TIEMPO DE ADVIENTO: "TIEMPO DE ESPERANZA"

 

 

AVIVAR LA ESPERANZA EN CRISTO.

 

Queridos hermanos:

 

            Al dirigiros estas breves palabras de adviento me siento aún muy emocionado y con una impagable gratitud hacia todos vosotros. ¡Gracias! ¡Infinitas gracias a todos! He percibido el cariño y la amistad fraterna hechos eficacísima oración, una vez más, de todos los hermanos. ¿Cómo pagaré al Señor y a cada uno de vosotros todo el bien que me habéis hecho?

            Sin detenerme en detalles, conocéis que regresé de América porque mi madre entró en un coma irreversible, con dos o seis días a lo sumo de vida. Al tercer día milagrosamente, según refiere el médico, comienza su conciencia. Nos dicen que quedará inválida y demente… Que esta mejoría era el canto del cisne… Lo cierto es que con sus achaques comenzó a comer y vivir y recuperó plenamente sus facultades mentales. Sinceramente yo sólo  podía dirigirme a los que más quiero y tanto me han consolado. ¿A quién si no a ellos? Pablo de la Cruz, Nicéforo y hermanos, a Gabriel, Gema, a todos los hermanos pasionistas del cielo. Ellos y vuestra oración han posibilitado  esta inmensa gracia que me ha inundado como mi propia sangre. Esa plegaria vuestra ha sido la verdadera medicina. Desmerecedor de esta misericordia divina, el Padre ha tendido su mano, pero vuestra oración de hermanos le han movido sus dedos.

            Desde que profesé me he sentido en una única familia, la natural y la espiritual que es la Congregación, muy unidas siempre. Un día mi madre me entregó a la Congregación, verdadera madre también. Hoy he percibido intensamente que la Congregación, (los santos del cielo y la ternura-oración de mis hermanos de la tierra) me han entregado también de nuevo a mi madre hasta que Dios disponga en su inmensa bondad. Detrás de esta gracia hay un signo no menos maravilloso que espero Dios lo hilvane para gloria suya. Gracias de corazón y Dios os colme de su infinito amor. Gratitud que me han reiterado os exprese toda mi familia en varias ocasiones, pues  ellos que iban llorando, volvieron cantando y admirados al detectar que algo grande había sucedido. También uno llora de gracia y gozo por los hermanos que Dios le ha dado y te rodean en el silencio y el dolor. Todo mi agradecimiento desde esta carta para todos pues me resultaría imposible contestar uno por uno llamadas y correos amontonados de estos días.

            Hermanos, en este Año Sacerdotal, el Adviento reviste para nosotros un atractivo más profundo, porque nuestra vida ha de ser presencia viva de Dios –con- nosotros, y esperanza próxima de su venida definitiva. El mundo ha de captar en nuestra consagración religiosa y sacerdotal este signo evangélico de vida con mayor transparencia y relación que cualquier otro signo navideño convencional.

            Nuestra Congregación, nosotros,  asistimos a un verdadero adviento prolongado en este proceso de reestructuración, como un auténtico kairós, tiempo de gracia, del Espíritu y de salvación. El recuerdo de aquellas palabras del Papa Benedicto XIV, al reconocer la Congregación, “esta Congregación debía haber sido la primera en la Iglesia y resulta que llega la última,” nos impulsa a ver la emocionante  proximidad aún  de lo que somos, con el acontecimiento fontal que nos origina.  Junto con la Iglesia, nuestro carisma, estilo de vida y misión, por la actuación eficaz del Espíritu Santo, nos hace exclamar y sentir, no con tristeza, que dos mil años nos separan de este acontecimiento de salvación, sino que dos mil años nos unen a él con una experiencia de alegría desbordante. Nuestra vida religiosa pasionista y sacerdotal ha de irradiar convencida el “hoy de la encarnación,” “el cumplimiento hoy de la Escritura,” el “hoy” de la esperanza y del que vendrá para ser todo en todos. (Col.3,11.)

            Este faenar que es obra del Espíritu siempre, en la tradición, la liturgia, en nuestra vida y comunidad, requiere de nosotros la textura interna de María. El Espíritu pudo llenarla de gracia. Ciertamente es un don, pero que reclama, no lo olvidemos, el vacío pleno de sí misma. Sin este vacío de mí mismo imposible que el Señor esté conmigo. Contra lo que solemos pensar, la gran novedad de la encarnación no está en el descenso de Dios a un pesebre, sino en su descenso a la Virgen María. No en elegir un lugar pobre para nacer, sino en elegir a una persona, a una madre pobre de la que nacer. Esta perspectiva nos sitúa a nosotros también como destinatarios para dinamizar y revitalizar nuestra consagración religiosa actual. Esta convicción nos capacita para ponernos en movimiento como Ella por las empinadas montañas de esta sociedad e ir por todo el mundo, encendidos por el Espíritu, sin fosilizarnos en la hartura de nuestro propio “yo” o estructura incluso pastoral o religiosa.

            Nuestra vida religiosa, comunitaria e incluso pastoral, ¿no estará un tanto saturada del “yo”? María, en cambio, resulta admirable. Ni un resquicio de vanagloria. Todo lo atribuye a Dios y nada a sí misma. No sólo en el ámbito del ser, sino en el del obrar.  Lo vemos a diario en su Magníficat que hemos de vivir e integrar con Ella. El mismo sentido de vacío y humildad que tan insistentemente nos exhorta Pablo de la Cruz para nuestra santidad y crecimiento espiritual. Todo un elemento verdaderamente penitencial acorde con nuestras Constituciones y este tiempo de Adviento, para abrir el corazón y el Poderoso haga libremente obras grandes en nosotros, sin impedimento alguno, y con su misericordia podamos abrazar a cada hermano como verdadero hijo e imagen suya entre nosotros.

            Termino con una recomendación preciosa y precisa para avivar la esperanza en estos días, para los que tengáis tiempo y ansia de Dios: Meditar la última parte de la Carta Encíclica “Spe Salvi”. A partir del número 24 nos habla el Papa de la verdadera fisonomía de la esperanza cristiana. Y luego señala los lugares del aprendizaje de dicha esperanza, deteniéndose en tres que vale la pena rumiar y que son bien efectivos y prácticos: la oración como escuela de esperanza, el actuar y el sufrir y el Juicio que pareciera haber desaparecido de nuestro índice predicador. Tres espacios que al releerlos uno se siente motivado y alentado en esa esperanza que sólo Cristo puede sostener en nuestros corazones.

            Mucho ánimo y esperanza  en este adviento consolador y expectante que en medio de la crisis es el único que nos acredita y asegura la salvación para todos.¡Gracias!

 

 

                                                                                  Fernando Rabanal, cp.

                                                                                              prep.pro

 

 

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