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Queridos hermanos y amigos:
La fiesta de San Gabriel
nuevamente me brinda la oportunidad de dirigirme a vosotros con cariño
peculiar y entusiasmo. Además con el gozo de mi visita en la que estoy
pudiendo compartir intensos momentos con todos y cada uno de vosotros. Sin
duda que sois el don más valioso que Dios nos regala y la promesa más viva
de nuestro presente.
La santidad: vocación sublime a nuestro
alcance.
En torno a la figura de nuestro hermano
Gabriel, captamos enseguida una vida normal de un joven de su tiempo y
cultura. Hasta que un día se planta y decide responder con su entrega
pasionista. A partir de esa determinación, Gabriel deja de ser una persona
normal. La normalidad de las normas de su mundo y cultura no van a
acaparar ni orientar su corazón a partir de entonces. Al elegir el
seguimiento de Cristo se desmarca a favor del mejor ideal (“sólo Dios es
bueno” leemos en el evangelio de su fiesta), se dispone a apostar por lo
perfecto, lo más sublime y excelente. Admirado y atraído por ese Dios
Crucificado, de la mano de María Dolorosa, le resulta irresistible esa
atracción de amor que le despierta la santidad, enterrando para siempre la
mediocridad.
La admiración de Jesús y
su pasión de amor hasta la cruz, olvidado en nuestra cultura, sigue siendo
el gran signo, el único signo capaz de humanizar y salvar este mundo. La
dinámica de su vida y obra, suscita en nosotros una admiración que nos
lleva a configurarnos con su persona y obra desde nuestra vocación
pasionista. No hay santidad ni amor más grande que dar la vida como Él.
Vosotros, jóvenes
pasionistas, tenéis que sacarnos de esta conducta sociológica de la
“normalidad” que nos ha impregnado en una vida superficial, domesticada.
La vocación no es domesticación. Un filósofo decía que la normalidad era
la enfermedad del siglo XX. Lo normal en nuestra cultura es que nadie se
destaque, todos iguales, mediocres. Lo normal es la indiferencia ante lo
malo y feo, incluso éso, se dice, es ser tolerante, lo que conlleva una
apatía por lo bueno y excelente. Si bueno es el que tolera ya no podemos
ser mejores. Se tolera todo porque no se admira nada. Esta falsa
tolerancia acaba por comulgar con lo tolerado. Todos una cuadrilla de
vulgares. Ya lo creo que esto afecta y mucho a nuestras comunidades y vida
religiosa hoy. Admirar a Cristo y aspirar a los bienes de allá arriba, que
es el tesoro de nuestra vida, parece que lo hubiésemos enterrado, como el
que recibió un talento en el evangelio. El Crucificado ni obstruye nuestra
originalidad ni aliena nuestro “ser propio”, sino que en referencia e
identificación con Él logramos el ideal de felicidad y plenitud total.
En la vocación
pasionista sigue anidando el camino más corto hacia la santidad. Y esta es
una responsabilidad nuestra ahora a vivir y transmitir. Para nada estamos
hablando de elitismo, sino de desterrar la mediocridad secularizante. No
podemos caer en una falsa humildad, ni en la pusilanimidad. La vida
pasionista es para almas grandes, para gigantes sueños en el divino
servicio, para apasionados sin frenos por el Reino y los ideales más
atrevidos y radicales del Evangelio.
No basta con “no hacer
mal” o una “buena conducta”. Vosotros jóvenes pasionistas, situados, por
tanto, en el Calvario, admirando al Crucificado, percibiréis la entera
persuasión de quien ha de ser nuestra vida y vocación. Del Crucificado
contemplado y admirado, brota el impulso de conversión profunda, de virtud
heroica, de entrega total, de amor hasta el extremo. De ahí emerge el
ansia de imitación y seguimiento más noble y sublime, más constante y
humilde, que arrastró la vida de Gabriel y que podemos admirar
afortunadamente en muchos hermanos nuestros que no han pactado ni se han
dormido en una vocación anodina.
Tres claves imprescindibles de signo
contracultural.
Brevemente quiero que interioricemos tres
claves o improntas que resultan totalmente necesarias y que atraviesan la
vida de Gabriel de manera continuada cuando leemos su vida con atención:
la devoción, la abnegación y la compasión.
1.- La marca de la devoción.
Ya percibo que uno se siente tentado a ponerla entre comillas, que
presenta ciertas resistencias o incluso cierta risa. Sé a quién me estoy
dirigiendo, de la cultura que provienen y su riqueza que en otros
ambientes hemos desdeñado u olvidado. La devoción es la intensificación y
manifestación de las dimensiones más vitales de la existencia, el fervor,
la entrega, el deseo ardiente de Dios, la fe en definitiva, vivamente
expresada. Frente a modelos de convivencia débiles e interesados de
nuestra cultura, la devoción es la vinculación con un sentido total de
pertenencia. No se trata de compararnos ni descartar a los demás, sino de
afirmar e intensificar nuestra identidad y pertenencia gozosa. Un filósofo
actual dice que “Toda la sabiduría es fría y que con ella es tan difícil
ordenar la vida como forjar el hierro en frío.” Si ese amor no es el fuego
que marca nuestra vocación, será difícil dejarnos transformar por Cristo.
Con la razón no se cambian las conductas, sino con las pasiones del
corazón que orientan nuestra vida, que luego se verán reforzadas por la
razón. Esa pasión por el Crucificado en su seguimiento ha de arder por
nuestras venas jóvenes. Sin esa afección por ese amor más grande no creo
pueda haber ni vocación ni compromiso ni santidad. Devoción quiere decir
ponerle afecto a las cosas de Dios, o mejor, dejarnos afectar por su amor
oblativo de pasión. Este ardor existencial fogueaba el corazón de Pablo de
la Cruz y de Gabriel, lo que explica además de su hondura, los gestos
concretos humanos y delicados que abundan en sus vidas. Cuando estamos
enamorados de Dios, se altera la vida, nada sigue igual, se disipa el
aburrimiento, rutina y desencanto. Esa devoción del corazón unifica e
integra nuestra vida y da ganas y ánimo a muchos gestos de cada día.
2.- La abnegación evangélica.
En realidad hoy se nos está pidiendo en la Iglesia que seamos testigos de
otro modo de vivir la vida. La abnegación no es una virtud que nos limita,
sino que es la expresión y condición del amor intenso para seguirle, para
amarle a Él sobre todas las cosas. La virtud no es la renuncia, la virtud
es siempre el amor a Cristo. Pero para ello se requiere urgentemente la
negación de la voluntad, adelgazar el “yo” que es el peor enemigo de
nuestra verdadera santidad y comunidad. Descentrarnos de nosotros mismos
con esa ruptura que nos dispone para servir a los demás hasta lavar los
pies. Basta, de nuevo, una mirada a San Gabriel, para ver esto en su
radicalidad. Recordar la fuerte y humillante escena del cilicio, por
ejemplo, o el debate con su director por ser más radical en la penitencia…
Se nos cuenta que al morir San Gabriel, su padre quería guardar un
recuerdo suyo, y sólo encontraron el crucifijo en su habitación para
darle. Personalmente, en algunos hermanos fallecidos en estos años, he
podido aprender y captar que en su habitación sólo tenían cuatro cosas
para la oración, lo imprescindible. Me han impactado estos hermanos y
evidenciado gozosamente que la verdadera dicha, calidad y transformación
de la vida no viene por la acumulación, sino por la abnegación.
3.- La implicación compasiva.
Necesaria para todos, pero ineludible para un pasionista lógicamente.
Claro que es algo libre, pues también podemos “pasar de largo”. Nuestra
vocación ha de ser samaritana en su doble acepción, la de la samaritana y
la del samaritano. Si el sufrimiento, la pobreza escandalosa, la
injusticia de nuestra globalización no nos duele, preocupa y ocupa, tal
vez nuestro ideal no vaya por estas huellas. El pasionista no huye, sino
que ha de hacerse presente en la pasión de los hombres, mujeres y niños
que hoy son cuerpo histórico crucificado de Cristo.
Un rasgo de ese
encuentro compasivo es la gratuidad. Podemos dar sin motivos, porque sí,
sin precio alguno, hasta el extremo. Otro rasgo es la proximidad. Es
preciso más que esperar a que se nos llene el templo, acercarnos y
desplazarnos nosotros hacia el necesitado, verdadero templo viviente del
Espíritu. Y no huelga recordar que el próximo, es siempre el hermano de
nuestra comunidad, donde, a veces, se puede vivir entre barreras y en un
verdadero sufrimiento en solitario. No olvidemos que en los relatos
evangélicos siempre hay de parte de Jesús, cercanía, proximidad, más aún,
contacto, para que haya salvación, curación.
La raíz y dinámica
compasiva provienen del mismo Jesús, el Nazareno Crucificado. Su vida y
amor es quien inspira y anima nuestra praxis compasiva, la única que podrá
cambiar este mundo. Estar con los dolientes, practicar la justicia, es un
imperativo del amor del Reino, pero nunca lo sustituye o anula. Si nuestra
acción no sobrepasa y transciende la de los comprometidos sociales,
sindicales, políticos de nuestra sociedad, no es verdadera proyección del
Reino de Dios y su justicia. Si desde la fe en Jesús pretendemos
compaginar en algún momento el prestigio de los señores de este mundo y el
escándalo de la cruz, es que verdaderamente no hemos entendido nada. Es el
poder de Dios quien se nos ha manifestado en un Signo, el Crucificado, al
que remiten todos los demás signos de los tiempos, y no hay otro. Quien
practica este amor compasivo descubre su pobreza y abandono, es decir, que
se halla en un campo y en manos de quien le lleva y sobrepasa. Es un amor
mayor que nos ha cautivado y nos conduce para realizar lo que a uno mismo
le desborda.
Sin esta experiencia y
contacto con el sufrimiento y dolor de la tierra, difícilmente podremos
realizar ese encuentro compasivo con el otro, con nuestra realidad que no
podemos permitir siga igual, y será difícil tener un auténtico corazón
pasionista. Ya lo creo que sentiremos nuestra limitación e impotencia.
Pero eso no nos impide ocupar ese espacio y dejar la vida en el intento
como hizo Jesús. Es la pasión de cada día y cada persona. Y aunque nuestra
presencia sea exigua, no podemos renunciar a ella al estilo de Jesús.
La Eucaristía es el
momento culminante de esta devoción, abnegación y compasión. La entrega y
sacrificio del Hijo de Dios en la Cruz es la memoria permanente de su
insuperable amor. Ahí está nuestro rechazo a su amor ofrecido, pero
sobreabundando la gracia vivificadora de su amor mayor que nos perdona,
libera y resucita.
La comunidad, lugar de comunión y santidad
compartida.
Creo que era el P. Norberto, director de
San Gabriel quien hablando con su tío le pronosticaba que Gabriel llegaría
a ser un gran santo. El tío de Gabriel le dice que se conformaría con que
fuera un buen religioso. A lo que el P .Norberto responde lúcidamente: No
se si un religioso que no llega a ser santo llega a ser un buen religioso.
Este afán debe poseernos personalmente, pero es preciso se exprese, motive
y acompañe en toda comunidad. Nuestra comunidad tiene una historia que
contar. No podemos estar en un viernes santo como los discípulos,
traumatizados, encerrados en nuestras crisis y caos. Jesús está entre
nosotros, parte el pan y entrega el cáliz. Es el mismo relato de su Pasión
quien nos une en comunión fraterna y quien abre una historia de esperanza
crucificada que nos convoca y hemos de contar, que nos da vida y novedad e
impulso carismático.
Toda la espiritualidad
cristiana no es sino una vida de amor intenso, que brota del Misterio de
Amor, del Padre, Hijo y Espíritu. Esta comunión trinitaria en su
despliegue y anonadamiento se nos manifiesta de manera sublime en la Cruz.
Este es el nido de amor donde arraiga toda nuestra espiritualidad,
comunión y compromiso. Ahí está la verdadera fundamentación teológica y
espiritual de nuestra fraternidad, para no caer en meros deseos o afectos.
De ahí parte nuestro anhelo por acoger a todos y lograr esa familia
universal de toda humanidad en la casa del Padre.
En un mundo donde crece
el camino de la exclusión, donde casi todos nos vamos a sentir
extranjeros, (creo que también la vida religiosa lo está ya), donde los
inmigrantes, desplazados y refugiados crecen de manera inhumana, no
tenemos otra alternativa que la de la inclusión y la comunión. La comunión
diaria con el cuerpo y sangre de Cristo en nuestras comunidades también
implica esta adhesión, aunque no se si opera vivamente en nuestras
conciencias.
La comunidad juega un
papel insustituible en nuestra vocación y santidad. Basta ver los bellos
números 79, 80 y 82 de nuestras Constituciones para sensibilizarnos de su
trascendencia. Si lográramos admirar a la gente de la fraternidad de
nuestras comunidades, no me cabe duda que aparte de mayor alegría seríamos
el mejor reclamo vocacional. “Mirad cómo se aman”. No hay santidad mayor.
Mientras estemos más pendientes que nos digan “qué bien habla este padre”
que “cómo se aman estos hermanos”, tal vez sigamos siendo los címbalos que
resuenan que decía el apóstol Pablo. Cuando hay una comunidad humana y
espiritualmente bien ceñida en santidad, eso se contagia y se pega sin
ningún tipo de explicación o raciocinio. “Venid y veréis” sigue siendo una
adecuada y válida consigna. Sólo en un horno bien caliente puede cocerse
un buen pan. Sólo en el calor fraterno de la comunidad pueden tostarse
verdaderos y maduros religioso en espíritu y verdad.
El vivir en un mundo
globalizado, único, no impide cada vez más su fragmentación y vernos más
desmembrados. Esta fragmentación no podemos permitir ocupe nuestras
comunidades. Saturados, a veces de conexiones y “chats”, no logramos
establecer un diálogo personalizado con el de casa. Conectamos con ansia
de hablar con muchos de fuera y somos incapaces de personalizar con el de
al lado. No digamos ya si nos sentimos más distanciados que unidos por
ideologías, mentalidades, incluso incomprensiblemente por teologías. Sin
duda que esto afecta no sólo a nuestra comunión sino a la misma misión de
manera deplorable. Por ello necesitamos proteger e impulsar el espacio de
nuestra relación, la calidad de vida de la comunidad. Es ahí donde echamos
raíces para la interiorización y la pertenencia, de manera que hoy
proporcionalmente y mañana completamente estemos recios para la misión.
Concluyo compartiendo
muchas alegrías y esperanzas que Dios nos concede en vosotros: la
bendición del primer seminario pasionista en Venezuela, la toma de hábito
de los novicios, el mes de retiro silencioso de tres teólogos en México,
la próxima profesión perpetua de algunos de nuestros hermanos, la segunda
reunión de formadores y vocacional de todos los delegados de la Provincia
del 1 al 5 de mayo que encomiendo a vuestra plegaria, el tesón y esmero de
los formadores, la superación y crecimiento de varios compañeros que salen
reforzados, (no es lo mismo dudar de la vocación que dudar en la vocación)
y el testimonio admirable de tantos hermanos mayores. Todo es gracia y
agradecidos estamos al Padre de la misericordia por lo que está realizando
en nosotros.
Con todo el afecto e
interés de mis consultores, que siempre preguntan por vosotros, os doy un
abrazo de corazón y os aliento a vivir con ilusión y alegría nuestra
atractiva vocación pasionista.
Fernando Rabanal, cp
prep..prov
El Salvador, 27 de
febrero de 2007.
Fiesta de San Gabriel
de la Dolorosa.

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