
Queridos hermanos de la Comunidad Provincial:
La
fiesta conmemorativa de nuestros Hermanos Mártires Pasionistas nos
acerca una preciosa oportunidad para revitalizar nuestra vocación
religiosa pasionista en la memoria de su oblación y martirio.
Desde nuestra vocación evangélica centrada en
Jesucristo, el carisma como don que hemos profesado, y la experiencia
sublime aún cercana de esta Comunidad Mártir, se nos impulsa a una
vitalidad imparable de nuestra consagración religiosa hoy. ¿Qué
podemos descubrir en estos hermanos con una necesidad apremiante para
nosotros? ¿Creemos que su destino fue causa del azar o la mala suerte?
Ciertamente nos admira su destino final, el amor mayor, el dar la vida
por sus amigos. Pero ¿qué existe previamente a este acto, que dispone,
ambienta y consume su vida? La heroicidad del martirio es una gracia
inmerecida que se nos da. Pero con este presupuesto fundamental,
leyendo sus cartas y escritos, lo que realmente cautiva y te penetra
admirablemente, es la heroicidad de haber dispuesto en su vida esa
atrayente primacía de Dios. Sus cartas desprenden una fe en Dios tan
densa, una vida espiritual tan viva, que en ese contexto histórico,
también podemos afirmar que el martirio fue consecuencia de su fe y
vocación. Un desenlace que viene precedido de un guión que ellos muy
bien habían dejado escribir en las páginas de sus vidas, referidas y
centradas de manera absoluta, al único Absoluto, al Dios de Jesús y su
Pasión.
Creo que esta primacía de Dios precisa ser
introducida, expresada y proyectada con urgencia en nuestras vidas y
comunidades. No la demos fácilmente por supuesta, o nos creamos ya
enmarcados en el ámbito de una imagen religiosa profesional. Nuestro
problema o gran reto actual ante el que hemos de reaccionar unidos y
convencidos no es moral, disciplinar, ni siquiera de relación fraterna
en primer orden, sino espiritual, teologal, de experiencia y sentido
de fe. Este es el fondo del problema cuando se oye decir: “Falta
ilusión en la comunidad, se vive con apatía, indiferencia; estamos
hartos de reuniones, encuentros, no sirven de nada, etc” Nos quejamos
de casi todo, pero no nos falta casi nada. Esta carencia de interés,
de implicación, en el fondo, puede ser un vacío espiritual que
paraliza nuestro espíritu religioso, sofoca la esperanza y agota la
vivencia de lo trascendente, atrapados en el secularismo ambiental.
Protestamos por esa corriente laicista que intenta reducir a la esfera
de lo privado la fe. Pero no somos capaces de ver que, hace tiempo
entre nosotros nos hemos acomodado ya, a una vivencia religiosa que
queda relegada a la conciencia individual, privada, salvo unos
elementos litúrgicos tradicionales.
Esta experiencia de Dios, de su Reino, como lo
único necesario, expresado plenamente en su Pasión para nosotros, es
la raíz que debe perfilar y asentar toda nuestra vida comunitaria,
institucional, organizativa, si queremos salir de una inmanencia
secular asfixiante y llenar de sentido, esperanza y trascendencia
nuestra vida, para significar una verdadera pasión por Dios. Sin caer
en torpes idealismos, es evidente, y se capta aún, que esa primacía de
Dios y su Reino, se percibe honda y convencidamente en nuestra
comunidad martirial. Si esta pasión por Dios no totaliza nuestra vida,
lo normal es que estemos atrapados por otro tipo de pasiones que
sembrarán nuestros días de sin sentido e indiferencia. Ciertamente la
alegría no lucirá nuestro rostro ni nuestra alma, cuando dicha alegría
es inherente a nuestra propia fe y vocación.. Apasionados por ciertas
seguridades, por la eficacia profesional, por estar en un determinado
lugar, o por tener determinadas cosas materiales, sufriremos el
impacto de la misma cultura secular, que nos deja más insatisfechos y
sin capacidad de significar la alegría y gozo fraterno de nuestra fe
en Dios y su Reino. En otro sentido ya decía Aristóteles que
“continencia con tristeza no es virtud” y Don Bosco decía a sus
hermanos: “Tristeza y melancolía fuera de la casa mía.” Esta alegría
que proviene de Dios, es la que da sentido a nuestra vida, incluso en
los momentos más oscuros. Así nos la expresan nuestros Mártires, hasta
la muerte. Pues incluso la temporalidad de nuestra consagración no
puede poner en duda su finalidad hasta la muerte. No es este un signo
menor a testimoniar en nuestra cultura relativista , al menos, para
los jóvenes de hoy.
Si la primacía de Dios atraviesa la conciencia
de nuestros Mártires, con esa experiencia de filiación, la
inseparable búsqueda de su Reino, no podía ser menor, que se
concretará en una vida fraterna en comunidad y en el celo apostólico
como comunidad. La soberanía de Dios se manifiesta en esa relación
fraterna o de sororidad que afecta nuestra comunidad hacia adentro en
su relación y expresión, como hacia fuera, en la solidaridad, el
anuncio, etc. Por lo que cuando afirmamos que el verdadero reto de
nuestra vida religiosa hoy es espiritual, de fe, teologal, no podemos
reducirlo a unas prácticas intimistas, o de exclusivo posicionamiento
individual. Son como las dos vertientes de un mismo amor, los dos
pulmones de una misma respiración. Con lo que este reto no requiere
sólo una atención individual, sino que necesariamente afecta a la
experiencia y la praxis comunitaria.
La comunidad es un elemento irrenunciable en
el seguimiento de Jesús como pasionistas.(Cons.25) Reavivar
espiritualmente la comunidad no consiste en multiplicar actos, ni en
observancia y disciplina clásica. Evidente que habremos de tener una
ascesis y sentido de disciplina, pero no es suficiente. Nuestras
comunidades son comunidades de fe, ante todo. El Señor nos ha reunido
para compartir la experiencia de fe, celebrar la fe y testimoniar la
fe. Sabemos muy bien que esto incluye la afectividad, la voluntad de
Dios y los bienes. (Todos los bienes, como la primitiva comunidad en
la que “todo lo tenían en común”. Huelga decir, a estas alturas, que
en este “todo” entran las propinas, donativos personales, cariñitos
particulares,… todo.) Ya llevamos años de experiencia para percatarnos
que no revitalizaremos nuestra comunidad de fe, mientras no nos
decidamos a integrar los instrumentos que propician nuestras
Constituciones. ¿Creemos que sin la Eucaristía frecuente comunitaria
vamos a poder construir la casa? (Cons.43.) ¿Cómo vamos a ser
comunidades reconciliadas y reconciliadoras si la practica de la
celebración comunitaria de la reconciliación está ausente? La “lectio
divina”, la oración en común, al menos parte como se nos indica, la
revisión de vida.. ¿Hemos integrado todas estas herramientas a nuestro
estilo de vida y ambientación comunitaria?. Llama la atención que la
gente que busca a Dios vaya hoy a otros espacios y no detecte nuestras
comunidades. Parece como si estando juntos arrastráramos la fe en una
amarga y escondida soledad.
Igualmente para esta viveza espiritual nos
corresponde estar más abiertos al pueblo de Dios, a la pasión del
mundo, que es también hoy pasión de Dios. Nuestra clausura o conventos
no pueden protegernos de los excluidos, de cuantos padecen soledad,
inmigrados sin nada ni nadie, de los que buscan desesperadamente.
Todos sabemos que no es fácil el cómo, la manera. Pero no podemos
dejar de cuestionarnos y plantearnos esto, materia tremenda del juicio
final, y pasión de Dios en esta historia que implica a nuestro carisma
directamente. Es necesario con urgencia que nuestras comunidades
busquen, dialoguen y se interroguen con frecuencia en sus reuniones
acerca de estas heridas de nuestros hermanos, hasta lograr juntos la
inspiración adecuada y evangélica para dejarnos afectar por su
dramática situación.
Hermanos, si realmente queremos compartir esta
experiencia de Dios en nuestras comunidades, hemos de integrar y dar
entrada a todos estos elementos como nos solicitan nuestras
Constituciones. Y si sentimos esa pasión por Dios, como nuestros
Mártires, no lo tenemos difícil ni complicado. Es posible, viable y
atrayente. Es felicidad para nuestra calidad de vida. Tampoco se trata
de multiplicar nada y agobiarnos. Es buscar otra manera de estar
juntos que aliente y vigorice nuestra fe, integrando los hermosos
instrumentos que nos ofrecen nuestras Constituciones y que
incomprensiblemente nos estamos perdiendo sin reaccionar, a no ser con
la letanía lamentable de que este mundo arrincona a Dios, no quiere a
Dios, cuando nosotros podemos y hemos de ser presencia y ocasión para
lucir su maravillosa compañía liberadora.
Ni los milicianos, ni el segundo martirio de
los hermanos supervivientes de Manzanares pudieron sustraer esa
alegría que procedía de su entrega a Dios en nuestros compañeros. Bien
sabemos la moral de Justiniano, la fortaleza misionera del joven
Honorino, por citar alguno. El mismo médico declara en “Procesos”:
“no se mostraban tristes o quejosos, sino solamente reservados”. O la
sonrisa de paz mirando hacia el cielo del P. Nicéforo: “¿Todavía ríe?
Y le disparó el tiro de gracia.” ( Vida y Testimonio. F. Piélagos.
pp.220-227.)
Con mi Consejo a todos os felicitamos y
recordamos en este día memorable. A todos os animamos a vivir esta fe,
esta Pasión por Dios y su Reino. Es bien notorio que los Mártires,
desde el cielo, están con nosotros. Nos acogemos a su intercesión para
que acompañen siempre la vida y misión de nuestras comunidades. Un
abrazo a todos en la comunión de esa mística y ese ánimo con el que el
P. Nicéforo alentó a sus mismos compañeros.
Fernando Rabanal, cp
prep..prov.
