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  • S. Inocencio Canoura

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  • SAN CARLOS HOUBEN

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  • Beatos Mártires  de Daimiel

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  • P. Teodoro Foley

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S. Inocencio Canoura

InnocenzocanouraDel 1931 al 1934 y durante la guerra civil (1936 - 1939) la Iglesia española sufrió una feroz persecución. Allí se dieron muchos mártires y también los pasionistas ofrecieron su contribución de sangre.

Éstas, en síntesis, son las razones históricas de aquel acontecimiento. La casa real española ha buscado muchas veces transformarse en monarquía constitucional con orden democrático. Pero esto ha sucedido solo recientemente. Por razones políticas complejas muchas veces se ha elegido gobernar en modo autoritario. Al poder monárquico borbónico se oponían los socialistas y los republicanos, que se inspiraban en las ideas de la revolución rusa y odiaban al clero al que consideraban aliado del poder central.

En 1931 republicanos y socialistas ganan las elecciones y proclaman la segunda república. Cancelan las ordenes religiosas, destruyen las iglesias y expulsan muchas personalidades eclesiásticas. Las cosas, desgraciadamente, no mejoran con la llegada al poder de los de derecha que en el 1933 ganan las elecciones. La izquierda no se conforma y levanta una insurrección el 5 de octubre de 1934 sobre todo en Asturias. Solo el 20 de octubre el poder central logra restablecer el orden. En este breve periodo de 15 días habrán otros 1300 muertos y 3000 heridos, son dados a las llamas cerca de mil edificios, entre ellos 58 iglesias.

En este contexto histórico padece el martirio el P. Inocencio Canoura, un fervoroso y humilde misionero pasionista, que practica todas las virtudes, sobre todo la fe hasta la efusión de la sangre. Su muerte gloriosa ilumina de una luz especial una vida de intensa bondad.

Manuel Canoura había nacido en Galicia en 1887 de una familia de campesinos. Conoce a los pasionistas en las misiones populares, aprende a amarlos, entra en el seminario pasionista de Deusto y emite la profesión religiosa en 1905, con el nombre de Inocencio. Es un nombre profético: es tanto más inocente, cuando más culpables son sus verdugos. A los 26 años es ordenado sacerdote. Enseña filosofía, teología y letras a los estudiantes pasionistas. Era un maestro muy preparado y claro en su expresión, también confiable y comprensivo.

Después de 1922 se dedica principalmente al apostolado y a la predicación en las dos provincias pasionistas españolas. En 1923 es incardinado a la nueva provincia de la Preciosísima Sangre. En septiembre de 1934, un mes antes del martirio, el P. Inocencio regresa a Mieres en la inquieta región minera de Asturias, donde ya había estado siendo muy conocido y apreciado.

La comunidad cuenta con 29 religiosos, de los cuales 17 son jóvenes estudiantes. La situación política puede andar fuera de control de un momento a otro y el clima es muy hostil para los religiosos. Desde la calle se oyen insultos y amenazas del tipo: "Hermanos, aléjense del convento, les cortaran el cuello, ¿por qué estudian?, salgan y huyan lejos para evitar lo peor. Esta vez no se salvarán". De noche ponen a un religioso de guardia para vigilar la situación.

El 5 de octubre de 1934 sucede cuanto estaba ya en el aire. Se sublevan 30.000 insurgentes en Asturias: los católicos en la mira, los sacerdotes y los religiosos son señalados como cómplices de la derecha y contra ellos se vuelca el odio de los social-comunistas. El día anterior los pasionistas desarrollan las habituales ocupaciones. El P. Inocencio va a Turón, pueblo minero, para confesar en el colegio de los hermanos de las Escuelas Cristianas en preparación al primer viernes del mes: se hace tarde y viajar de noche es poco prudente, por eso decide pernoctar allí. El día 5 se levanta muy temprano y celebra la misa.

Al ofertorio llegan los revolucionarios, que van a golpe seguro: El Señor asocia a sus mártires a su propio sacrificio. Sucede siempre; (en nuestros días ha sucedido lo mismo a Mons. Romero). Registran la casa, buscan las armas "de los fascistas y de la acción católica", arrestan al P. Inocencio y a los 8 religiosos de la comunidad de los Hermanos de las Escuelas Cristianas y los llevan a la "casa del pueblo".

Todos dan pruebas de serenidad y ánimo. Hacen oración, se preparan al encuentro con Cristo conscientes ya de su suerte. Pasan el primer día sin comer nada. Después una devota señora logra llevarles un poco de alimento y los encuentra serenos y listos para el sacrificio. El P. Inocencio se confiesa con un sacerdote también detenido y escucha de nuevo la confesión de los compañeros de martirio. Están todos conscientes de que serán asesinados únicamente porque son sacerdotes y religiosos.

El P. Inocencio pasa esos pocos días orando y escribiendo. Pero le será quitado todo. Hacia la una de la madrugada del 9 de octubre fueron llevados al cementerio donde había sido ya excavada una fosa común. Se intercambian de nuevo la absolución y se dirigen al martirio orando en voz baja. Todos son puestos en fila junto a la fosa y luego fusilados.

Los cuerpos de los mártires son exhumados casi de inmediato. Los ocho hermanos de las Escuelas Cristianas fueron trasferidos a Buiedo, mientras que el P. Inocencio a Mieres, junto a sus cohermanos. Juan Pablo II los declara beatos el 29 de abril y santos el 21 de noviembre de 1999.

Francesco Valori

SAN CARLOS HOUBEN

CarlosHoubenLos auténticos santos son imitadores de Cristo y el beato Carlos Houben fue uno de estos. Así nos dice Pierluigi di Eugenio: “Pasó bendiciendo, sanando y perdonando. Siempre dispuesto y amable. Pobre entre los pobres, hizo de su vida un don para los que sufren. Todo de Dios, todo del prójimo. Los necesitados del alma y del cuerpo no lo dejaban reposar ni un momento. Profundamente dedicado a la familia y a la patria trabajó por muchísimos años lejos de la una y de la otra, encontrando en los que sufren a los propios hermanos y en la tierra de Irlanda su propia patria”.

 Juan Andrés nace en Munstergeleene en Holanda el 11 de diciembre de 1829, cuarto de diez hijos en una familia adinerada.

Crece en inteligencia, edad y gracia. El hermano José dirá de él: “Conocía solo dos caminos, el de la Iglesia y el de la escuela”. Mientras se hace camino en el ánimo del joven el deseo de ser sacerdote. Conoce los Pasionistas, con poco tiempo en Holanda llevados por el P. Domingo Barberi y a los 24 años, el 5 de noviembre de 1845, entra en el noviciado en Ere, Bélgica y viste el hábito con el nombre de Carlos.

Durante el noviciado es irreprensible. Éste es el testimonio de uno de sus compañeros: “Me sentía muy edificado delante de su grande santidad. Era ejemplar, lleno de fe y de piedad, puntual, observante de las reglas, simple, amable y de carácter dulce. Su piedad y su natural alegría le ganaban el afecto de todos”. El 21 de diciembre de 1850 es ordenado sacerdote. En 1852 es enviado a Inglaterra donde estaban los pasionistas desde hacía 10 años. Carlos no regresará más a Holanda ni volverá a ver a los suyos. Su madre había muerto 8 años atrás y el padre cerca de dos.

Pasará más de cuarenta años de su vida en las islas británicas. Se establece primero en Aston may, en Inglaterra; donde se prodiga a favor de los inmigrantes irlandeses que llevan a cabo el duro trabajo de las minas. Esta experiencia será útil en su próxima permanencia en Irlanda. Se dona completamente a ellos, se interesa de sus problemas, de su salud. Conforta, ayuda, cura, mientras continúa trabajando a favor de la congregación y de la Iglesia.

En 1857 lo transfieren a Irlanda, en Dublín / Mount Argus, donde los Pasionistas llegaron hacía poco tiempo. Se debe construir el convento y la iglesia. El P. Carlos se revela providencial. El pueblo Irlandés que lo ha visto a su lado con tanta solicitud, se muestra generoso. Se construye el convento y una bella iglesia dedicada a san Pablo de la Cruz. El P. Carlos, sin saberlo, prepara su propio santuario.

Carlos no será nunca un gran predicador, sobretodo por la dificultad de la lengua, pero pasa horas y horas en el confesionario, asiste los moribundos, bendice los enfermos con la reliquia de san Pablo de la Cruz. Acompañando la bendición con estremecedoras oraciones compuestas por él mismo. Tiene la fama de taumaturgo. Cada día cerca de trescientas personas, provenientes de todas partes de Irlanda, de Inglaterra, de Escocia y hasta de América, acuden a él, atraídos de la fama de su santidad. Encontraban un corazón compasivo, disponible y tierno. Médicos y enfermeros de Dublín, frente a casos desesperados, aconsejaban llamar al P. Carlos y Carlos acudía a las casas y a los hospitales, llevando casi siempre el don de una curación inesperada y siempre un trago de serenidad. Con amor preparaba los moribundos al gran paso, arrodillado en oración, cercano de sus lechos. Para hacerlo descansar un poco, lo superiores varias veces lo cambian de convento, pero después deben regresarlo a Dublín.

En la comunidad era ejemplar, lleno de fe y de piedad, simple y afable, de una amabilidad angelical. No obstante las ocupaciones pasa largo tiempo en adoración delante del tabernáculo. Seguido lo encuentran en éxtasis, especialmente durante la misa. A veces el monaguillo se ve obligado a sacudirlo para que prosiga la celebración.

En los últimos años de su vida sufre mucho por una gangrena en una pierna y otros males. Soporta la enfermedad con paciencia continuando a desarrollar su apostolado. Cada día continua a subir y bajar una escalera de 59 gradas, y cientos de veces, para recibir las personas que vienen a él.

Muere serenamente el 5 de enero de 1893. por cinco días, antes de la sepultura, recibe honras fúnebres debido a un rey, con gente proveniente de toda Irlanda.

Juan Pablo II lo declara beato el 16 de octubre de 1988, haciendo oficial la santidad del padre Carlos, que ya en vida todos llamaban el santo de Mount Argus.

Francisco Valori

Beatos Mártires de Daimiel

martiresdaimielLa noche del 21 al 22 de julio de 1936, el convento pasionista de Daimiel, Ciudad Real, descansaba en la más profunda calma. La oscuridad era como un manto protector, que envolvía la casa e iglesia del Santo Cristo de la Luz. Parecía como si nadie pudiera perturbar ese ambiente de paz y de silencio.

 

Serían las once y media de la noche. El sonido metálico de la campana de la puerta vino a romper inesperadamente y con insistencia este silencio claustral de la media noche estrenada. Era un sonar agitado y nervioso, que hizo saltar del lecho en que dormía tranquilamente al hermano portero de la comunidad. ¿Quién sería a tan altas horas de la noche? ¿Qué estaría sucediendo?

 

¿Qué se pediría de ellos?

El buen hermano Pablo María destacaba precisamente por su tranquilidad y su paz. Sin embargo, al oír ese sonar fuerte e insistente de la campaña a horas tan intempestivas, no pudo menos de asustarse y quedar desconcertado y sin saber qué hacer. ¿Acudiría a la puerta? ¿Esperaría un poco más a ver lo que pasaba? De ir, ¿lo haría solo?, ¿o despertaría a algún otro religioso para que le acompañase?

Pronto recobra la calma y, con gran valentía y serenidad, decide ir solo. ¿Cuál no sería su sorpresa. ..y miedo, al abrir la puerta y encontrarse allí nada menos que con una multitud de hombres fuertemente armados, envueltos en la oscuridad? Con ademanes amenazadores y sin más dilación, éstos mandan al hermano que se desaloje inmediatamente el convento.

"GETSEMANÍ, ÉSTE ES NUESTRO GETSEMANÍ... "

 

Pasos silenciosos, sombras y siluetas moviéndose a lo largo del corredor en penumbra. Cada noche, algo más tarde, solían levantarse para cantar las alabanzas del Señor en el coro. Ahora, estos hombres de Dios querían coronar el canto de alabanza de sus vidas con el "amén" festivo de su fidelidad a Cristo.

 

Entraron en la iglesia. Delante del altar les estaba ya esperando el provincial, el P. Nicéforo, cuya mirada suave y cariñosa se iba posando sobre cada uno de esos religiosos, en su mayor parte tan jóvenes.

 

Ya en el presbiterio y de rodillas ante el altar, el Padre les dirigió unas palabras que no parecían de él, sino inspiradas directamente por el Espíritu de Dios. Los pocos que lograron sobrevivir, después de la tragedia de la guerra, todavía las recordaban textualmente. De tal manera se les habían grabado en la memoria y en el corazón:

 

"Getsemaní":

 

Les dijo con la mayor emoción-, éste es nuestro Getsemaní. Conturbada ante la fatídica perspectiva del Calvario, como la de Jesucristo, también nuestra naturaleza, en su parte débil, en su parte flaca, desfallece, se acobarda... Pero Jesús está con nosotros. Yo os voy a dar al que es la fortaleza de los débiles... A Jesús le confortó un ángel, a nosotros es el mismo Jesús el que nos conforta y nos sostiene... Dentro de pocos momentos, estaremos con Cristo...

 

Moradores del Calvario, ¡ánimo!, ¡a morir por Cristo! A mí me toca animaros y yo mismo me estimulo con vuestro ejemplo ".

 

A continuación, el P. Nicéforo dio a todos la absolución general y él mismo la recibió del P . Germán, el superior de la comunidad. Luego, se revistió el roquete y la estola y dio a cada religioso la sagrada comunión. De esta comunión escribiría, años más tarde, uno de los supervivientes: "¡Qué comunión aquella tan fervorosa!"

 

Después de unos momentos de acción de gracias, el P. Provincial animó todavía a sus religiosos al martirio, recordándoles que ahora debían probar con su vida que eran seguidores de Cristo Crucificado, que eran ¡pasionistas!

 

Con solemnidad y misterio, desde el altar el Padre se dirigió a las puertas de la iglesia, acompañado de sus religiosos. Las abrió de par en par. Fuera y envueltos en la oscuridad de la noche, le esperaban unos doscientos milicianos fuertemente armados y apiñados hacia la entrada. Entonces uno de ellos, destacándose de los demás y con el arma en la mano, se dirigió a los religiosos y les exigió, amenazador, que abandonasen el convento y la iglesia.

 

El P. Nicéforo le contestó sencillamente: "Si quieren matarnos, háganlo aquí, en la iglesia ". El miliciano no había contado con esta actitud tan pacífica y valiente. No poco confuso, se dirigió todavía al P. Nicéforo con estas palabras: "¿Quién ha dicho que queremos mataros? Lo que queremos es que os vayáis de aquí".

 

Escoltados como si fueran malhechores, los religiosos pasionistas salieron de la iglesia y se internaron en la oscuridad y en lo desconocido. Ninguno intentó huir ante la muerte. Todos permanecieron fieles al Señor. Después de haber recibido la eucaristía y de la oración, los Pasionistas de Daimiel, a ejemplo de Jesús y de los primeros mártires de la Iglesia, se sintieron ya fuertes y preparados para enfrentarse con su pasión y beber hasta las heces el cáliz que el Padre celestial les preparaba.

 

Pero, ¿adónde los llevaría ahora su camino, en medio de la oscuridad, tan avanzada la noche y rodeados de enemigos?

 

CAMINO DEL CEMENTERIO

Primero se les dio orden de dirigirse hacia la estación. Algunos pensaron que allí les dejarían tomar el tren y alejarse. ¡Vana ilusión! La comitiva cambió pronto de rumbo y tomó otra dirección, esta vez la del cementerio cercano. Todos estaban convencidos de que allí serían fusilados.

 

En filas de dos en dos, escoltados por hombres armados, caminaban envueltos en la oscuridad de la noche. ¡Silencio! Pero cuanto mayor era el silencio, tanto más vivo se hacía en ellos el mundo de sus pensamientos. En aquellos momentos y en la oscuridad de la noche, no podían ser más siniestros. Uno de los cinco supervivientes describiría así, después de terminada la guerra, los sentimientos que les embargaban en aquellos trágicos momentos: "Nuestra excitada fantasía veía ya cavada la tumba. ¿Nos enterrarían vivos?, ¿o muertos? La muerte nos causaba espanto, pero el pensamiento de que nos enterrasen vivos era todavía mucho más terrible ".

 

Pero no, al llegar al cementerio, los hombres del "frente popular" les dejaron en libertad con la orden de seguir adelante y de no dejarse ver más por Daimiel y sus cercanías. De no hacerlo así, su vida correría el mayor peligro.

 

Después de haber visto tan de cerca la muerte, los religiosos dieron un profundo respiro y tuvieron una gran sensación de alivio. Al llegar a la bifurcación de la carretera de Ciudad Real a Bolaños, se detuvieron para deliberar. Como no era posible que treinta y un hombres juntos pasaran desapercibidos las líneas del frente rojo, decidieron dividirse en grupos. El superior repartió el poco dinero de que disponían y los grupos se despidieron tomando diferentes caminos. Si todo salía bien, se encontrarían de nuevo en Madrid; en caso contrario..., en el cielo.

Con palabras consoladoras, con la mayor emoción se abrazaron fuertemente y se despidieron como para un largo viaje, muy probablemente hasta la eternidad, como así les sucedió a todos menos a cinco de esos religiosos.

Aunque dejados en libertad, los religiosos eran seguidos por el "frente popular", que iba informando de sus posibles itinerarios hacia la capital de España, a veces con consignas como ésta: "Van a pasar por ahí los pasionistas de Daimiel. ¡Carne fresca! No la dejéis escapar..."

Al día siguiente, 23 de julio de 1936, serían ya fusilados en la cercana población de Manzanares los primeros mártires. Cinco, entre ellos el P. Nicéforo, murieron allí, otros siete podrían todavía sobrevivir, pero, tres meses más tarde y después de mucho sufrimiento por las heridas de ese fusilamiento, morirían también fusilados de nuevo. Todos los demás, en distintos lugares y en diferentes fechas, morirían igualmente fusilados en Carabanchel Bajo (Madrid), en Carrión de Calatrava (Ciudad Real) y en Urda (Toledo ).

Todos murieron perdonando, como lo hizo Jesús en la cruz. "Si alguno nos saca para fusilarnos, diría el P. Juan Pedro. os pedimos que a nadie tengáis odio ni rencor por mal que nos hagan ". Testigos presenciales cuentan también que el P. Nicéforo, después de haber sido fusilado y ya próximo a morir, levantó sus ojos al cielo, volvió su rostro hacia sus asesinos y les ofreció una sonrisa, lo que les desconcertó hasta el punto de que uno de ellos, todavía más enfurecido, le recriminó: "Cómo, ¿todavía sonríes?" Y le disparó a bocajarro otro tiro, que acabó con su vida acá en la tierra.

Los 26 religiosos pasionistas del convento del Santo Cristo de la Luz, Daimiel, que dieron su vida por su fidelidad a Cristo y a la Iglesia son:

Nicéforo Díez Tejerina, superior provincial y que había sufrido ya persecución y destierro en México, Germán Pérez Jiménez, superior de la comunidad, Juan Pedro Bengoa Aranguren, que había sufrido también persecución por la fe en México, Felipe Valcobado Granado, Ildefonso García Nozal, Pedro Largo Redondo y Justiniano Cuesta Redondo, sacerdotes; Pablo María Leoz Portillo, Benito Solana Ruiz, Anacario Benito Lozal y Felipe Ruiz Fraile, hermanos coadjutores; Eufrasio de Celis Santos, Maurilio Macho Rodríguez, Tomás Cuartero Gascón y su hermano José María, José Estalayo García, José Osés Sáinz, Julio Mediavilla Concejero, Félix Ugalde Ururzun, José María Ruiz Martínez, Fulgencio Calvo Sánchez, Honorino Carracedo Ramos, Laurino Proaño Cuesta, Epifanio Sierra Conde, Abilio Ramos Ramos y Zacarías Fernández Crespo, estudiantes de filosofía que, después del noviciado, se estaban preparando para el sacerdocio.

Pero los vencidos habían sido los vencedores. Según confesaron más tarde los mismos asesinos, el P. Juan Pedro y el Hno. Pablo María murieron con el crucifijo en las manos y gritando: "¡ Cristo Rey!"

Otra cosa que llama la atención es el gran número de religiosos jóvenes. Dieciséis de estos Mártires Pasionistas de Daimiel estaban en edades comprendidas entre los 18 y los 21 años. Ojalá que su ejemplo despierte en nuestros días la conciencia y el entusiasmo de tantos jóvenes todavía indecisos y les lleve a orientar su vida hacia ideales altos y nobles, tal vez incluso a consagrarse como ellos a Dios en la vida religiosa o el sacerdocio.

Estos 26 Mártires Pasionistas de Daimiel fueron beatificados por el papa Juan Pablo II el día 1 de octubre de 1989. Sus reliquias se conservan y veneran en la cripta del convento pasionista de Daimiel, convertido en casa de ejercicios y centro de espiritualidad. La fiesta litúrgica se celebra el día 24 de julio.

 

Pablo García, C.P .

P. Teodoro Foley

FoleyDaniel Foley nació en Springfield, Massachucetts, EE. UU., el 3 de marzo de 1913. Su ciudad natal reproducía el ambiente en el que creció: floreciente, rica, con elegantes edificios públicos y privados, con espaciosos parques, poblada por unos 100.000 habitantes; en ella se habían levantado 500 fábricas e industrias, 30 iglesias y 13 institutos bancarios y de seguros; además  disponía de un excelente sistema educativo con 30 escuelas y de servicios informativos con  tres diarios.

 

Su padre, Miguel Foley, que había nacido en el condado de Cork, Irlanda, montó una pequeña empresa de producción de papel. Se casó con Ellen Bible, mujer de carácter amable, muy dada a la lectura, que, aunque nacida ya en los EE. UU., era hija de emigrantes también irlandeses. Los dos esposos estaban comprometidos con actividades religiosas, sociales y culturales en su parroquia, y reflejaban el estado de una emigración masiva de Europa al final del siglo XIX y principios del XX: si al llegar se encontraron con hostilidad y prejuicios anticatólicos,  poco a poco se fue abriendo camino la toleranza en la sociedad americana , que necesitaba mano de obra.

 

“Casa Foley”, abierta en la Avenida Brooklyn, mantenía lazos religiosos y familiares con el distrito NorthEnd de Spingfield, de mayoría irlandesa, en donde sobresalía la imponente iglesia del Sagrado Corazón y la escuela parroquial.

 

El pequeño Daniel, y después su hermana María, frecuentaron la escuela católica del S. Corazón; en la parroquia hizo de monaguillo y comenzó a sentir el primer aire vocacional.

Al llegar a los 14 años y medio se pasó a la escuela de la Santa Cruz, de Dunkirk, en el estado de Nueva York.

 

En este período, en el colegio-seminario de los pasionistas, la educación en la fe y la sensibilidad por las cosas de Dios evolucionaron hacia la vocación sacerdotal; más tarde se dirigió hacia la vida religiosa después leer “La Vida de San Gabriel” y de  encontrarse con los pasionistas en el nuevo convento abierto en su ciudad natal.

Los cinco años de estudios en el centro de la Santa Cruz consolidaron su vocación, de manera que al final de los mismos, como una cosa que cae por su propio peso, pidió la admisión en el noviciado; y después las etapas se encadenaron  ordenadamente. Recibió el hábito religioso el 14 de agosto de 1932 y profesó el 15 de agosto del año siguiente con el nombre de Teodoro de María Inmaculada.

 

Entre 1933 y 1944(¿) estudió Filosofía, Teología y otras materias de preparación para el sacerdocio. En aquellos tiempos los centros de estudio no eran fijos, y los estudiantes cambiaban de retiro  cada dos años. Teodoro formaba parte de un curso de 14  compañeros.

 

Recibido el sacerdocio el 23 de abril de 1940 en Baltimore, estado de Maryland, prosiguió los estudios con los compañeros de curso, y se inscribió para un año de lo que se llamaba Sagrada Elocuencia, cuya finalidad era la preparación inmediata al apostolado de la Palabra.

 

De 1941 a 1942 fue sustituto del profesor de Filosofía, y enseñó Lógica y Cosmología.

Entre 1942 y 1945 asistió al curso de posgraduado en la Universidad Católica de Washington, donde recibió diploma universitario y se doctoró en Eclesiología con la tesis “La naturaleza de la Iglesia en los teólogos postridentinos”.

 

Entre 1945 y 1953 fue profesor de Teología Fundamental;  en los tiempos libres, sobre todo por la noche, impartía clases a los neconversos. Ocasionalmente predicño en novenas, en el  ejercicio de las XL Horas o en retiros espirituales, pero no intervino  nunca en las propiamente llamadas misiones pasionistas.

 

De 1953 a 1956 le fue confiada la dirección de los estudiantes. En este último año los superiores lo nombraron rector de la comunidad de San Pablo, en Pittsburg, muy numerosa y ocupada en un apostolado muy dinámico. El P. Teodoro no había pensado nunca en ser superior, cargo que le cogió de sorpresa. Como persona de carácter templado, ejerció el oficio de superior guiándose por el principio siguiente: “...Hay que ejercer la autoridad a la luz de Cristo, es decir, como servicio y como apostolado de amor; (los superiores) deben guiar a sus subordinados de manera democrática, ahorrándose inútiles  exclusivas y dejando todo el espacio posible a la iniciativa particular y a la libertad de juicio a aquellos que tienen tareas particulares”.

 

Este criterio, que pudo aplicar poco tiempo  en Pittsburg, lo aplicaría largamente en Roma.

El capítulo general de 1958 lo eligió consultor general y asistente del general P. Malcolm Lavelle para las provincias de la congregación de lengua inglesa: Inglaterra, Irlanda, Australia y las dos de los EE. UU. Durante este período de permanencia en la casa general de los Ss. Juan y Pablo, además de colaborar con el general en la expansión al extranjero, desempeó la tarea de director de los universitarios, con los que gozaba en las visitas a la Ciudad Eterna; aprovechó también la oportunidad para profundizar en la espiritualidad pasionista, y para convivir con todos de manera sencilla y amable. El año de 1958, el de su llegada a Roma, marcó una fuerte línea divisoria en la historia de la Iglesia: el 8 de octubre murió Pío XII, y pocos días más tarde ocupaba la cátedra de San Pedro Mons. Angel Roncalli, Juan XXIII, quien a los tres meses había convocado ya el Concilio Vaticano II. Durante su celebración, la comunidad general de los Ss. Juan y Pablo acogió a numerosos obispos y teólogos que participaban en el concilio; en ocasiones se producían debates doctrinales o intercambios informativos. El P. Teodoro, enamorado de la Iglesia, era feliz de asistir a aquella etapa, si bien le supuso mayor trabajo: como el  P. Malcolm tomaba parte en las sesiones conciliares, al P. Teodoro le recayó mayor trabajo a nivel internacional; todo lo cual, sin embargo, enriqueció su experiencia de gobierno.

 

En 1964 se celebró un nuevo capítulo general,  y los capitulares juzgaron que era quien reunía mayor cúmulo de  cualidades y mejor preparación, por lo que el 7 de mayo fue elegido superior general para un mandato de 12 años, aunque sometido a la confirmación en el siguiente capítulo general.

Ya como superior general, participó en el Vaticano II en las sesiones tercera y cuarta de 1964 y 1965, experiencia que le ayudó para aplicar en el gobierno de la congregación el  estilo que había advertido en Juan XXIII y en Pablo VI. Del primero aplicó el criterio “verlo todo, dismimular la mayor parte, corregir algunas cosas”(omnia videre, multa dissimulare, pauca corrigere); y del segundo, el diálogo abierto y el respeto a las diversas opiniones.

 

Clausurado el Vaticano II, al P. Teodoro le cayó la ardua tarea de aplicar en la congregación los documentos  conciliares. Convocó un Capítulo General Especial de 1968 a 1970 para  actualizar la Regla de los Pasionistas; y durante los capítulo provinciales que se fueron sucediendo en este período tuvo que ser el guía y moderador del difícil proceso de puesta al día (“aggiornamento”).

 

En la sesión capitular de 1970, aunque había puesto su oficio a disposición de los capitulares, fue confirmado como superior general. Durante los años en los que fue consultor y después superior general logró visitar la mayoría de las comunidades y misiones. Dotado de temperamento pacífico y moderado, muy enamorado de la tradición de la vida religiosa, trató de convertirse en un puente de unión entre los reaccios a los cambios, garantizándoles la continuidad del espíritu, y los amantes de los cambios radicales, moderando sus extremismos.

 

Los años 1971-1974 presentaron problemas que sometieron su espíritu a un fuerte control y le pidieron una intensa vida de fe: los efectos de la contestación en la Iglesia y en el propio instituto se hicieron evidentes con no pocas defecciones e incluso con la clausura de retiros. El P. Teodoro escribía a su hermana: “A fin de cuentas, lo esencial, hoy, es mantenerse en el espíritu de oración, de sacrificio, de pobreza y de amor a la cruz. Si conseguimos conservarlo, todo tendrá remedio con el tiempo. Sobre todo hay que poner en práctica el amor tanto a Nuestro Señor como al prójimo. Sólo esto nos dará la paz, nos mantendrá en el crecimiento y nos trarerá un gran número de vocaciones”.

 

Hacia finales de 1973 el P. Teodoro salió de Roma para un largo viaje a las comunidades de Nueva Zelanda, Australia, Nueva Guinea, Filipinas, Japón y Corea. Al regresar a Roma en febrero de 1974 siguió la visita por Francia y  Alemania; en abril se trasladó a los EE. UU., para  un capítulos y para  una nostálgica visita a la familia. Siempre había gozado de buena salud, salvo pequeños achaques sin importancia¸pero antes de viajar a su patria  contrajo una infección paratifoidal,  mal diagnosticada y curada. Durante aquel capítulo en EE. UU. tuvo fiebre; al volver de los EE. UU. presidió los de Irlanda y Bélgica en el mes de julio. La misteriosa enfermedad le obligó a salir precipatamente de Bélgica y  regresar a Roma. Su salud fue empeorando y le sobrevino  una crisis pulmonar y  reumática con derivaciones cardíacas.

 

El P. Teodoro tuvo que pasar el húmedo mes de septiembre y los primeros días de octubre en el Hospital del Calvario, de las religiosas de la Pequeña Compañía de María, distante unos minutos de la casa de los Ss. Juan y Pablo. Los médicos le mandaron reposo absoluto, limitaron el número de las visitas y le obligaron a suspender todo trabajo. Durante las últimas semanas en el hospital, los provinciales de todo el mundo estuvieron reunidos en el II Sínodo de la Congregación, que el P. Teodoro hubiera debido presidir; pero esta vez no tuvo siquiera la satisfacción de encontrarse con ellos.

 

En la tarde dl 9 de octubre de 1974 los religiosos fueron a visitarlo, y lo encontraron de buen humor, reía y charlaba con ellos, y les dijo: “Mañana, después de la misa, quiero que se me administra la Santa Unción, pero discretamente, para no alarmar a nadie; el sacramento me ayudará más que las medicinas”. Pero a las 21,30 empeoró y hubo que llamar rápidamente al capellán pasionista, que le administró la Unción, durante la cual se mantuvo sereno, calmado y tranquilo. De pronto la respiración se hizo fatigosa y comenzó a repetir en voz alta: “Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía”. La religiosa sor Margarita, que le sostenía la espalda y la cabeza, le dijo: “Ya diré yo las jaculatorias, usted descanse”. Ella dijo: “Jesús, José y María”,  y el P. Teodoro repitió lo mismo; pero al pronunciar el último nombre, su cabeza  se reclinó sobre la religiosa. Había muerto.

 

Una gran multitud acompañó el fétretro desde el hospital del Calvario hasta la basílica de los Ss. Juan y Pablo; fue depositado en la capilla de San Pablo de la Cruz. Al funeral del viernes 11 de octubre asistieron dos cardenales, numerosos obispos, superiores de diversas órdenes religiosas y una gran masa de amigos y de hermanos religiosos.

 

En la mañana del día 12 sus restos fueron llevados por vía aérea a los EE. UU. En Spingfield  tuvo lugar el rito fúnebre y la sepultura en el panteón de los pasionistas, allí donde cinco meses antes había dicho que le gustaría ser enterrado.

 

El 15 de octubre el funeral solemne tuvo lugar en la catedral de San Miguel, de la misma ciudad; el recinto sagrado estaba lleno de fieles. Los pasionistas norteamericanos quisieron honrar a su amado padre y hermano, y a la vez acompañar en el pésame a su hermana y a una tía superviviente. En el lugar de la sepultura, el P. Sebastián Camera, que asumió el gobierno de la congregación como vicario general, pronunció una despedida emocionada:

 

“Con lágrimas te entrego a esta tierra, a tu tierra natal. Para los que vivimos en la casa general de Roma ha sido un sacrificio muy doloroso desprendernos de tus preciosos restos. Has sido el primer superior general que, después de San Pablo de la Cruz, muere en el oficio. ¡Cómo nos hubiera gustado tenerte cerca de nosotros, en Roma! Pero así como hace 16 años tu América natal se desprendió de ti para regalarnos tu presencia y tu servicio en Roma, así ahora la congregación te devuelve a tu provincia y a tus hermanos americanos”.

 

Su amor a San Pablo de la Cruz.  Durante los diez años de superior general, el P. Teodoro escribió pocas cartas oficiales a la propia congregación; se trata de circulares sencillas y breves.  Le gustaba más que los religiosos se empapasen bien de los documentos conciliares y que escuchasen “la voz común” de los  que se reunían  en los respectivos capítulos provinciales.

 

Pero sí había aspectos que le resultaban más estimulantes: por ejemplo, alentaba el estudio de la figura de San Pablo  de la Cruz, de manera que los estudiosos pasionistas encontraron  en él apoyo y estímulo. En 1967 animó a los pasionistas de todo el mundo a conmemorar el I Centenario de la canonización de San Pablo de la Cruz; y en 1971 el 250 aniversario de la emisión del voto de promover la devoción a la Pasión y Cruz de Jesucristo en el corazón de los fieles.

 

Escribió que “el santo nos dejó un modelo de santidad, tanto a nivel personal como comunitario, una santidad que  deberá  florecer siempre en la congregación”.

 

Además de estimular la doveción al fundador, el P. Teodoro animó a profundizar en el misterio de la Pasión de Cristo,  centro de la vocación pasionista. En 1972 se reunió el primer sínodo de la congregación, asamblea establecida después del Vaticano II para asesorar a la curia en el gobierno general . Durante él el P. Teodoro apoyó la iniciativa del P. Harry Gielen de que toda la congregación se responsabilizase de un proyecto llamado “Staurós” cuyo objetivo era favorecer el estudio del Evangelio de la Pasión; este plan comenzó en Bélgica en octubre del año siguiente. En aquella ocasión dijo a los delegados:

 

“La Iglesia nos ha confiado la misión de anunciar el Evangelio de la Pasión con nuestra vida y con nuestras palabras. Y estamos aquí para cumplir  este servicio de una manera totalmente nueva y a la vez prometedora. Tratamos de reunir recursos y personas que apoyen el estudio científico del Evangelio de la Pasión y sus importantes dimensiones y relaciones”.

 

Su herencia. - ¿Qué herencia ha dejado a la Congregación y a la Iglesia?  Tal vez su mayor legado quedó resumido en las homilías que se  pronunciaron durante sus funerales. La primera corresponde al vicario general y amigo P. Sebastián Camera en la basílica de los Ss. Juan y Pablo:
”En la comunidad pasionista se ha producido un vacío: nuestro padre, nuestro sabio maestro y nuestro pastor ha sido llamado inesperadamente a la casa del Padre...

Quiero recordar la última misa que concelebramos el último día de su vida terrena. En el momento de la comunión partimos la hostiar consagrada; el P. Teodoro permaneció unos instantes con la mano alzada y con los ojos fijos en el Cuerpo de Cristo. Fue un gesto significativo: la culminación de su ofrecimiento iniciado cuando se consagró al servicio de Cristo.

Evocamos su recuerdo en esta luz simbólica, expresión del legado que nos deja al morir.Un legado de amor, de benevolencia fraterna en la casa del Señor, de celosa fidelidad al carisma de la Congregación, a las enseñanzas y al espíritu de San Pablo de la Cruz que él representó durante los diez años de gobierno del instituto; años difíciles, sin duda, años de renovación y actualización de la vida de la congregación, durante los cuales la fidelidad del P. Teodoro Foley fue un ejemplo extraordinario y a la vez un fuerte defensor”.

 

La otra homilía fue la del P. Flavian Dougherty en la catedral de San Miguel, de Spingfield, Mass., el 15 de octubre de 1874:

 

“El espíritu de servicio que le era conatural  alcanzó niveles muy elevados con el paso de los años, lo que s in duda influyó en que fuera llamado a gobernar la congregación durante uno de los períodos más cruciales de nuestra historia.

Sólo ahora, mirando hacia atrás después de su muerte,  podemos admirar qué grande fue la Provicencia de Dios al darnos al P. Teodoro como superior general.

Fue un hombre regular en las costumbres, tan firmemente apoyado en las tradiciones de la congregación,          que no aceptó sin más ni más los cambios radicales que han querido instalarse entre nosotros  en los últimos decenios.

Era tan benévolo y moderado que las diferencias, las perplejidades y los choques –palabras y situaciones ya normales- resultaban sentimientos ajenos a su temperamento.

Pensaba que estaba fuera del tiempo en este período; y tal vez  otros pensaban lo mismo, pues querían  verlo más agresivo, sobre todo cuando se trataba de sostener posturas  personales.

Pero era precisamente el tipo de hombre que se necesitaba: una  persona que, por temperamento y por gracia, buscaba  siempre la unidad y la paz.

Han cambiado muchas cosas: el diálogo, los intercambios de opiniones, la fraternidad entre los provinciales de todo el mundo durante el último sínodo, la mayor comprensión de la congregación y del mundo, un mayor sentido de unidad y de comprensión recíproca...Pensamos en todas estas cosas recordando qué diverso era el ambiente que teníamos ante nuestros ojos al reunirnos para el capítulo general de 1968, cuando la congregación parecía como fragmentada y  distante por las vicisitudes del momento.

Cuando cambian los sistema y ocurren sucesos sin precedentes, es cuando se necesita contar con la presencia de un hombre fuerte, que, sea a la vez  mensajero de paz y  esté tan seguro de la propia fe que no lo destruyan los acontecimientos  ni las personas más problemáticas, sensible y a la vez confiado de que no va a ser arrastrado por la cadena de cambios. Sobre todo, en tales circunstancias, lo que más se necesita es  un hombre de oración que  se apoya más en  el poder de Dios que en el propio”.

 

Juan Zubiani, C. P:

Postulador General para las Causas de los Santos

SAN GABRIEL DE LA DOLOROSA

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sangabrieldo

 27 DE FEBRERO

 

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Asís, la ciudad embalsamada por el recuerdo de San Francisco y Santa Clara, fue su cuna. Cuando nació pertenecía aún a los Estados pontificios, en cuya administración de justicia trabajaba, corno juez asesor, su padre.

Vino al mundo el 1 de marzo de 1838. Pocos años después, cuando el pequeño Francisco tenía sólo cuatro años, murió su madre. Él quedó huérfano, junto con sus doce hermanos, al cuidado de su padre, ejemplar y cristianísimo. Y a su padre debió una firme educación familiar, gracias a la cual pudo llegar a superar el obstáculo de un carácter propenso a la cólera, y que no dejaba de dar frecuentes muestras de terca obstinación.

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ACTUALIDAD DE LA VIDA CONSAGRADA

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vocacionpas

Celebramos cada año el día de la Vida Consagrada (VC) en la fiesta litúrgica de la Presentación del Señor, que nos recuerda que la vida y el misterio de Cristo es una ofrenda de amor al Padre y luz de salvación para el mundo. Eso mismo debe ser la Vida Religiosa. Es, por eso, una fecha  propicia para reflexionar sobre el sentido de nuestra VC, sobre el momento histórico que vivimos, sobre nuestro ser y nuestra misión.

Por otra parte, hemos iniciado con la Iglesia un nuevo siglo y el Papa nos invita a todos a “remar mar adentro” con esperanza, sin miedo, recordando con gratitud el pasado, viviendo con pasión el presente y abriéndonos con confianza al futuro (1). Para ello es importante ser conscientes del momento en que vivimos, de las tentaciones o peligros en los que podemos sucumbir, de los retos que estamos llamados a afrontar y de los horizontes de esperanza que se abren ante nosotros.

Como consagrados, estamos llamados, a  través de nuestra forma de vida “cristiforme”,  a ser “iconos vivos de Cristo”  (2), a ser “signo y profecía” para la Iglesia y el mundo, reflejando la vida trinitaria a través de los consejos evangélicos (3), a mantener viva en los bautizados la conciencia de los valores fundamentales del Evangelio (4), a vivir con fidelidad creativa nuestro propio carisma, reproduciendo con valor y audacia la creatividad y santidad de nuestros fundadores/as (5), a ser “expertos en comunión” a través de nuestra vida fraterna y nuestra experiencia de Dios-Amor (6), a “lavar los pies” a los más pobres y necesitados y velar por la imagen divina deformada en los rostros de tantos hermanos/as (7), a responder a las “nuevas pobrezas” con nuestro testimonio y nuestra misión (8).

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