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PASIONISTAS

 

PASCUA   2008:

 

 

Nosotros predicamos a Cristo Crucificado.

Queridos hermanos de la comunidad provincial:

 

            Nos encontramos ya ante la inminencia de la celebración del Misterio central de nuestra fe, pasión muerte y resurrección de Cristo, nuestra Pascua. La Palabra de Dios ha sido la mejor compañera y apoyo para revitalizar nuestra fe bautismal y para lograr que renazca de nuevo en el espíritu el compromiso gozoso de nuestra vocación religiosa pasionista.

            La presencia y fuerza de la Cruz es la mejor experiencia de desierto para vencer la tentación y al tentador. El calvario es el mejor lugar para transfigurar nuestra vida religiosa  en la plenitud de su amor. La samaritana nos lleva a ese pozo inagotable de su pasión para poder saciar nuestra sed. El ciego nos manifiesta que la luz y una mirada nueva provienen de su Cruz. Y en Lázaro, ese Dios de la vida, nos convoca para transmitirnos un verdadero poder  que hemos de ejercitar: resucitar el corazón. Misión que Jesús nos  ha conferido, que en el hijo pródigo se verifica, (“este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida”), y que desde la ternura y misericordia de su pasión, hemos de realizar en concordancia con nuestro propio carisma. Esta Palabra de Dios que acerca a los catecúmenos y renueva a los bautizados, es Palabra viva y eficaz que remueve y potencia nuestra misma vocación religiosa pasionista.

            Si es en la Pascua, por la acción del Espíritu, cuando surge la comunidad y cuando se nos invita al anuncio, entiendo que nos encontramos ante un momento significativo y oportuno para meditar la unión y la praxis de nuestra consagración, carisma y misión. Las fiestas pascuales nos colocan en esta situación, para que ante ese reto de trazar nuestros proyectos pastorales, en las  Asambleas a realizar próximamente en España y México y Venezuela, no sea un plan teórico e inoperante, sino que impulse y anime nuestro celo pastoral para proyectar nuestra misión carismática, con el ardor y el espíritu que envolvió a los primeros discípulos y a Pablo de la Cruz y nuestros hermanos primeros. Un proyecto que surja desde esa experiencia nuestra compartida del “Misterio Pascual como centro de nuestra vida.” (Cons.65.) Un proyecto que responda a lo que Dios quiere de nosotros ahora, al sentir de  la Iglesia, al corazón de nuestras Constituciones y Carisma y a las necesidades y gritos del mundo actual, sobretodo de los más crucificados.

            Aunque soy consciente que en septiembre os envié una carta, “La misión cambia la vida”, acerca de esta llamada a poner nuestro interés en el proyecto pastoral a construir, deseo ahora reforzar esa conciencia en nosotros, para que tanto la Pascua, como nuestras Asambleas, relancen el ánimo evangélico y misionero de nuestro carisma y misión, para reavivar el envío al que el Señor nos ha destinado, no tanto a bautizar, sino a evangelizar como lo sintió San Pablo Apóstol.

 

            1.- Nuestra espiritualidad apostólica.

            Nuestra vida y Congregación es eminentemente apostólica. Resulta, por tanto, primordial sostener un proyecto apostólico propio que dimane de la gracia e historia de nuestro carisma. No se trata de estar activos o superocupados en múltiples acciones. Ni de dedicarnos a la mera acción sacramental, por importante y necesaria que es en nuestra existencia comunitaria y pastoral. Nótese que a nosotros, como religiosos que somos, el Concilio nos habla de una “acción apostólica y caritativa” (PC,8.) animada por el Espíritu Santo.

            Nuestra espiritualidad apostólica está muy bien centrada en nuestra propia identidad y carisma: “contemplar y anunciar la Pasión de Cristo”. No existe fisura alguna ni división entre nuestra consagración, carisma y misión. Nuestra espiritualidad apostólica se regenera y posibilita, sin poder nunca encerrarla en meras formas históricas, en su originalidad carismática: Jesucristo Crucificado y Resucitado. Por lo que consagración, carisma y misión son como tres facetas o improntas unidas de una misma realidad: ser pasionistas. “Buscamos la unidad de nuestra vida y apostolado  en la Pasión de Jesucristo.” (Cons.5.) Por tanto no cualquier acción que hagamos es ya apostólica o caritativa. Dicha acción apostólica ha de provenir no de nosotros como apóstoles, sino del Crucificado, de su Espíritu y su gracia. En la mística al igual que en la acción apostólica, el protagonista no soy yo, sino el Espíritu del Crucificado y Resucitado que nos envía “por todo el mundo para anunciar el Evangelio”.

 

            2.- “A la manera de los Apóstoles.”

            San Pablo de la Cruz “Quiso que los mismos compañeros siguieran un estilo de vida a la manera de los Apóstoles” (Cons.1.) Entre otras cosas, esto significa que nuestra dimensión apostólica no proviene de las obras apostólicas que ejerzamos, sino de ese  estilo de vida semejante a los Apóstoles. Sin ser exhaustivos sólo señalaremos dos rasgos de ese estilo de vida de los Apóstoles que es indicativo para nosotros.

            El primero es que, como sabemos, Jesús llamó a los “Doce para estar con él, y para enviarlos a predicar.” (Mc.3,14.) Son dos movimientos de una misma llamada y vocación. Como pasionistas, estar junto al Crucificado y enviados a anunciar el Evangelio de su Pasión, manifiestan el vigor y raíz carismática de nuestra originalidad apostólica.  Nos lamentamos, a veces, que no somos capaces de potenciar una pastoral comunitaria, en equipo, coordinados. No debe sorprendernos. Nosotros rezamos bastante, en común. Pero no hemos aprendido a orar en común. Y “no podemos arrogarnos el derecho de anunciar a otros la Palabra de la Cruz si antes no se ha encarnado en nuestra propia vida.” (Con.9) No se si a nuestro propio voto le hemos estrujado su encanto personal, pero estamos muy urgidos de sacarle todo el gusto en su vertiente comunitaria y apostólica, como lo solicitan de nosotros nuestras Constituciones. (Cons.6, 2.)

            El segundo rasgo de ese estilo de vida de los Apóstoles aparece en los Hechos, en la institución de los siete porque aumentaban las necesidades y no podían asistir diariamente a las viudas. Deciden poner a otros para este cargo “mientras que nosotros, (los Apóstoles) nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la Palabra.” (Hchs.6,4.) Parece muy clara la tarea y misión de los Apóstoles y no se dejaron sustraer por otros buenos y necesarios quehaceres. Algo vital para reorganizar nuestra vida y trabajo  hoy con seriedad  y estilo apostólico. Para saber también nosotros en qué hemos de ocuparnos  y orientar nuestra vida “a la manera de los Apóstoles.” Si no nos empeñamos en esta revitalización carismática y apostólica de nuestra vida y misión, la mejora organizativa, o la reestructuración que adoptemos, no tendrá más atractivo que la mera cosa jurídica. Y ésta sólo es importante si sirve a nuestra vida y misión en la iglesia y el mundo.

 

            3.- Finalidad apostólica de nuestra Congregación.

            “Siendo pues dos los fines principales de nuestra Congregación, uno el que mira a la perfección de los sujetos de la misma, y otro el que tiende a la conversión y santificación de los prójimos, implantando en sus corazones el continuo recuerdo del Crucificado, se proponen en las santas Reglas eficaces medios para obtener uno y otro.” (“Noticias” nº 1.F.Giorgini cp.Roma 1978.Pág.17.)

            Notemos la importancia de esta finalidad en la concepción de Pablo de la Cruz. Dos fines inseparablemente unidos y que se requieren mutuamente. La evangelización nos proyecta enseguida hacia los otros, el trabajo en el mundo, inquietud necesaria y que hemos de afrontar. Pero creo que debemos estar más ocupados y preocupados en evangelizarnos, a nosotros como sujetos, no a ellos. Existe aquí un problema clave más complejo, porque atañe al corazón de nuestra comunión, relación y oración. Por el devenir de la vida y el buen objetivo de adaptación a nuevos modos, considero que nuestra vida hoy es más secularista que pasionista. No hago un juicio sino una apreciación que os invito a considerar. En algún momento tendremos que pararnos y tomar en serio otras formas y medios que nos ofrecen nuestras Constituciones para potenciar esta finalidad evangelizadora hacia la propia comunidad. Es urgente y vital porque está en juego la expresión y contagio de nuestra fe y carisma, de nuestro estilo de vida. Y este no es un problema de edad y número, sino de espíritu y vida. Esta evangelización o pastoral hacia adentro es muy necesaria en nuestras comunidades. La innovación pastoral misionera pasa antes por saber inocular en las venas de nuestro cuerpo comunitario todos los genes del espíritu para que nuestras presencias tengan ese atractivo y testimonio de nuestra gozosa vocación pasionista.

            En el número 7 de nuestros Estatutos Generales se nos dice que “En el ejercicio de nuestro apostolado, dése especial importancia a los programas específicos y a las formas prácticas de enseñar a orar y meditar sobre la Pasión.” La pregunta surgen enseguida: ¿qué programas específicos tenemos y dónde y cómo estamos enseñando a orar la Pasión de Cristo? Parece que estos dos elementos distan mucho de ser atendidos y de convencernos nosotros de su importancia para la conversión y la vida cristiana. Sin despreciar nada, podíamos contabilizar el tiempo y fuerzas que invertimos en nuestros apostolados para la reunión, por ejemplo, y para la oración de la Pasión. Este hueco no es trivial ni accidental su ausencia si lo pensamos en serio y captamos quién es el que mueve los corazones.

 

4.- Abiertos al Espíritu para soñar.

            La renovación de nuestra vida y misión es obra del Espíritu, al que hemos de prestar atención y abiertos a las necesidades del hombre de hoy. La evangelización es el primer desafío hoy planteado a la iglesia en su primer anuncio o en su reevangelización.  No basta una pastoral de mantenimiento. No es la respuesta decir una misa o dos cada día. Si en un imposible se nos prohibiera “decir misa” a los religiosos ¿quedaríamos apostólicamente en el paro? Evidentemente que la Eucaristía es la cumbre  de todo apostolado. Pero también hay que bajar al llano. Se pasa más tiempo y sudor en la subida a la montaña que en el disfrute de la cima. Si no todos estamos capacitados para estar en la frontera o periferia del mundo, todos hemos de apoyar y orar para que esta presencia sepamos abrirla en el corazón de nuestras comunidades, como tarea apropiada con los crucificados y excluidos de nuestra sociedad. “Nuestra vocación nos apremia a alcanzar un profundo conocimiento de la pasión de Cristo y de los hombres, que constituye un único misterio de salvación, a saber: la Pasión del Cristo místico.” (Cons.65.)

            La innovación de nuestro apostolado para llegar a los alejados de Dios, a los que son víctimas de la injusticia,  a la consecución de la paz,  a una mayor presencia en el ecumenismo interreligioso, en los medios de comunicación social, al cuidado y valoración de la creación y el medio ambiente,  del respeto y defensa de la vida, de los inmigrantes, a una mayor inversión en solidaridad y caridad… son escenarios apremiantes donde la cruz se prolonga de forma inhumana y donde los pasionistas no podemos dejar de mirar al que atravesaron, a nos ser que hayamos perdido el corazón y la cruz que simbolizan la vida y carisma de nuestra vocación. Responder a estos retos en una verdadera dimensión comunitaria, (Cons.67,68 y 69.) y no con formas personalistas, requiere mucha más humildad y sabiduría y percibir que no se trata de una moda transitoria, sino de retos verdaderamente humanos y evangélicos, que afectan de lleno a nuestra fe y vida religiosa, como el Santo Padre viene insistiendo con mucha frecuencia en todo lo referente a la dignidad de las personas y al cuidado del planeta.

            Hermanos, todas escenas de la pascua incluyen o terminan  con un envío. Es la hora de la misión. Si nuestro encuentro con Cristo estos días es real nuestra vida se sentirá rejuvenecer y retoñar en su espíritu fraterno y nuestra misión. Podemos perder la vida, pero no perdamos el entusiasmo por anunciar a Jesucristo con audacia y creatividad, aunque tengamos que romper, cambiar e innovar toda nuestra cabeza y estructura. Vale la pena perderlo todo con tal de ganarle y anunciarle a él.

            No puedo concluir esta carta sin agradeceros a todos el interés, llamadas y ante todo la plegaria y oración por los enfermos. Me he sentido tan sostenido y abandonado en el querer de Dios, que esta pasión adelantada, no es mérito mío alguno, sino de vuestra fe y caridad que he sentido de continuo. Sufrir así no debe tener mérito alguno pues un cariño y ternura interior te sostiene y acaricia de manera real pero inexplicable. A todos, gracias de corazón. Con mi gratitud os envío mi abrazo y el de mis consultores Gastón y Laurentino siempre cercanos a vosotros. Que la Madre Dolorosa nos refuerce el espíritu para estar siempre junto a la cruz y sentir su presencia en nuestras comunidades apostólicas, como estuvo en la primera. A todos mucho ánimo y aliento y vivid estos días con profundidad espiritual y transformadora. Animaros a participar en las Asambleas. Con la mayor alegría y esperanza os deseamos a todos una feliz pascua de Cristo glorioso y resucitado.

 

Fernando Rabanal, cp

prep..prov.

 

 

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