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PASIONISTAS

 

FIESTA DE LOS BEATOS MARTIRES DE DAIMIEL  2008:

 

 

 

APASIONADOS POR DIOS, HASTA DAR LA VIDA.

                                   Queridos hermanos de la Comunidad Provincial:

 

                        La fiesta conmemorativa de nuestros Hermanos Mártires Pasionistas nos acerca una preciosa oportunidad para revitalizar nuestra vocación religiosa pasionista en la memoria de su oblación y martirio.

                        Desde nuestra vocación evangélica centrada en Jesucristo, el carisma como don que hemos profesado, y la experiencia sublime  aún cercana de esta Comunidad Mártir,  se nos impulsa a una vitalidad imparable de nuestra consagración religiosa hoy. ¿Qué podemos descubrir en estos hermanos con una necesidad apremiante para nosotros? ¿Creemos que su destino fue causa del azar o la mala suerte? Ciertamente nos admira su destino final, el amor mayor, el dar la vida por sus amigos. Pero ¿qué existe previamente a este acto, que dispone, ambienta y consume su vida? La heroicidad del martirio es una gracia inmerecida que se nos da. Pero con este presupuesto fundamental, leyendo sus cartas y escritos, lo que realmente cautiva y te penetra admirablemente, es la heroicidad de haber dispuesto en su vida esa atrayente primacía de Dios. Sus cartas desprenden una fe en Dios tan densa, una vida espiritual tan viva, que en ese contexto histórico, también podemos afirmar que el martirio fue consecuencia de su fe y vocación. Un desenlace que viene precedido de un guión que ellos  muy bien habían dejado escribir en las páginas de sus vidas, referidas y centradas de manera absoluta, al único Absoluto, al Dios de Jesús y su Pasión.

                        Creo que esta primacía de Dios precisa ser introducida,  expresada y proyectada con urgencia en nuestras vidas y comunidades. No la demos fácilmente por supuesta, o nos creamos ya enmarcados en el ámbito de una imagen religiosa profesional. Nuestro problema o gran reto actual ante el que hemos de reaccionar unidos y convencidos no es moral, disciplinar, ni siquiera de relación fraterna en primer orden, sino espiritual, teologal, de experiencia y sentido de fe. Este es el fondo del problema cuando se oye decir: “Falta ilusión en la comunidad, se vive con apatía, indiferencia; estamos hartos de reuniones, encuentros, no sirven de nada, etc” Nos quejamos de casi todo, pero no nos falta casi nada.  Esta carencia de interés, de implicación, en el fondo, puede ser un vacío espiritual que paraliza nuestro espíritu religioso,  sofoca la esperanza y agota la vivencia de lo trascendente, atrapados en el secularismo ambiental. Protestamos por esa corriente laicista que intenta reducir a la esfera de lo privado la fe. Pero no somos capaces de ver que, hace tiempo entre nosotros nos hemos acomodado ya, a una vivencia religiosa que queda relegada a la conciencia individual, privada, salvo unos elementos litúrgicos tradicionales.

                        Esta experiencia de Dios, de su Reino, como lo único necesario, expresado plenamente en su Pasión para nosotros,  es la raíz que debe perfilar y asentar toda nuestra vida comunitaria, institucional, organizativa, si queremos salir de una inmanencia secular asfixiante  y llenar de sentido, esperanza y trascendencia nuestra vida, para significar una verdadera pasión por Dios. Sin caer en torpes idealismos, es evidente, y se capta aún, que esa primacía de Dios y su Reino, se percibe honda y convencidamente en nuestra comunidad martirial. Si esta pasión por Dios no totaliza nuestra vida, lo normal es que estemos atrapados por otro tipo de pasiones que sembrarán nuestros días de sin sentido e indiferencia. Ciertamente la alegría no lucirá nuestro rostro ni nuestra alma, cuando dicha alegría es inherente a nuestra propia fe y vocación.. Apasionados por ciertas seguridades, por la eficacia  profesional, por estar en un determinado lugar, o por tener determinadas cosas materiales, sufriremos el impacto de la misma cultura secular, que nos deja más insatisfechos y sin capacidad de significar la alegría y gozo fraterno de nuestra fe en Dios y su Reino. En otro sentido ya decía Aristóteles que “continencia con tristeza no es virtud” y Don Bosco decía a sus hermanos: “Tristeza y melancolía fuera de la casa mía.”  Esta alegría que proviene de Dios, es la que da sentido a nuestra vida, incluso en los momentos más oscuros. Así nos la expresan nuestros Mártires, hasta la muerte. Pues incluso la temporalidad de nuestra consagración no puede poner en duda su finalidad hasta la muerte. No es este un signo menor a testimoniar en nuestra cultura relativista , al menos, para los jóvenes de hoy.

                        Si la primacía de Dios atraviesa la conciencia de nuestros Mártires, con esa experiencia de filiación,  la inseparable búsqueda de su Reino, no podía ser menor, que se  concretará en una vida fraterna en comunidad y en el celo apostólico como comunidad. La soberanía de Dios se manifiesta en esa relación fraterna o de sororidad  que afecta nuestra comunidad hacia adentro en su relación y expresión, como hacia fuera, en la solidaridad, el anuncio, etc. Por lo que cuando afirmamos que el verdadero reto de nuestra vida religiosa hoy es espiritual, de fe, teologal, no podemos reducirlo a unas prácticas intimistas, o de exclusivo posicionamiento individual. Son como las dos vertientes de un mismo amor, los dos pulmones de una misma respiración. Con lo que este reto no requiere sólo una atención individual, sino que necesariamente afecta a la experiencia y la praxis comunitaria.

                        La comunidad es un elemento irrenunciable en el seguimiento de Jesús como pasionistas.(Cons.25) Reavivar espiritualmente la comunidad no consiste en multiplicar actos, ni en observancia y disciplina clásica. Evidente que habremos de tener una  ascesis y sentido de disciplina, pero no es suficiente. Nuestras comunidades son comunidades de fe, ante todo. El Señor nos ha reunido para compartir la experiencia de fe, celebrar la fe y testimoniar la fe. Sabemos muy bien que esto incluye la afectividad, la voluntad de Dios y los bienes. (Todos los bienes, como la primitiva comunidad en la que “todo lo tenían en común”. Huelga decir, a estas alturas,  que en este “todo” entran las propinas, donativos personales, cariñitos particulares,… todo.) Ya llevamos años de experiencia para percatarnos que no revitalizaremos nuestra comunidad de fe, mientras no nos decidamos a integrar los instrumentos que propician nuestras Constituciones. ¿Creemos que sin la Eucaristía frecuente comunitaria vamos a poder construir la casa?  (Cons.43.) ¿Cómo vamos a ser comunidades reconciliadas y reconciliadoras si la practica de la celebración comunitaria de la reconciliación está ausente? La “lectio divina”, la oración en común, al menos parte como se nos indica, la revisión de vida.. ¿Hemos integrado todas estas herramientas a nuestro estilo de  vida y ambientación comunitaria?. Llama la atención que la gente que busca a Dios vaya hoy a otros espacios y no detecte nuestras comunidades. Parece como si estando juntos arrastráramos la fe en una amarga y escondida soledad.

                        Igualmente para esta viveza espiritual nos corresponde estar más abiertos al pueblo de Dios, a la pasión del mundo, que es también hoy pasión de Dios. Nuestra clausura o conventos no pueden protegernos de los excluidos, de  cuantos padecen soledad, inmigrados sin nada ni nadie, de los que buscan desesperadamente. Todos sabemos que no es fácil el cómo, la manera. Pero no podemos dejar de cuestionarnos y plantearnos esto, materia tremenda del juicio final, y pasión de Dios en esta historia que implica a nuestro carisma directamente. Es necesario con urgencia que nuestras comunidades busquen, dialoguen y se interroguen con frecuencia en sus reuniones acerca de estas heridas de nuestros hermanos,  hasta lograr juntos la inspiración adecuada y evangélica para dejarnos afectar por su dramática situación.

                        Hermanos, si realmente queremos compartir esta experiencia de Dios en nuestras comunidades, hemos de integrar y dar entrada a todos estos elementos como nos solicitan nuestras Constituciones.  Y si sentimos esa pasión por Dios, como nuestros Mártires, no lo tenemos difícil ni complicado. Es posible, viable y atrayente. Es felicidad para nuestra calidad de vida. Tampoco se trata de multiplicar nada y agobiarnos. Es buscar otra manera de estar juntos que aliente y vigorice nuestra fe, integrando los hermosos instrumentos que nos ofrecen nuestras Constituciones y que incomprensiblemente nos estamos perdiendo sin reaccionar, a no ser con la letanía lamentable de que este mundo arrincona a Dios, no quiere a Dios, cuando nosotros podemos y hemos de ser presencia y ocasión para lucir su maravillosa compañía liberadora.

                        Ni los milicianos, ni el segundo martirio de  los hermanos supervivientes de Manzanares pudieron sustraer esa alegría que procedía de su entrega a Dios en nuestros compañeros. Bien sabemos la moral de Justiniano, la fortaleza misionera del joven Honorino, por citar alguno. El mismo médico declara  en “Procesos”: “no se mostraban tristes o quejosos, sino solamente reservados”. O la sonrisa de paz mirando hacia el cielo del P. Nicéforo: “¿Todavía ríe? Y le disparó el tiro de gracia.”  ( Vida y Testimonio. F. Piélagos. pp.220-227.)

                        Con mi Consejo a todos os felicitamos y recordamos en este día memorable. A todos os animamos a vivir esta fe, esta Pasión por Dios y su Reino. Es bien notorio que los Mártires, desde el cielo, están con nosotros. Nos acogemos a su intercesión para que acompañen siempre la vida y misión de nuestras comunidades. Un abrazo a todos en la comunión de esa mística y ese ánimo con el que el P. Nicéforo alentó a sus mismos compañeros.

 

                                                                                  Fernando Rabanal, cp

                                                                                              prep..prov.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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