de Dios
que queda visible, su Palabra de Amor que se hace hombre, sin
dejar de ser el Hijo de Dios, el misterio de salvación
convertido en levadura para transformarlo, grano de trigo
sembrado en un nuevo camino: “Os anuncio una gran alegría para
todo el pueblo: en la ciudad de David os ha nacido hoy un
salvador, nada menos que el Cristo y Señor; encontraréis al niño
envuelto en pañales”. Esta noticia del nacimiento no se pregona
a los poderosos de la tierra, como hubiera sido razonable para
mayor credibilidad y notoriedad y para mejores resultados, como
nosotros racionaríamos ahora con mentalidad de materialistas
mundanos; sin embargo, bien sabemos que los poderosos
instrumentos de comunicación social estuvieron ausentes: el
anuncio de la salvación se hizo a unos pastores que se
preocupaban de sus rebaños: “Un ángel del Señor se les apareció
y se vieron envueltos en la gloria del Señor...” (Lc 2,9).
Ésta será en adelante la nueva medida de Dios, que
se manifiesta a los pequeños y débiles, pues Él mismo se
presenta como Niño envuelto en pañales y depositado en un
pesebre.
Más tarde, ya adulto, se identificará, según Mt 25,
con los emigrantes, los encarcelados, los prisioneros y
marginados que el mundo produce con las injusticias; se verá
crucificado entre dos malhechores; y su madre, “la bendita entre
las mujeres”, estará allí junto a la cruz acompañada por Juan y
algunas piadosas mujeres, y acaso por la madre llorosa de cada
uno de los ladrones crucificados con su Hijo. Y se le partirá el
corazón fuera de Jerusalén, sin que se le quiebre la lámpara de
la fe: “No temas, María, concebirás y darás a luz un hijo al que
llamarás Jesús; será el Hijo del Altísimo; el Señor Dios le
sentará en el trono de David, su padre, y su reino no tendrá
fin” (Lc 1, 30-33).
El
evangelista san Lucas recuerda en dos ocasiones, una al hablar
de los hechos extraordinarios ocurridos en Belén, y otra al
narrar la pérdida del Niños Jesús en el templo y su reencuentro,
que “María, su madre, guardaba todas estas cosas y las meditaba
en su corazón” (Lc 2, 19, y Lc 2, 51).
Estando en el Calvario María comprenderá a qué reino se refería
el Señor con el anuncio del ángel Gabriel, y de qué espada
hablaba el anciano Simeón en el episodio de la presentación del
Niños Jesús en el templo (Lc 2, 35). El plan de salvación se
pone de relieve junto a la cruz en la tarde del Viernes Santo,
cuando la oscuridad cubrió la tierra y llegó a ser claro el
sentido del “Gloria a Dios en el cielo” que entonaron los
ángeles en la noche santa de Belén (Lc 2, 13). La cruz será la
gloria del Padre como manifestación de amor hacia el Hijo en
cuyo nombre se nos da, mediante la efusión del Espíritu Santo,
la vida nueva como gracia. Recordemos la emoción intensa con que
San Pablo de la Cruz guardaba y veneraba la imagen del Niño
Jesús recostado sobre la cruz.
En Navidad, siguiendo a los pastores que guardaban
su rebaño, “vayamos a Belén a ver qué es lo que ha ocurrido”, y
encontraremos a María, a José y al Niño, es decir, una familia,
y de allí regresaremos glorificando y alabanado a Dios después
de haber reconocido en el Niño “al Señor de los señores”; pues
después de tal encuentro se habrá realizado “el encuentro con
una esperanza más fuerte que los sufrimientos de la esclavitud y
que por eso transforma la vida y el mundo” (Benedicto XVI, “Spe
salvi”). Jesús será, pues, el grano de trigo en Belén, y a la
vez la levadura depositada en el sepulcro, que con la
resurrección salvará al mundo y vencerá el pecado y la muerte.
Su encarnación será una silenciosa revolución de amor que, sin
recurrir a luchas sociales, transformará el mundo. Él es Aquel
que esperábamos y que finalmente se nos ha dado.
Sin embargo, a pesar de que Juan el Bautista nos los
presentó como “el Cordero de Dios que quita el pecado del
mundo”, nos asaltan las dudas. Juan Bautista había sido radical
en su juicio: “Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de
la ira que os amenaza”? (Lc 3, 7). Según Juan Bautista, el
Mesías ya próximo a llegar, más aún, ya presente entre nosotros,
se comportaría con extremo rigor, “pondrá la segur en la raíz
de los árboles” para cortarlos y arrojar al fuego a todos los
árboles que no hayan dado buenos frutos... El lleva en sus
manos el bieldo para separar la paja y el grano”. Sin embargo,
Jesús nos habla de misericordia, se nos presenta como un Buen
Pastor que se afana por recuperar a la oveja perdida en los
montes, y nos habla de la parábola del hijo pródigo, y anuncia
su Pasión. ¿Es éste Emanuel, “dios con nosotros”? Juan el
Bautista, ya encarcelado, quiere salir de su perplejidad y
mostrárselo a los discípulos: “Habiendo oído hablar de lo que
Cristo hacía mandó a algunos de sus discípulos a pedir claridad
al propio Jesús: “¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que
seguir esperando la llegada de algún otro?”. Jesús le aclaró las
cosas: “Volveos y contadle a Juan lo que habéis oído y visto:
los ciegos vuelven a ver, los cojos caminan, los leprosos quedan
limpios, los sordos oyen, y a los pobres se les comunica la
buena noticia” (Mt 11, 2-5). Estas obras típicamente mesiánicas
ponen de relieve la realidad salvadora de la presencia
extraordinaria de Dios entre nosotros: es Emanuel, la Buena
Noticia de la liberación de los pobres, el consagrado que
anunciara Isaías 61,1; el que “reconstruirá sobre las viejas
ruinas, el que recreará los lugares desolados del pasado, el que
reconstruirá las ciudades derrivadas y asoladas durante
generaciones (cfr. Is 61,4) Efectivamente, este Niño que se nos
ha dado es la noticia suspirada durante milenios, es nuestra
única esperanza de salvación.
Por nuestra parte, hemos de acoger la novedad que se
nos presenta en Navidad y que renovamos en los misterios
litúrgicos y sacramentales. Pues aunque “el Verbo se hizo
hombre” históricamente hace más de dos mil años, cuando “salió
un edicto de César Augusto que mandaba el censo en toda la
tierra, y Quirino era gobernador en Siria”, Él sigue presente y
nosotros somos parte de la Buena Noticia y de su novedad para el
mundo. Nuestra misión es mantenernos vivos con Él y convertirnos
en una propuesta de la salvación.
Los evangelistas Mateo y Lucas presentan con serena
participación el hecho del nacimiento de Jeús, cada uno en un
contexto distinto: Mateo cuenta los hecho con los ojos de José,
sus dudas y perplejidades ante la misteriosa maternidad de
María, la decisión de aceptarla como esposa y de tomar a Jesús
como hijo; Lucas, en cambio, presenta la Navidad como la suma de
los recuerdos de María. Los dos se complementan y nos invitan a
vivir con alegría la presencia de Dios en medio de nosotros.
Pues si es auténtico nuestro encuentro con Él nos veremos
impulsados al cambio y a la conversión tanto personal como
comunitaria. En este contexto de renovación queremos vivir el
proceso de Reestructuración en el que está comprometida toda la
Familia Pasionista. Muchos de los elementos y de las dinámicas
narradas en los evangelios en torno a la Navidad se refieren a
realidades a las que también nosotros tenemos que hacer frente
hoy si queremos mantenermos fieles a nuestra vocación.
Únicamente si somos fieles y auténticos podremos transmitir
esperanza a un mundo que la va perdiendo y que se siente
envuelto en soledad: si nos mejoramos a nosotros mismos,
mejoraremos el mundo.
Nuestra Congregación nació para proclamar la Palabra de la Cruz;
el Fundador tenía muy claro este sentido de la Congregación,
considerándola como obra de Dios. Estaba convencido de que
necesitamos crecer y extendernos para mantenernos como fuerza
vital para el mundo, llegando a tierras y culturas lejanas. Así
en 1758 invitaba a sor Rosa María Teresa a “rezar a su Divina
Majestad a fin de que en todos los corazones crezca la devoción
a la Pasión de Jesús, de que nuestros misioneros la promuevan
con mucho celo y de que esta pobre Congregación de la Pasión se
extienda por todo el mundo”. El llegar a tener bien clara cuál
es nuestra misión nos obliga a cambiar para ser fieles a la
llamada de Dios y a la visión dinámica que tenía el Fundador.
Hemos de mantener la energía suficiente para aceptar los cambios
que promueva el Espíritu y que este tiempo histórico pide a la
Iglesia, al mundo y a la Congregación. Hemos de tener profunda
convicción de que comenzando por nosotros mismos la conversión y
llegando a ser personas renovadas, podremos empujar al mundo a
que cambie y se convierta. Dios actuará por medio de nosotros, a
pesar de no ser más que pobres instrumentos, pues transmitiremos
la fuerza y el coraje que brotan del mensaje amoroso de la Cruz.
La capacidad para renovar el corazón será la señal
del cambio de estructuras en la Congregación, de manera que se
produzca una nueva vitalidad con comunidades capaces de
expresar la vida fraterna y la alegría; y con un discernimiento
más libre, en la presencia de Dios, también descubrir el sentido
y el número de nuestras presencias en los diversos territorios.
El criterio ha de ser el de efectuar las opciones y los cambios
que promuevan la vida fraterna dentro de la comunidad y la
posibilidad de ser eficaces en nuestra misión: “Todo sarmiento
que en Mí no da fruto lo corta, y en cambio el sarmiento que da
fruto lo poda para que el fruto sea más generoso” (Jn 15, 1-2).
En esta preferencia por la vida está el camino de la
Reestructuración, así como la esencia del trabajo de animación
de los coordinadores de las diversas áreas de la Congregación y
la celebración del Sínodo general que tendrá lugar en septiembre
de 2008 en México. Los hechos en los que meditamos y que
vivimos en Navidad nos invitan, como siempre, “a renacer de lo
alto”, a mantenernos disponibles como José, que modificó el
propósito inicial de “abandonar a María en secreto”, al darse
cuenta de que “antes de que hubieran convivido, Ella esperar un
niño” (Mt 1, 19). Tuvo confianza en Dios, que lo invitaba, a
pesar de que una señal como el sueño pudiera parecer de menor
categoría, a “no tener miedo de aceptar contigo a María, pues lo
que Ella ha concebido es obra del Espíritu Santo”. El evangelio
lo proclama “hombre justo”, pero esta definición no lo propone
como persona rígida e inamovible en la justicia y en la verdad;
al contrario, lo retrata como persona flexible y dispuesta a
cambiar su visión de los acontecimientos precisamente para
mantenerse como “hombre justo” que cumple lo que le pide el
Señor; por eso comprende que para ser “justo” debe cambiar de
actitud: la justicia es hacer la voluntad del Señor. También
María modificó sus planes y prespectivas ante el anuncio de una
maternidad que iba a cambiar radicalmente su vida. Trató de
comprender las cosas: “¿Cómo podrá suceder esto si no conozco
varón?”. El ángel le garantizó: “No temas, María”, y entonces
Ella se adhirió plenamente a los proyectos de Dios y dijo: “He
aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,
38).
Los mismos Magos partieron de sus países en estado
de seguridad para ir a adorar al Niño, “pues hemos visto su
estrella en Oriente y hemos venido para adorarlo” (Lc 2,2).
Solmente adorando los planes de Dios podremos
colaborar en el cambio del mundo. La “espiritualidad del
cambio”, de la que nos hablaba el P. Feliciano Martínez en el
último capítulo general, parte de nuestro corazón y de nuestra
valentía. El “no temas” que el ángel dijo a María, a José y
también a los pastores, nos es repitido insistentemente a
nosotros, lo cual debe confirmarnos en el camino de la
Reestructuración en la cual estamos invitados a programar “un
nuevo modo de reflexionar” acerca de nuestras realidades y de la
misión, a buscar “un nuevo modo de relacionarnos entre nosotros”
y a aceptar la posibilidad de “recrear” estructuras e
instituciones al servicio del carisma.
Pero la nuestra ha de ser una adhesión de fe: Dios
nos ofrece a nosotros y al mundo algo nuevo y bueno, y queremos
transformarnos en colaboradores entusiastas, tanto los
religiosos y las religiosas, como los laicos de la Familia
pasionista.
La Navidad, con la fidelidad de José, el asombro de
María y la sonrisa del Niño en el pesebre nos confortan y
alientan nuestra esperanza. ¿Por qué seguir dudando? Vayamos con
los pastores “a Belén, a ver lo que ha acontecido y que el Señor
nos ha hecho saber” (Lc 2, 15). El encuentro con el Niño en
brazos de su Madre María nos abrirá la mente y el corazón, de
tal modo que podamos narrar las maravillas que el Señor realiza
todavía entre nosotros.
Y como los magos presentaron sus regalos, así
nosotros podremos depositar a los pies del Niño el regalo de la
conversión personal y comunitaria, que confirme la
disponibilidad para trabajar por su Reino proclamando la Palabra
de la Cruz. Amén.
Feliz Navidad y Año Nuevo 2008, con particular
recuerdo para los enfermos de las comunidades y de la Familia
pasionista y para aquellos que están atravesando momentos
difíciles en su vida y en su vocación, tanto en el convento como
en sus familias. Feliz Navidad y Paz a quien se sienta solo,
incomprendido y marginado, y una palabra de aliento para los
jóvenes a fin de que consideren su juventud y su formación como
parte de los proyectos de Dios. Paz al mundo y a todos los
hombres de buena voluntad.
¡Feliz Navidad, Buen Año, Paz!, que quiero desearos
también en nombre del consejo general al visitar vuestras
comunidades, monasterios y familias de las 58 naciones en las
que vive y trabaja la Congregación.
Feliz Navidad, y que el Niño Jesús os bendiga a
todos.
Roma, Navidad 2007
P. Ottaviano D’Egidio, C. P.
Sueperior General
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