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Nosotros predicamos
a Cristo Crucificado.
Queridos hermanos de la comunidad provincial:
Nos encontramos ya ante la inminencia de la celebración
del Misterio central de nuestra fe, pasión muerte y resurrección de
Cristo, nuestra Pascua. La Palabra de Dios ha sido la mejor compañera
y apoyo para revitalizar nuestra fe bautismal y para lograr que
renazca de nuevo en el espíritu el compromiso gozoso de nuestra
vocación religiosa pasionista.
La presencia y fuerza de la Cruz es la mejor experiencia
de desierto para vencer la tentación y al tentador. El calvario es el
mejor lugar para transfigurar nuestra vida religiosa en la plenitud
de su amor. La samaritana nos lleva a ese pozo inagotable de su pasión
para poder saciar nuestra sed. El ciego nos manifiesta que la luz y
una mirada nueva provienen de su Cruz. Y en Lázaro, ese Dios de la
vida, nos convoca para transmitirnos un verdadero poder que hemos de
ejercitar: resucitar el corazón. Misión que Jesús nos ha conferido,
que en el hijo pródigo se verifica, (“este hijo mío estaba muerto y ha
vuelto a la vida”), y que desde la ternura y misericordia de su
pasión, hemos de realizar en concordancia con nuestro propio carisma.
Esta Palabra de Dios que acerca a los catecúmenos y renueva a los
bautizados, es Palabra viva y eficaz que remueve y potencia nuestra
misma vocación religiosa pasionista.
Si es en la Pascua, por la acción del Espíritu, cuando
surge la comunidad y cuando se nos invita al anuncio, entiendo que nos
encontramos ante un momento significativo y oportuno para meditar la
unión y la praxis de nuestra consagración, carisma y misión. Las
fiestas pascuales nos colocan en esta situación, para que ante ese
reto de trazar nuestros proyectos pastorales, en las Asambleas a
realizar próximamente en España y México y Venezuela, no sea un plan
teórico e inoperante, sino que impulse y anime nuestro celo pastoral
para proyectar nuestra misión carismática, con el ardor y el espíritu
que envolvió a los primeros discípulos y a Pablo de la Cruz y nuestros
hermanos primeros. Un proyecto que surja desde esa experiencia nuestra
compartida del “Misterio Pascual como centro de nuestra vida.” (Cons.65.)
Un proyecto que responda a lo que Dios quiere de nosotros ahora, al
sentir de la Iglesia, al corazón de nuestras Constituciones y Carisma
y a las necesidades y gritos del mundo actual, sobretodo de los más
crucificados.
Aunque soy consciente que en septiembre os envié una
carta, “La misión cambia la vida”, acerca de esta llamada a poner
nuestro interés en el proyecto pastoral a construir, deseo ahora
reforzar esa conciencia en nosotros, para que tanto la Pascua, como
nuestras Asambleas, relancen el ánimo evangélico y misionero de
nuestro carisma y misión, para reavivar el envío al que el Señor nos
ha destinado, no tanto a bautizar, sino a evangelizar como lo
sintió San Pablo Apóstol.
1.- Nuestra espiritualidad apostólica.
Nuestra vida y Congregación es eminentemente apostólica. Resulta, por
tanto, primordial sostener un proyecto apostólico propio que dimane de
la gracia e historia de nuestro carisma. No se trata de estar activos
o superocupados en múltiples acciones. Ni de dedicarnos a la mera
acción sacramental, por importante y necesaria que es en nuestra
existencia comunitaria y pastoral. Nótese que a nosotros, como
religiosos que somos, el Concilio nos habla de una “acción apostólica
y caritativa” (PC,8.) animada por el Espíritu Santo.
Nuestra espiritualidad apostólica está muy bien centrada
en nuestra propia identidad y carisma: “contemplar y anunciar la
Pasión de Cristo”. No existe fisura alguna ni división entre nuestra
consagración, carisma y misión. Nuestra espiritualidad apostólica se
regenera y posibilita, sin poder nunca encerrarla en meras formas
históricas, en su originalidad carismática: Jesucristo Crucificado y
Resucitado. Por lo que consagración, carisma y misión son como tres
facetas o improntas unidas de una misma realidad: ser pasionistas.
“Buscamos la unidad de nuestra vida y apostolado en la Pasión de
Jesucristo.” (Cons.5.) Por tanto no cualquier acción que hagamos es ya
apostólica o caritativa. Dicha acción apostólica ha de provenir no de
nosotros como apóstoles, sino del Crucificado, de su Espíritu y su
gracia. En la mística al igual que en la acción apostólica, el
protagonista no soy yo, sino el Espíritu del Crucificado y Resucitado
que nos envía “por todo el mundo para anunciar el Evangelio”.
2.- “A la manera de los Apóstoles.”
San Pablo de la Cruz “Quiso que los mismos compañeros siguieran un
estilo de vida a la manera de los Apóstoles” (Cons.1.) Entre otras
cosas, esto significa que nuestra dimensión apostólica no proviene de
las obras apostólicas que ejerzamos, sino de ese estilo de vida
semejante a los Apóstoles. Sin ser exhaustivos sólo señalaremos dos
rasgos de ese estilo de vida de los Apóstoles que es indicativo para
nosotros.
El primero es que, como sabemos, Jesús llamó a los “Doce
para estar con él, y para enviarlos a predicar.” (Mc.3,14.) Son dos
movimientos de una misma llamada y vocación. Como pasionistas, estar
junto al Crucificado y enviados a anunciar el Evangelio de su Pasión,
manifiestan el vigor y raíz carismática de nuestra originalidad
apostólica. Nos lamentamos, a veces, que no somos capaces de
potenciar una pastoral comunitaria, en equipo, coordinados. No debe
sorprendernos. Nosotros rezamos bastante, en común. Pero no hemos
aprendido a orar en común. Y “no podemos arrogarnos el derecho de
anunciar a otros la Palabra de la Cruz si antes no se ha encarnado en
nuestra propia vida.” (Con.9) No se si a nuestro propio voto le hemos
estrujado su encanto personal, pero estamos muy urgidos de sacarle
todo el gusto en su vertiente comunitaria y apostólica, como lo
solicitan de nosotros nuestras Constituciones. (Cons.6, 2.)
El segundo rasgo de ese estilo de vida de los Apóstoles
aparece en los Hechos, en la institución de los siete porque
aumentaban las necesidades y no podían asistir diariamente a las
viudas. Deciden poner a otros para este cargo “mientras que nosotros,
(los Apóstoles) nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la
Palabra.” (Hchs.6,4.) Parece muy clara la tarea y misión de los
Apóstoles y no se dejaron sustraer por otros buenos y necesarios
quehaceres. Algo vital para reorganizar nuestra vida y trabajo hoy
con seriedad y estilo apostólico. Para saber también nosotros en qué
hemos de ocuparnos y orientar nuestra vida “a la manera de los
Apóstoles.” Si no nos empeñamos en esta revitalización carismática y
apostólica de nuestra vida y misión, la mejora organizativa, o la
reestructuración que adoptemos, no tendrá más atractivo que la mera
cosa jurídica. Y ésta sólo es importante si sirve a nuestra vida y
misión en la iglesia y el mundo.
3.- Finalidad apostólica de nuestra Congregación.
“Siendo pues dos los fines principales de nuestra Congregación, uno el
que mira a la perfección de los sujetos de la misma, y otro el que
tiende a la conversión y santificación de los prójimos, implantando en
sus corazones el continuo recuerdo del Crucificado, se proponen en las
santas Reglas eficaces medios para obtener uno y otro.” (“Noticias” nº
1.F.Giorgini cp.Roma 1978.Pág.17.)
Notemos la importancia de esta finalidad en la concepción
de Pablo de la Cruz. Dos fines inseparablemente unidos y que se
requieren mutuamente. La evangelización nos proyecta enseguida hacia
los otros, el trabajo en el mundo, inquietud necesaria y que hemos de
afrontar. Pero creo que debemos estar más ocupados y preocupados en
evangelizarnos, a nosotros como sujetos, no a ellos. Existe aquí un
problema clave más complejo, porque atañe al corazón de nuestra
comunión, relación y oración. Por el devenir de la vida y el buen
objetivo de adaptación a nuevos modos, considero que nuestra vida hoy
es más secularista que pasionista. No hago un juicio sino una
apreciación que os invito a considerar. En algún momento tendremos que
pararnos y tomar en serio otras formas y medios que nos ofrecen
nuestras Constituciones para potenciar esta finalidad evangelizadora
hacia la propia comunidad. Es urgente y vital porque está en juego la
expresión y contagio de nuestra fe y carisma, de nuestro estilo de
vida. Y este no es un problema de edad y número, sino de espíritu y
vida. Esta evangelización o pastoral hacia adentro es muy necesaria en
nuestras comunidades. La innovación pastoral misionera pasa antes por
saber inocular en las venas de nuestro cuerpo comunitario todos los
genes del espíritu para que nuestras presencias tengan ese atractivo y
testimonio de nuestra gozosa vocación pasionista.
En el número 7 de nuestros Estatutos Generales se nos dice
que “En el ejercicio de nuestro apostolado, dése especial importancia
a los programas específicos y a las formas prácticas de enseñar a orar
y meditar sobre la Pasión.” La pregunta surgen enseguida: ¿qué
programas específicos tenemos y dónde y cómo estamos enseñando a orar
la Pasión de Cristo? Parece que estos dos elementos distan mucho de
ser atendidos y de convencernos nosotros de su importancia para la
conversión y la vida cristiana. Sin despreciar nada, podíamos
contabilizar el tiempo y fuerzas que invertimos en nuestros
apostolados para la reunión, por ejemplo, y para la oración de la
Pasión. Este hueco no es trivial ni accidental su ausencia si lo
pensamos en serio y captamos quién es el que mueve los corazones.
4.- Abiertos
al Espíritu para soñar.
La renovación de nuestra vida y misión es obra del Espíritu,
al que hemos de prestar atención y abiertos a las necesidades
del hombre de hoy. La evangelización es el primer desafío hoy
planteado a la iglesia en su primer anuncio o en su
reevangelización. No basta una pastoral de mantenimiento. No
es la respuesta decir una misa o dos cada día. Si en un
imposible se nos prohibiera “decir misa” a los religiosos
¿quedaríamos apostólicamente en el paro? Evidentemente que la
Eucaristía es la cumbre de todo apostolado. Pero también hay
que bajar al llano. Se pasa más tiempo y sudor en la subida a
la montaña que en el disfrute de la cima. Si no todos estamos
capacitados para estar en la frontera o periferia del mundo,
todos hemos de apoyar y orar para que esta presencia sepamos
abrirla en el corazón de nuestras comunidades, como tarea
apropiada con los crucificados y excluidos de nuestra
sociedad. “Nuestra vocación nos apremia a alcanzar un profundo
conocimiento de la pasión de Cristo y de los hombres, que
constituye un único misterio de salvación, a saber: la Pasión
del Cristo místico.” (Cons.65.)
La innovación de nuestro apostolado para llegar a los
alejados de Dios, a los que son víctimas de la injusticia, a la
consecución de la paz, a una mayor presencia en el ecumenismo
interreligioso, en los medios de comunicación social, al cuidado y
valoración de la creación y el medio ambiente, del respeto y defensa
de la vida, de los inmigrantes, a una mayor inversión en solidaridad y
caridad… son escenarios apremiantes donde la cruz se prolonga de forma
inhumana y donde los pasionistas no podemos dejar de mirar al que
atravesaron, a nos ser que hayamos perdido el corazón y la cruz que
simbolizan la vida y carisma de nuestra vocación. Responder a estos
retos en una verdadera dimensión comunitaria, (Cons.67,68 y 69.) y no
con formas personalistas, requiere mucha más humildad y sabiduría y
percibir que no se trata de una moda transitoria, sino de retos
verdaderamente humanos y evangélicos, que afectan de lleno a nuestra
fe y vida religiosa, como el Santo Padre viene insistiendo con mucha
frecuencia en todo lo referente a la dignidad de las personas y al
cuidado del planeta.
Hermanos, todas escenas de la pascua incluyen o terminan
con un envío. Es la hora de la misión. Si nuestro encuentro con Cristo
estos días es real nuestra vida se sentirá rejuvenecer y retoñar en su
espíritu fraterno y nuestra misión. Podemos perder la vida, pero no
perdamos el entusiasmo por anunciar a Jesucristo con audacia y
creatividad, aunque tengamos que romper, cambiar e innovar toda
nuestra cabeza y estructura. Vale la pena perderlo todo con tal de
ganarle y anunciarle a él.
No puedo concluir esta carta sin agradeceros a todos el
interés, llamadas y ante todo la plegaria y oración por los enfermos.
Me he sentido tan sostenido y abandonado en el querer de Dios, que
esta pasión adelantada, no es mérito mío alguno, sino de vuestra fe y
caridad que he sentido de continuo. Sufrir así no debe tener mérito
alguno pues un cariño y ternura interior te sostiene y acaricia de
manera real pero inexplicable. A todos, gracias de corazón. Con mi
gratitud os envío mi abrazo y el de mis consultores Gastón y
Laurentino siempre cercanos a vosotros. Que la Madre Dolorosa nos
refuerce el espíritu para estar siempre junto a la cruz y sentir su
presencia en nuestras comunidades apostólicas, como estuvo en la
primera. A todos mucho ánimo y aliento y vivid estos días con
profundidad espiritual y transformadora. Animaros a participar en las
Asambleas. Con la mayor alegría y esperanza os deseamos a todos una
feliz pascua de Cristo glorioso y resucitado.
Fernando Rabanal, cp
prep..prov.
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